Las cosas por su nombre

Por Ramón Alfonso Sallard

El caso Ayotzinapa propició la ruptura entre el gobierno federal y los jesuitas mexicanos. Aunque las diferencias entre ambos no son de data reciente, sí lo es ventilar su antagonismo de manera pública. Desde el 14 de diciembre de 2023 a la fecha, las recriminaciones mutuas han subido de nivel. AMLO acusó de prevaricato al Centro Prodh, perteneciente a la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, por defender al mismo tiempo a víctimas y a perpetradores. La organización defensora de derechos humanos negó esta situación y, a su vez, denunció que el mandatario estaba encubriendo al Ejército. La visión de esta orden religiosa, por ejemplo, es notoria en el documento por la paz del episcopado, sobre todo en el renglón de la “militarización del país”.

El presidente no sólo ha reiterado sus imputaciones iniciales, sino que ha sumado varias más en contra de la cúpula jesuita nacional, a la cual censura por estar, presuntamente, al servicio de la oligarquía. Al mismo tiempo exalta la figura del papa Francisco, jesuita también, a quien considera un “auténtico cristiano” por su opción preferencial por los pobres.

Esta diferenciación no es extraña en el ámbito de la diplomacia. Sin embargo, quizá haya algo más de fondo: la próxima canonización del sacerdote jesuita Miguel Agustín Pro Juárez, fusilado el 23 de noviembre de 1927 en el marco de la Guerra Cristera. El religioso fue beatificado por el papa Juan Pablo II desde 1988. ¿Por qué no ha obtenido todavía su categoría de santo? Porque hace falta comprobar, según el derecho canónico, un milagro atribuible directamente a él. Y ese milagro puede ser Ayotzinapa.  

El Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Centro Prodh) surgió a la par con le beatificación del religioso. En más de tres décadas y media ha acompañado los casos más emblemáticos de violaciones a derechos humanos en México.Por ello, cuando AMLO acusó a esta organización de prevaricato por defender también a varios de los perpetradores materiales del crimen, liberados por el Poder Judicial e integrados a la indagatoria como testigos colaboradores por el anterior fiscal del caso, la confrontación subió de nivel y, aparentemente, cruzó la línea de no retorno. El Centro Prodh respondió negando el prevaricato y denunció que las descalificaciones “sin duda obedecen a que no hemos callado nuestros señalamientos sobre la persistencia en el presente de la impunidad, la violencia y el encubrimiento al Ejército”.

Vayamos a la génesis del conflicto, que no es para nada reciente.

El 14 de marzo de 1925 la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR) hizo pública su existencia y su programa de lucha, pero sin recurrir todavía a la violencia directa. Posteriormente, bajo la conducción de René Capistrán Garza, presidente de la Liga y también de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), se creó un comité de guerra con la intención de organizar un levantamiento armado. El conflicto estalló finalmente en 1927. La LNDLR recibió financiamiento de católicos ricos, muchos de los cuales eran hacendados que pretendían paralizar la reforma agraria y evitar la afectación de sus tierras.

Militaban en esta organización los cuatro hombres fusilados en la Inspección de Policía del Distrito Federal el 23 de noviembre de 1927, acusados de conspirar e intentar asesinar, el 13 de noviembre anterior, al general Álvaro Obregón, quien pretendía contender nuevamente por la Presidencia de la República, cargo que ya había ocupado durante el periodo 1920-1924. Entre las personas fusiladas se encontraba el sacerdote jesuita Miguel Agustín Pro Juárez.

El fallido atentado contra Obregón ocurrió a plena luz del día, cerca del Lago de Chapultepec. Su vehículo fue atacado desde otro coche en movimiento con dinamita y disparos de metralleta. Sin embargo, sólo fue herido levemente. Sus escoltas respondieron a la balacera y persiguieron a los agresores hasta que el automóvil en el que viajaban se impactó con otro vehículo en el cruce con la calle Insurgentes. Los hombres huyeron a pie, pero dos de ellos fueron capturados: Nahúm Lamberto Ruiz –quien había recibido un balazo en la cabeza– y Juan Tirado.

Diez días después, y sin procedimiento judicial de por medio, cuatro de los presuntos involucrados en el complot contra Obregón fueron ejecutados por órdenes del presidente Calles. Pro no fue el único sacerdote muerto, pero su historia alcanzó fama mundial porque el propio gobierno invitó a la prensa nacional a que presenciara el fusilamiento. Una gran cantidad de fotografías de lo ocurrido, con la imagen del cura jesuita, se divulgaron de manera masiva.

Miguel Pro fue el primero en ser llamado ante el pelotón de fusilamiento. Pidió un momento para rezar y luego se levantó. Alzó los brazos en cruz y exclamó: “¡Viva Cristo Rey!” –el grito de batalla de los cristeros– antes de que las balas lo alcanzaran.

Sobre la influencia de la figura de Pro y de su acto final, el trabajo de la investigadora Marisol López Meléndez explora algunos de los modos en que la corporeidad y la gestualidad del sacerdote jesuita, asociadas al martirio moderno, distinguen a éste del martirio de la Antigüedad clásica, facilitando la construcción de discursos sociopolíticos vinculados a la muerte en contextos no religiosos.

En el siglo II de nuestra era, Tertuliano solía contar la historia de los mártires cristianos que posaban como dioses durante su ejecución a manos de las autoridades romanas. Este fenómeno, definido por K.M. Coleman como “farsas fatales”, implica la recreación de un episodio mítico, en el cual el cuerpo de la persona condenada es incorporado en un fujo narrativo que imita la manera de morir de un dios o un héroe. Tertuliano no sólo observó una similitud entre los métodos de ejecución y los mitos, sino que atribuyó explícitamente al preso la asunción de un papel que era realizado con conciencia.

La postura asumida por Miguel Pro el día de su ejecución influyó de manera determinante en otras personas pertenecientes a la Liga. Uno de ellos fue José de León Toral, quien tomó la decisión de convertirse en mártir de la causa cristera pocos días después de que Álvaro Obregón ganara las elecciones presidenciales celebradas el 1º de julio de 1928. Amigo de Humberto Pro, el futuro homicida habría sido también influido por las palabras de la abadesa Concepción Acevedo de la Llata, conocida como madre Conchita, para quien la persecución contra los católicos solamente cesaría con la muerte de los generales Obregón y Calles.

El 17 de julio de 1928, Toral acudió al restaurante La Bombilla, ubicado en San Ángel, donde el presidente electo Álvaro Obregón celebraba su reciente triunfo en compañía de varios diputados. Se hizo pasar por caricaturista. Realizó bocetos de Aarón Sáenz y de Obregón. Mientras los mostraba al militar sonorense, le disparó en seis ocasiones, asesinándolo en el acto.

El homicidio de Obregón hizo crecer las filas de los cristeros. En los Altos de Jalisco se llegaron a reunir cerca de 20 mil rebeldes al mando del exgeneral federal huertista, Enrique Goroztieta, quien había estado exiliado en Estados Unidos y Cuba. Esta fuerza militar logró dominar amplias zonas de Jalisco, Colima y Nayarit. Para el 28 de octubre de 1928, día de la fiesta de Cristo Rey, los cristeros estaban tan empoderados que el militar publicó un manifiesto en donde proponía el regreso a la Constitución de 1857, pero sin las Leyes de Reforma.

Días después, el 2 de noviembre de 1928, iniciaron las audiencias públicas del juicio popular que se instauró contra Toral y la madre Conchita. La religiosa lamentó: “Lo que yo deploro solamente es que exista una ley que exima a la mujer de la pena de muerte, porque mi alegría mayor sería ir a jurado y salir condenada a la última pena”. El jurado popular sentenció al primero a la pena de muerte y a la segunda a 20 años de prisión. Toral fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento en la Penitenciaría de Lecumberri el 9 de febrero de 1929. Intentó hacer lo mismo que el sacerdote jesuita Miguel Pro, pero solamente alcanzó a pronunciar la primera palabra: “¡Viva…!”. Una descarga del pelotón de fusilamiento interrumpió la consigna.

Goroztieta fue muerto en combate por las fuerzas federales el 4 de junio de 1929, cuando la Iglesia Católica y el gobierno realizaban negociaciones de paz. El conflicto religioso concluyó oficialmente ese mismo mes, el 21 de junio de 1929, mediante la firma de un acuerdo entre las partes conocido como concordato o modus vivendi.

Desde entonces, la Compañía de Jesús ha promovido la canonización del sacerdote Miguel Agustín Pro, símbolo de la Guerra Cristera, cuya causa ha adquirido cada vez más adeptos. Aunque es beato desde el 25 de septiembre de 1988, sus postulantes, como el sacerdote jesuita Gonzalo Rosas, párroco de la Sagrada Familia en Ciudad de México, reconocen que “hace falta encontrar un milagro”. No obstante, en el informe que enviaron al Vaticano, los postulantes de la causa del padre Pro concluyen: “por fama de santidad debería ya ser canonizado”.

¿Acaso sabe algo AMLO?

Por Redaccion

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