Hermosillo, Sonora. Lunes 29 de junio de 2026. Cada mes del orgullo, la comunidad internacional LGBTQ+ no solo celebra las libertades ganadas, sino que también recuerda y reclama justicia por la sospechosa muerte de Marsha P. Johnson, una de las figuras más determinantes en la historia de la diversidad sexual en los Estados Unidos. Considerada de manera unánime como la «Madre del Orgullo Gay», la vida de Johnson estuvo marcada por la violencia estructural de las calles, la exclusión social y la pobreza; sin embargo, su legado se erige hoy como un símbolo universal de lucha, resistencia y aceptación.
Nacida en Nueva Jersey el 24 de agosto de 1945 bajo el nombre de Malcolm Michaels Jr., creció en el seno de una familia de clase trabajadora junto a seis hermanos, manteniendo una crianza ligada a la iglesia cristiana. Desde los cinco años manifestó su identidad al utilizar vestidos, una expresión que se vio interrumpida temporalmente debido al acoso infantil y a una agresión sexual sufrida a los 13 años.
Un nuevo comienzo en Nueva York y el origen del «Pay It No Mind»
Tras concluir sus estudios de secundaria en 1963, decidió mudarse al barrio de Greenwich Village, en la ciudad de Nueva York. En ese entorno, volvió a vestir ropa de mujer de forma definitiva y adoptó formalmente el nombre de Marsha P. Johnson.
La «P» intermedia de su nombre artístico respondía a su lema de vida: «Pay It No Mind» (No le des importancia). Esta frase se convirtió en su escudo identitario, demostrando una sólida seguridad en sí misma frente a la hostilidad y la homofobia imperantes en la época.
En un contexto histórico donde el término «transgénero» aún no se popularizaba —lo cual ocurrió tras su fallecimiento—, Marsha se definía a sí misma como gay, travesti y drag queen, adoptando siempre el pronombre «ella».
La crudeza de la supervivencia en las calles y su rol de madre comunitaria
A pesar de la libertad creativa y personal que ofrecía Nueva York, la urbe se mantenía sumamente peligrosa para las disidencias sexuales. Quienes mostraban rasgos homosexuales o trans eran encarcelados de forma rutinaria por la policía y sufrían agresiones físicas y humillaciones cotidianas.
Ante la falta de oportunidades de empleo formal, Johnson recurrió al trabajo sexual para subsistir, careciendo de un hogar fijo durante gran parte de su juventud. Pasó años pernoctando en cines, hoteles, restaurantes y hogares temporales de amigos. En una entrevista concedida en 1992, resumió el impacto de su transformación: “No era nadie, nadie, de un pueblo perdido, hasta que me convertí en drag queen”.
Fue a los 17 años cuando conoció en las calles neoyorquinas a Sylvia Rivera, una niña transgénero puertorriqueña de apenas 11 años, con quien forjó una amistad instantánea que transformaría el activismo político de la ciudad. Rivera recordaría años más tarde el impacto de ese vínculo protector en medio de la hostilidad urbana, afirmando con cariño: “Era como una madre para mí”.
