Las cosas por su nombre

Por RamÃn Alfonso Sallard

A partir del 15 de marzo, y hasta el domingo 24 de marzo, compartirà en el espacio de mi columna una serie de diez capÃtulos sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el contexto en el que ocurrià y las consecuencias. Incluye fragmentos de un libro inÃdito de mi autorÃa sobre el tema, con datos e informaciÃn actualizada.

En marzo pasa de todo, como es bien sabido. Por eso los romanos le tenÃan tanto respeto y temor. Originalmente era sÃlo el dÃa 15, a raÃz de los acontecimientos ocurridos 44 aÃos antes de nuestra era, pero con el paso del tiempo la reserva se extendià al mes completo. DespuÃs, el asunto se popularizà en todo el mundo y muchos pueblos, aÃn sin saber bien a bien el origen de aquella cautela, la adoptaron como propia. PreferÃan posponer el inicio de sus grandes proyectos o adelantarlos, pero nunca iniciarlos en marzo, a menos que quisieran enfrentar todas las desgracias previsibles y tambiÃn las insospechadas. âGuÃrdate de los idus de marzoâ, decÃa el refrÃn.

Las cosas no siempre fueron asÃ. En la antigua Roma se denominaba âidusâ al dÃa mediante el cual se separa el mes, dividiÃndolo en dos partes no necesariamente iguales. En marzo, mayo, julio y octubre, correspondÃa al quince, y al trece en el resto de los meses. Los idus de marzo eran la gran fiesta romana del inicio de las siembras de primavera. Los cristianos la adoptaron manteniÃndola como fiesta del campo, pero luego del asesinato de Julio CÃsar, la imaginaciÃn popular asumià no sÃlo el dÃa quince, sino el mes completo, como tiempo de grandes calamidades o de acontecimientos generalmente turbulentos.

William Shakespeare, en su drama Julio CÃsar, narra los Ãltimos dÃas de la vida del emperador romano en el aÃo 44 antes de Cristo. En la escena II, situada en una plaza pÃblica, CÃsar se encuentra con un adivino que le advierte: âGuÃrdate de los idus de marzoâ. CÃsar lo desdeÃa: âEs un soÃador; dejÃmosleâ. Y sigue su camino.

En la escena primera del acto III, frente al Capitolio, el 15 de marzo, fecha de los Idus, CÃsar vuelve a encontrarse con el adivino. âLos idus de marzo han llegadoâ, le dice el emperador. âAy, CÃsar, pero no han pasadoâ, le responde el clarividente. Minutos despuÃs, Julio CÃsar cae muerto a cuchilladas, vÃctima de una gran conspiraciÃn en el Senado romano.

En 1994, Luis Donaldo, al igual que CÃsar en el 44 antes de Cristo, desdeÃÃ los hedores de descomposiciÃn que impregnaban el aire que respiraba. TambiÃn fue asesinado en medio de la multitud, al terminar un mitin en la colonia Lomas Taurinas de Tijuana el 23 de marzo.

(Cuadernos del desierto, 15/03/1995)

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Han pasado seis aÃos. La investigaciÃn del homicidio se encuentra en el punto de partida: Mario Aburto fue un asesino solitario. Confesà su culpa. En aquellos momentos se encontraba purgando una sentencia de 45 aÃos en prisiÃn. A 72 meses de los hechos sangrientos, la ProcuradurÃa General de la RepÃblica no habÃa podido encontrar ninguna prueba que demostrara la coparticipaciÃn de personajes polÃticos o del crimen organizado, como se especulaba hasta entonces. Ninguna hipÃtesis, de las mÃltiples que surgieron a lo largo del sexenio, habÃa podido ser comprobada.

Desde su creaciÃn en 1994, hasta los dÃas previos al 23 de marzo de 2000, la FiscalÃa Especial para el Caso Colosio habÃa indagado 940 pistas; llevaba 323 dictÃmenes, con apoyo de instituciones cientÃficas nacionales e internacionales; sumaba un total de 1,969 comparecencias ante el Ministerio PÃblico Federal, desde testigos oculares hasta polÃticos del primer cÃrculo del poder, como Carlos Salinas y Ernesto Zedillo; tambiÃn habÃa recabado 538 informes de autoridades diversas, dentro y fuera de MÃxico. (El FBI, la agencia federal de investigaciones estadounidense, fue una de las que mÃs documentos aportÃ.)

En marzo de 2000, el fiscal Luis RaÃl GonzÃlez PÃrez trataba de obtener testimonios de presuntos narcotraficantes en Estados Unidos, Perà y Colombia, en el marco de las dos Ãnicas lÃneas de investigaciÃn que mantenÃa vigentes: el entorno polÃtico durante la campaÃa presidencial de 1994, y el narcotrÃfico. El caso Colosio habÃa ya desacreditado a dos presidentes, a cuatro procuradores âDiego ValadÃs, Humberto BenÃtez TreviÃo, Antonio Lozano Gracia y Jorge Madrazo–, e igual nÃmero de fiscales: Miguel Montes, Olga Islas, Pablo Chapa y el propio GonzÃlez PÃrez.

Y es que la historia del asesinato tuvo diversos y espectaculares giros durante los seis aÃos anteriores. Primero fue Asesino Solitario, despuÃs AcciÃn Concertada, nuevamente Asesino Solitario, luego Dos Tiradores y, al final, retorno a la hipÃtesis inicial: Asesino Solitario.

En los dÃas previos al 23 de marzo de 2000, en plena campaÃa electoral por la presidencia de la RepÃblica, GonzÃlez PÃrez concedià entrevistas exclusivas a cuanto medio de comunicaciÃn se lo pidiÃ, en una abierta campaÃa promocional que, sin embargo, no logrà convencer a la opiniÃn pÃblica, reacia a reconocerle su labor.

Ante la incredulidad generalizada, el fiscal seÃalà una y otra vez que no descartaba ni autorÃa intelectual de terceros ni un crimen de Estado, pero que hasta ese momento simple y sencillamente no habÃa podido encontrar nada que lo probara. Ni con polÃticos ni con narcotraficantes. Tampoco con las personas que estuvieron presas en los primeros dos aÃos de investigaciÃn del homicidio, menos aÃn con los individuos seÃalados pÃblicamente como sospechosos.

Fueron nueve los acusados y detenidos por estar presuntamente involucrados en el crimen de Luis Donaldo Colosio. Pero excepto el criminal confeso y sentenciado, ninguno fue condenado: OthÃn CortÃs VÃzquez, HÃctor HernÃndez Tomassini, Josà Rodolfo Rivapalacio Tinajero, Tranquilino SÃnchez Venegas, Vicente Mayoral Valenzuela, Rodolfo Mayoral Esquer, Fernando de la Sota, Alejandro GarcÃa Hinojosa y Alberto Carrillo Cuevas.

Aunque la noche misma del homicidio el procurador Diego ValadÃs llegà a ciudad de Tijuana para hacerse cargo de las investigaciones de manera personal, sÃlo estuvo al frente durante cuatro dÃas. Con el aval de la viuda de Colosio, el presidente Carlos Salinas designà a Miguel Montes GarcÃa como fiscal especial. Fue necesario, no sÃlo por el desorden que privaba en las indagatorias, sino para intentar darle credibilidad a la actuaciÃn de la PGR.

En las primeras horas posteriores al homicidio, la ProcuradurÃa de Baja California se hizo cargo del caso por tratarse de un delito del fuero comÃn, pero no acertà a tomar el control inmediato de la situaciÃn, dando lugar a la intervenciÃn de diversas autoridades de manera inconexa y sin respaldo de las tÃcnicas adecuadas en materia criminal. El desorden no cesà al ejercer la federaciÃn su facultad de atracciÃn, como estaba previsto en la ley de la materia reciÃn aprobada por el Congreso de la UniÃn.

Los elementos del Estado Mayor Presidencial que detuvieron a Mario Aburto y lo pusieron a disposiciÃn de la PGR, conservaron durante algunas horas el arma homicida y la ojiva presuntamente encontrada en el lugar de los hechos (despuÃs se dirÃa que fue lavada y sembrada) RaÃl Loza Parra, subdelegado de la PolicÃa Judicial Federal en Baja California, realizà el primer interrogatorio al detenido y luego le mostrà el video tomado por personal a su cargo en el momento mismo en que Colosio recibià a quemarropa el balazo en la cabeza, lo cual contradecÃa todo criterio criminalÃstico.

En la imagen proyectada no se apreciaba el rostro de la persona que accionaba el arma en contra del candidato presidencial priista. Por si fuera poco, la procuradurÃa liberà en esas horas al agente del Centro de InvestigaciÃn y Seguridad Nacional (Cisen), Jorge Antonio SÃnchez Ortega, detenido previamente por policÃas municipales, a pesar de que dio positivo en la prueba de Harrison y de tener en su chamarra una mancha de sangre que, se sabrÃa despuÃs, pertenecÃa a Colosio.

Las irregularidades persistieron el 23 de marzo y los dÃas subsecuentes. Desde el presunto interrogatorio que el gobernador de Sonora, Manlio Fabio Beltrones, le habrÃa hecho a Mario Aburto, hasta la identidad desconocida de un sexto pasajero en el aviÃn de la PGR que trasladà al criminal a MÃxico. En medio, la presencia de un numeroso grupo de personas durante la necropsia practicada al cuerpo de Colosio, lo cual impidià una adecuada fijaciÃn de fotografÃas al cadÃver, deficiencia que no fue subsanada por los peritos, quienes no establecieron el plano de sustentaciÃn en su dictamen, indispensable para determinar la trayectoria de los dos disparos. Como corolario, la descoordinaciÃn que existià entre el personal ministerial y pericial que practicà la primera reconstrucciÃn de hechos.

Privaba el caos cuando Miguel Montes inicià su gestiÃn como fiscal, el 28 de marzo de 1994. En principio sustentà la tesis de la AcciÃn Concertada. Ya no se trataba de una hipÃtesis, sino que esta se probaba con la consignaciÃn de Tranquilino SÃnchez Venegas como copartÃcipe del asesinato, el mismo dÃa que tomà posesiÃn del cargo. El jurista reforzà su postura menos de una semana despuÃs, el 4 de abril, al presentar ante un juez a Vicente y Rodolfo Mayoral, padre e hijo, y a Rodolfo Rivapalacio, como presuntos cÃmplices del homicidio.

Pero no habÃan pasado ni dos meses cuando Montes GarcÃa abandonà la tesis de la AcciÃn Concertada. El 2 de junio hizo pÃblica su nueva convicciÃn: fue Aburto y nadie mÃs. Informà que sus investigaciones no habÃan aportado elementos de prueba que sostuvieran el complot. El 14 de julio renuncià a su cargo, al considerar agotada la investigaciÃn. El autor material era tambiÃn el autor intelectual del homicidio. Para sustentar su nueva tesis, asumià que el candidato priista dio un giro de 90 sobre su eje, luego de recibir la primera bala en la cabeza, lo cual habrÃa permitido a Mario Aburto dispararle por segunda ocasiÃn en su abdomen.

La actuaciÃn de Montes dejà una secuela de escÃndalo y de franca reprobaciÃn colectiva, apuntalada por la descalificaciÃn pÃblica que hizo de su trabajo, la misma persona que lo habÃa propuesto para el cargo: Diana Laura Riojas de Colosio.

El 18 de julio, la jurista Olga Islas de GonzÃlez fue designada por el presidente Salinas como segunda fiscal del Caso Colosio. Discreta y reservada, en ningÃn momento asumià alguna postura respecto a la existencia o no de copartÃcipes y cÃmplices materiales del asesino confeso, o autores intelectuales del homicidio. En su gestiÃn, Aburto fue condenado en primera instancia a 42 aÃos de prisiÃn, tÃrmino que posteriormente fue ampliado a 45. Terminà el sexenio de Salinas y con Ãl presentà su renuncia al cargo.

Ernesto Zedillo nombrà procurador general de la RepÃblica al panista Antonio Lozano Gracia y Ãl, a su vez, propuso como fiscal especial para los casos Colosio, Ruiz Massieu y Posadas al investigador Pablo Chapa Bezanilla, un abogado-policÃa o policÃa-abogado, como Ãl mismo se definÃa, con varios aÃos de experiencia en la instituciÃn. Tomà posesiÃn del puesto el 16 de diciembre. Apenas dos meses despuÃs, en febrero de 1995, con unos cuantos dÃas de diferencia, dio dos golpes espectaculares: detuvo a RaÃl Salinas de Gortari, hermano del ex presidente, como presunto autor intelectual del homicidio de su ex cuÃado Josà Francisco, y en el caso del sonorense detuvo y consignà a OthÃn CortÃs VÃzquez, acusado de ser el autor del segundo disparo que recibiÃ.

De esta forma, Chapa Bezanilla dio un vuelco espectacular a la investigaciÃn sobre el homicidio de Luis Donaldo. Su gestiÃn estuvo plagada de filtraciones a los medios de comunicaciÃn y de inconsistencias, incluso absurdos, que terminaron por explotarle en el rostro con el asunto de la finca El Encanto, en donde presuntamente encontrà la osamenta del diputado Manuel MuÃoz Rocha, presunto autor intelectual del asesinato de Ruiz Massieu, en una pintoresca trama que escandalizà a la sociedad.

Cuando se descubrià la falacia, Chapa perdià primero su cargo como fiscal especial para el caso Ruiz Massieu y luego los otros dos: Posadas y Colosio. Al final tuvo que huir a EspaÃa, desde donde fue extraditado, al ser acusado de diversos delitos relacionados con el mal ejercicio de sus funciones. Entonces llegà Luis RaÃl GonzÃlez PÃrez a empezar todo de nuevo.

En las diversas entrevistas que concedià a los medios de comunicaciÃn, en los dÃas previos al sexto aniversario del crimen de Lomas Taurinas, el fiscal especial insistià una y otra vez que, sin importar el resultado final, descubriera lo que descubriera, muy pocos le creerÃan, debido a las zigzagueantes investigaciones que lo antecedieron. Se quejaba: âMe ha ido como a negro de la feriaâ. Y reconocÃa que la sociedad esperaba escuchar que Salinas lo mandà matar, âpero las investigaciones no se deciden por votaciones, intuiciones, creencias o melatesâ.

–ÂUsted conoce a Mario Aburto? âle preguntaron los reporteros de La Jornada, Elena Gallegos y Gustavo Castillo.

–ÂA Mario Aburto? âpreguntà a su vez el fiscal GonzÃlez PÃrez–. SÃ…digo, lo conozco despuÃs. ÂNo se vaya a pensar que tambiÃn estuve en el complot!

Y con una sonora carcajada festejà la broma.

Por Redaccion

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