Ramón Alfonsdo Sallard

Las cosas por su nombre

La derrota militar, estratégica, política, económica y mediática de Estados Unidos frente a Irán puede ejemplificarse con toda nitidez al analizar el cierre del estrecho de Ormuz por parte del país agredido, y la imposibilidad de los Estados agresores de reabrir la libre circulación de buques por la zona.

Hasta antes de la agresión, transitaban por ahí diariamente cientos de barcos con petróleo, gas, fertilizantes y otras materias primas sin restricción alguna. Los buques petroleros, en particular, representaban cerca del 20% del comercio mundial de esta energía fósil. Hoy solamente pueden pasar por el estrecho las embarcaciones iraníes o con bandera de países amigos, previo pago de peaje en yuanes (la moneda china).

Los países agresores y sus aliados tienen prohibido transitar por el estrecho de Ormuz. Los buques que en los primeros días del cierre desafiaron la restricción fueron atacados con misiles tierra-aire, torpedos y drones aéreos y acuáticos. Aunque no existe confirmación, es posible que algunas embarcaciones se hayan ido a pique. Lo que sí está comprobado es que los buques atacados sufrieron daños graves, al punto de quedar inutilizados para la navegación, o bien, se vieron obligadas a retroceder a los puertos de salida y/o a zonas alejadas del alcance iraní para ser reparados.  

Nada ha funcionado: ni la gran cantidad de bases militares que rodean a Irán (hoy destruidas), ni los portaaviones más avanzados (atacados y en fuga), ni las imponentes fragatas de guerra (ídem), ni los aviones caza de última generación (varios derribados), ni los aviones con radares (uno de ellos abatido en tierra), ni los misiles que han destruido por igual infraestructura militar y civil, ni la ejecución a mansalva de la cúpula gubernamental, ni el asesinato de miles de civiles –principalmente menores de edad–, ni los cerca de 50 mil soldados estacionados en Asia Occidental, ni los intentos fallidos de incursión terrestre (como el más reciente, anunciado como rescate exitoso de un piloto, cuando en realidad EU pretendía robar uranio enriquecido iraní) ni las amenazas de extermino de Donald Trump…y un largo etcétera.

El plan de diez puntos del país persa, que Estados Unidos aceptó sentarse a negociar, en los hechos es un acta de rendición, aunque la Casa Blanca trate de presentar la incierta mesa de negociaciones en Islamabad, Pakistán, como una victoria de Estados Unidos, apelando a su propia versión de 15 puntos, totalmente contraria la difundida por Irán, que el propio Trump citó en un post difundido en su red social.

Lo que el país agredido pretende oficializar en la mesa de negociaciones es lo siguiente: 1) reconocimiento por parte de EU del control iraní del estrecho de Ormuz; 2) admisión de EU del derecho iraní a enriquecer uranio con fines no bélicos; 3) eliminación de todas las sanciones primarias contra Irán; 4) supresión de todas las sanciones secundarias; 5) pago de compensaciones por parte de EU por daños de guerra; 6) retirada de las fuerzas estadounidenses de la zona; 7) garantías ciertas de no agresión; 8) eliminación de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irán; 9) fin de todas las resoluciones de la Junta de Gobernadores contra Irán; 10) cese de todas las guerras en todos los frentes, incluida la lucha contra la resistencia en el Líbano.

Como resultaba obvio, una vez que Trump pretendió evadir el ridículo de recular nuevamente, incumpliendo su amenaza de genocidio contra la civilización persa, el Estado terrorista israelí boicoteó el cese al fuego masacrando casi tres centenares de civiles en el Líbano. Es discutible la presunción de que Netanyahu retó a Trump y se fue por la libre, pues el propio mandatario estadounidense, al igual que su vocera y su vicepresidente sostuvieron que el cese al fuego no incluía el Líbano, pese al desmentido inmediato del mediador pakistaní. El vicepresidente Vance, incluso, tuvo la desfachatez de decir que los iraníes quizás se confundieron porque la actual matanza en el Líbano no estaba en la mesa de negociaciones.

Con esta nueva traición a la palabra empeñada, el gobierno estadounidense pretende lavarse la cara ante el alud de descalificaciones y burlas que recibió el presidente Trump. Por eso éste, adicionalmente, amenazó con aranceles del 50% a cualquier país que suministre armas a Irán. Al mismo tiempo, inadvertidamente para el orate naranja, el recuento del Pentágono (atacaron más de 13 mil objetivos militares en Irán), sin lograr en los hechos el objetivo central de cambio de régimen, significa un reconocimiento tácito de la derrota. Como respuesta, Irán, que ya había dejado pasar un reducido número de buques en las primeras horas del cese al fuego, cerró de nueva cuenta a la navegación el estrecho de Ormuz. Es decir, la guerra continúa.

Y los países europeos, sobre todo los que pertenecen a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), tomaron nota de todo ello desde hace tiempo, de tal manera que ninguno de sus integrantes quiso compartir la suerte de Estados Unidos en esta guerra irracional y contraproducente para los intereses de Occidente. El sonoro rechazo de varios miembros de esta organización militar a participar en la aventura de abrir por la vía militar, con sus propios buques, el estrecho de Ormuz, como se los pidió públicamente el desquiciado presidente norteamericano, se escuchó en todos los rincones del planeta.

De ahí que, ante las nuevas amenazas de Trump de imponer aranceles –declarados ya ilegales por la Suprema Corte de Justicia de su país–, nadie lo toma en serio. Tampoco parece asustar a sus actuales colonias europeas la reiterada amenaza del orate naranja de que EU abandonará en breve la OTAN, dejando solo a ese grupo de países ante la presunta amenaza rusa. Por el contrario, aunque no todos lo digan públicamente, parece ser que esa sería, precisamente, la solución para que Europa detenga su acelerado deterioro, producto de la enorme dependencia actual de EU en materia militar, política, estratégica y económica.

Después de todo –no hay que olvidar este dato relevante—durante varias décadas el sólido crecimiento del PIB europeo y la consolidación de los derechos de sus poblaciones en el marco del Estado de Bienestar se debió, principalmente, a que tuvieron un acceso privilegiado a fuentes de energía fósil provenientes de Rusia. La venta de petróleo y gas barato, a precios preferentes, fueron el combustible de la locomotora alemana que, a su vez, condujo durante varias décadas la estabilidad y crecimiento del bloque europeo.

Pero en lugar de consolidar esa sociedad, la OTAN –dirigida por Estados Unidos– continuó su Guerra Fría contra Rusia, alentando a diversos países de la antigua URSS a sumarse a sus filas, violando los acuerdos políticos Bush padre y Gorbachov, que derivaron en la caída del Muro de Berlín, el fin del Pacto de Varsovia y la disolución de la URSS. El punto de quiebre fue Ucrania. En otra entrega analizaré a profundidad este conflicto, relacionado estrechamente con la guerra actual en Asia Occidental. En esta ocasión, sin embargo, solamente señalaré que la destrucción de oleoductos y gasoductos entre Rusia, Alemania y otros países del bloque fue un tiro en el pie que rápidamente produjo desindustrialización, bajo crecimiento, inflación, pobreza y reducción o cancelación de derechos y de políticas públicas de bienestar en las principales economías de la Unión Europea.

Y ahora resulta que, ante la imposibilidad estadounidense de abrir al libre tránsito el estrecho de Ormuz, Trump ordenó que se suspendieran temporalmente algunas de las sanciones impuesta a Rusia para que ese país pudiera comercializar libremente su petróleo, a fin de cubrir la demanda global y estabilizar los mercados energéticos, que ya han registrado incrementos sustanciales, afectando directamente el abastecimiento interno y los precios de las gasolinas y el gas en Europa, Estados Unidos y varios países asiáticos como Japón y Corea del Sur.

En resumen, la capacidad de Irán para reducir hasta un 90% la navegación a través del estrecho de Ormuz durante seis semanas ha mermado de manera terminal la confianza en la seguridad marítima estadounidense y amenaza medio siglo de dominio energético occidental. Esa es la verdadera razón de la desesperación de Trump, de Israel y de la monarquías petroleras árabes. Irán demostró en el campo de batalla su capacidad para paralizar las cadenas de suministro globales. Y no son los únicos ni los más graves daños que los persas pueden infligir (ese es el tema de mañana).

Cualquier análisis debe incluir a China, el actor silencioso que importa alrededor del 70% del petróleo iraní y otras importantes cantidades extraídas por las monarquías petroleras árabes. Una crisis prolongada del estrecho podría desencadenar una reacción en cadena en el Mar Rojo e interrumpir la logística desde China hasta Europa. China ha mitigado sus riesgos mediante acuerdos simultáneos con Irán y Arabia Saudita.

El otro país beneficiario del conflicto es Rusia. El aumento de los precios del petróleo propició la flexibilización de las sanciones estadounidenses y europeas a ese país, e incluso beneficiaron directamente a Irán, quien pudo vender libremente su petróleo en las semanas previas por Orden Ejecutiva de Trump. La reducción y/o suspensión de sanciones a Rusia para estabilizar los mercados, han proporcionado al Kremlin una gran fuente de ingresos adicional.

Dicho de otra manera, el control del Estrecho de Ormuz acelerará el tránsito unipolar a un mundo multipolar, en el que el eje China-Rusia-Irán tendrá un papel cada vez más relevante. En efecto, Estados Unidos aceleró con la agresión al país persa su decadencia como potencia hegemónica mundial. Como dirían en mi barrio: “pero mira que pendejo el tal Trump”.

Por Redaccion

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