Los idus de marzo 30 aÃos despuÃs (VIII)
Por RamÃn Alfonso Sallard
El dÃa en que lo iban a matar, Luis Donaldo Colosio se levantà con buen Ãnimo antes del amanecer. Su alegrÃa contagiaba a los colaboradores mÃs cercanos. Fue notorio para quienes tuvieron contacto con Ãl desde las primeras horas de ese 23 de marzo, cuando fue a trotar en compaÃÃa de varias personas, por el boulevard principal de CuliacÃn, la capital de Sinaloa, donde habÃa pernoctado. Hasta lo comunicaron vÃa telefÃnica con el boxeador sonorense Julio CÃsar ChÃvez, quien se preparaba en Toluca para una pelea de campeonato mundial, y era partidario suyo, algo que no podÃa desdeÃar, habida cuenta las multitudes que arrastraba el pugilista a cada uno de sus combates. Eso fue despuÃs del desayuno en el hotel. Precisamente en la radiodifusora a la que acudià el candidato para una entrevista en vivo. DespuÃs, el sonorense y su comitiva partieron a La Paz, Baja California. Allà hubo varios eventos. A la hora de la comida ya estaba de vuelta en el aviÃn particular que lo transportaba, en compaÃÃa del mayor Castillo, el general Domiro GarcÃa Reyes y dos colaboradores del Ãrea de prensa: Ramiro Pineda y Juan Josà RodrÃguez. Comieron en cuanto despegà la aeronave.
Antes de esa fecha fatÃdica, una mujer se habÃa comunicado a la oficina del gobernador de Sonora, Manlio Fabio Beltrones, para alertar que âalgo graveâ se preparaba en contra de Colosio. La llamada fue atendida por el secretario particular, GermÃn Uribe. DespuÃs del crimen, la misma mujer, sin decir su nombre, hablà de nueva cuenta y asegurà que el crimen del candidato estaba planeado. En esa ocasiÃn la conversaciÃn fue grabada y posteriormente entregada por Beltrones a la FiscalÃa Especial, el 4 de noviembre de 1994. La acusadora resultà ser una joven secretaria que laboraba en la delegaciÃn de la PGR en Mexicali, madre soltera y novia de un agente federal bajo las Ãrdenes del comandante Rodolfo GarcÃa Gaxiola, El ChipilÃn, acusado posteriormente del asesinato del director de Seguridad PÃblica de Tijuana, Federico BenÃtez LÃpez, y acribillado a su vez en Ciudad ObregÃn en 1998, en hechos presuntamente vinculados con el caso Colosio. La mujer, de nombre Brenda, ya no quiso saber mÃs del asunto cuando por fin fue localizada por la FiscalÃa Especial. Atemorizada, se negà a ratificar su denuncia anÃnima.
El mismo 23 de marzo dÃa por la maÃana, en Hermosillo, don Luis Colosio FernÃndez fue a recoger a Miguel MexÃa a su domicilio. Los amigos se trasladaron al comedor del hotel GÃndara y ahà permanecieron hasta casi el mediodÃa. Hablaron largamente de los acontecimientos polÃticos: de la conferencia de prensa de Camacho, de la respuesta de Donaldo desde CuliacÃn, de los preparativos para su arribo a Sonora al dÃa siguiente. Los barruntos de tormenta parecÃan disiparse.
Don Luis se veÃa feliz, a pesar de las constantes interrupciones que le impedÃan mantener una plÃtica coherente con su amigo durante mÃs de diez minutos. Personas que llegaban, polÃticos conocidos o no, se acercaban al padre del candidato para saludarlo. Igual de las mesas vecinas. Una seÃora originaria de La Paz, que se encontraba hospedada en el hotel, llegà hasta Ãl para manifestarle que era partidaria de su hijo. AÃos despuÃs, esta misma persona le recordarÃa, durante un evento en la capital de Baja California Sur, aquel encuentro.
Al salir del inmueble, el padre de Luis Donaldo fue abordado por varios reporteros que casualmente lo vieron, despuÃs de concluir una reuniÃn gremial en alguno de los salones privados del hotel. Le preguntaron de todo, principalmente del tema pecuario, su especialidad. Sonora se veÃa afectado, en esos momentos, por una sequÃa que ya habÃa cobrado la vida de varias reses. Pero tambiÃn lo interrogaron sobre la campaÃa de su hijo.
Miguel MexÃa sabÃa, como ninguno de sus amigos, la angustia que habÃa padecido don Luis en las Ãltimas semanas. DespuÃs de un viaje a la ciudad de MÃxico, en el que le tocà ser testigo de un incidente violento en Tepito, durante una visita proselitista que Donaldo realizà al cÃlebre barrio capitalino, el padre del candidato le confesà a su amigo los temores que lo embargaban.
En aquel viaje, el aspirante presidencial del PRI reunià a sus familiares en un restaurante del sur de la ciudad de MÃxico y les pidià expresamente que no participaran en su campaÃa, y que no pretendieran advertirlo de renunciar a los riesgos que corrÃa. Asà dijo. Ante la contundencia de la mociÃn, don Luis sÃlo atinà a decirle a su hijo: âcuÃdateâ.
A Colosio FernÃndez se le vino a la mente ese encuentro familiar aquella maÃana, cuando lo interrogaban los reporteros. Quizà por eso dijo que por encima de una presidencia estaba la vida de su hijo. Los entrevistadores, desconcertados, no entendÃan la razÃn de tal observaciÃn, y menos cuando ya Camacho habÃa declinado a favor de Luis Donaldo. Nada parecÃa obstaculizar su ascendente carrera para obtener la jefatura del Estado mexicano. En un marco de extraÃeza generalizada, los reporteros escucharon a don Luis decir: âLo Ãnico que le pido a Dios es que mantenga a mi hijo con vidaâ.
LA ORDEN DE COLOSIO A DURAZO
La noticia del atentado sorprendià a Alfonso Durazo en la oficina de Ernesto Zedillo en Cuicuilco, al sur de la ciudad de MÃxico. Estaba en ese lugar, inusualmente, fuera de su propio despacho en Insurgentes Norte, para cumplir con una orden precisa de Luis Donaldo, sin saber que serÃa esa la Ãltima instrucciÃn de su jefe. Un encargo, por cierto, nada agradable para Ãl. Le habÃa dicho el candidato a su secretario particular en tono perentorio:
–Ve a la oficina de Zedillo y dile que estoy muy satisfecho con su trabajo.
Hasta el 23 de marzo, segÃn explicarÃa despuÃs, Durazo no conocÃa la carta que Ernesto Zedillo le habÃa enviado a Colosio, fechada el 19 de marzo. SabrÃa de ella despuÃs, al revisar los archivos personales de Luis Donaldo. Su desconocimiento era insÃlito, pues casi todos los documentos dirigidos al candidato pasaban antes por sus manos. Ãl valoraba la importancia de los textos y decidÃa cuÃles no, cuÃles sà y en quà orden. Ante la duda preguntaba y los materiales se enviaban a quienes Colosio considerara pertinente, ya fuera para su evaluaciÃn o con instrucciones puntuales para su implementaciÃn. Evitaba cometer errores. Precisamente por su discreciÃn y prudencia le habÃa sido otorgado un amplio margen de decisiÃn en materia operativa.
Eficiente, escrupuloso, y hasta obsesivo como es en el desempeÃo de su trabajo, Durazo conocÃa a la perfecciÃn a su jefe y sabÃa que en cualquier momento lo podÃa requerir. Por ello estaba siempre disponible, a la hora que el candidato lo deseara, atrincherado en su oficina. Ãl resolvÃa, lo que fuera necesario, y le entregaba resultados; de ahà que permaneciera tantos aÃos a su lado y que, incluso, cuando solicità su relevo temporal para estudiar un diplomado en Inglaterra, Donaldo no aguantà mucho: antes de que concluyera, lo mandà traer de regreso.
Como le constaba a todo el equipo cercano a Colosio, su secretario particular, un hombre que lo habÃa acompaÃado durante varios aÃos en ese mismo puesto, nunca dejaba su oficina. Casi todos, incluido Ernesto Zedillo, tenÃan que hacer antesala con Durazo para ver a Donaldo. Muy pocos se lo saltaban. Esta circunstancia le generaba al secretario numerosos enemigos gratuitos y bastante maledicencia
Zedillo habÃa instalado las oficinas de la coordinaciÃn general en la zona de Cuicuilco, pues en el edificio del PRI Ãl y su equipo mÃs cercano estaban totalmente hacinados. El doctorcete, como le decÃan, ni siquiera tenÃa baÃo privado allÃ, por lo menos al principio; lo obligaban a usar uno de carÃcter colectivo. Pero lo que mÃs le afectaba eran las horas y horas de antesala que lo hacÃa padecer Durazo cada vez que el coordinador general de la campaÃa querÃa hablar con el candidato presidencial.
Precisamente por eso, Colosio considerà que la orden a Durazo para que abandonara su posiciÃn y fuera a la oficina de Zedillo, serÃa altamente valorada por Ãste. Le debÃa de quedar claro que la deferencia era, no del todopoderoso secretario particular a Zedillo, sino del candidato a su jefe de campaÃa.
El secretario particular de Luis Donaldo entendÃa, a su vez, cuÃl era su papel frente a Zedillo ese 23 de marzo: el engaÃo, conforme a los criterios contenidos en El arte de la guerra de Sun Tzu, libro de cabecera de Colosio. La presunta satisfacciÃn del candidato por el trabajo de su coordinador de campaÃa era, simple y sencillamente, un seÃuelo. Y a Ãl le habÃa encomendado el jefe implantarlo. CumplirÃa la orden, aunque sin mucho entusiasmo, habida cuenta su conocida y pÃblica antipatÃa por el doctor en economÃa egresado de Yale.
Durazo sabÃa que Ernesto Zedillo no sobrevivirÃa a la poda de semana santa. ConocÃa el plan de Luis Donaldo de beberse unas botellas de vino con el presidente Salinas, en la intimidad de su residencia, y limar todas las asperezas que habÃan metido ruido a una amistad entraÃable de mÃs de tres lustros. En esa reuniÃn, seguramente, se tomarÃan acuerdos y posteriormente se efectuarÃan los cambios no sÃlo en el comità de campaÃa del sonorense, sino tambiÃn en el gobierno.
En eso estaba Durazo, cumpliendo con la encomienda del candidato en la oficina del coordinador de campaÃa, cuando Zedillo recibià la trÃgica noticia: Luis Donaldo Colosio habÃa sido vÃctima de un atentado en Baja California.
El secretario particular abandonà de prisa la oficina de Ernesto Zedillo en Cuicuilco. Se trasladà a la sede nacional del PRI. AhÃ, extrajo el contenido de la caja fuerte que estaba instalada en el despacho de Colosio y, antes de trasladarse a Tijuana, lo dejà a buen resguardo en un lugar distinto. En la caja fuerte habÃa documentos confidenciales y dinero en efectivo. Tal como lo comentarÃa aÃos despuÃs a sus colaboradores, tanto el dinero como los documentos tuvieron el uso y destino que Donaldo habÃa dispuesto previamente.
Durazo llegà a la ciudad fronteriza en un vuelo privado proveniente de Toluca. Por la noche estuvo presente en el quirÃfano mientras los bisturÃes de los mÃdicos destrozaban el cuerpo del candidato. Seis aÃos despuÃs tenÃa todavÃa presentes las imÃgenes de la autopsia.
DE LA EUFORIA A LA TRISTEZA INFINITA
El secretario de GobernaciÃn, Jorge Carpizo, habÃa convocado para el 23 de marzo de 1994 a los gobernadores de todas las entidades federativas a un evento en la ciudad de MÃxico. Uno de los seis que faltà fue el de Sonora, Manlio Fabio Beltrones. Ese dÃa, el Ejecutivo sonorense llamà a una reuniÃn de gabinete en la que, ademÃs de dar seguimiento a los asuntos normales, repartirÃa tareas a sus colaboradores para el dÃa siguiente, fecha en la que el candidato presidencial del PRI harÃa el arribo triunfal a su tierra.
La reuniÃn estaba programada para las 5:30 de la tarde en el salÃn Venustiano Carranza de Palacio de Gobierno, ubicado en la planta alta del edificio de dos pisos, en el ala sur del inmueble, a un costado de la oficina de Beltrones.
Poco a poco, y desde media hora antes, empezaron a llegar los secretarios. Algunos ingresaron al salÃn. Otros, formaron pequeÃos grupos en los pasillos de Palacio. Los murales con motivos y personajes de la RevoluciÃn, que ilustran toda el Ãrea superior del edificio, eran mudos testigos de las conversaciones. El comentario mÃs recurrente era, desde luego, la declaraciÃn de Camacho. Por fin Colosio se habÃa sacudido la sombra del comisionado para la paz en Chiapas; a partir del dÃa siguiente, cuando se esperaba su arribo a Sonora, la campaÃa no tendrÃa obstÃculos.
–ÂYa chingamos! âdijo algÃn secretario a otro, eufÃrico.
La mayorÃa trataba de acercarse a don Luis Colosio, padre del candidato y secretario de GanaderÃa en el gabinete de Beltrones. Lo felicitaban. Lo interrogaban. Era el centro de atenciÃn. Ãl, orgulloso, sonreÃa. Nada parecÃa empaÃar el futuro.
En ese ambiente festivo, los minutos siguieron pasando sin que el gobernador llamara a sus colaboradores para dar inicio a la reuniÃn de gabinete. Alguno mostrà su extraÃeza por la tardanza, pero los mÃs se encontraban construyendo escenarios futuros.
Media hora despuÃs, las risas, la euforia, habÃan desaparecido. Los gestos de preocupaciÃn empezaron a reflejarse en algunos rostros. AlgÃn celular sonÃ, luego otro y otro mÃs. Ya la noticia estaba circulando. Empezaron a llegar colaboradores y amigos de los funcionarios a Palacio de Gobierno. Don Luis sintià congoja. Algo intuÃa. La sensaciÃn de opresiÃn en su pecho creciÃ..
Ernesto Rivera Claisse, secretario de Salud, hombre cercanÃsimo a la familia Colosio, detectà de inmediato el cambio en el estado de Ãnimo de don Luis. Lo conocÃa de sobra. Era su amigo desde muchos aÃos antes, oriundos ambos de Magdalena. TambiÃn era su mÃdico de cabecera.
El ambiente entre los secretarios se fue haciendo denso, pesado.
Eran cerca de las seis de la tarde cuando la cara de preocupaciÃn de GermÃn Uribe, secretario particular de Beltrones, confirmà a los presentes en el salÃn Venustiano Carranza que algo no andaba bien. Uribe habÃa ingresado al recinto por una puerta lateral que comunica a la oficina del gobernador. Se dirigià a don Luis y al doctor Rivera. Les dijo que el gobernador los llamaba a su privado.
Ambos se levantaron, francamente preocupados, y siguieron al secretario particular. Cuando ingresaron a la oficina del gobernador, Beltrones hablaba por el telÃfono de la red. ÂSerÃa el presidente? La angustia de don Luis creciÃ. Rivera lo tomà de un brazo para transmitirle afecto, consuelo. ÂConsuelo de quÃ? No lo sabÃa. Pero algo estaba pasando. La mente del mÃdico se llenà de imÃgenes y preguntas. Y la certeza: Âalgo le pasà a Donaldo!
–SÃ, seÃor presidente âalcanzaron a escuchar la voz de Beltrones.
El gobernador, sin dejar el auricular, los invità a sentarse en los sillones de su despacho, un conjunto de tres piezas en piel negra, ubicados bajo la ventana que da a la plaza Zaragoza, en la esquina poniente del edificio. Rodearon la mesa de centro.
–Yo insisto âel gobernador seguÃa al telÃfono–. Quisiera trasladarme allÃ.
Silencio. Gesto de contrariedad de Beltrones. Los ojos de don Luis y de Rivera, fijos en el mandatario, ataviado como era usual: impecable el traje azul marino, camisa blanca, corbata con vivos rojos, zapato negro reluciente, bigote grueso perfectamente recortado, ni un cabello fuera de lugar. La figura de Beltrones representaba el poder.
–Como usted ordene âconcluyà el gobernador, sin convencimiento. ColgÃ.
Beltrones se dirigià a sus colaboradores, que lo miraban con la angustia reflejada en sus rostros. Una sola palabra brotà de sus labios:
–ÂDonaldo!
Nadie atinà a decir algo. GermÃn Uribe bajà la vista. Ya sabÃa. Rivera, incrÃdulo, era todo Ãl una interrogante. Don Luis entendiÃ. Su exclamaciÃn, apenas audible, movià todas las fibras sensibles de los presentes: âÂno!â. El padre del candidato presidencial se dejà caer en un sillÃn, sin fuerza, en posiciÃn fetal: las piernas dobladas, pegadas a su estÃmago, la cabeza oculta por sus brazos. El dolor lo encogiÃ.
Rivera, con la mirada, preguntaba a su jefe quà habÃa pasado. Don Luis no lo vio, pero Beltrones abrià los ojos desmesuradamente, despegà sus labios en un rictus de impotencia, encogià los hombros y, con sus brazos pegados al cuerpo, mostrà las palmas de sus manos extendidas.
Nadie rompÃa el silencio. Se escuchà un sollozo. Don Luis no habÃa podido contener las lÃgrimas. Pensà en voz alta:
–ÂSe lo dije! Le dije que se cuidara.
Beltrones no hallaba cÃmo explicarle a don Luis que su hijo, el candidato presidencial del PRI, habÃa sufrido un atentado en Lomas Taurinas, Tijuana. Que habÃa recibido un balazo en la cabeza del que era prÃcticamente imposible sobrevivir.
Ernesto Rivera, con los ojos vidriosos, tratando de no perder la calma, preguntà a borbotones:
–ÂQuà pasÃ? ÂQuà le pasà a Donaldo? ÂCÃmo fue?
–Sufrià una agresiÃn âel gobernador apenas podÃa contenerse–. Fue al terminar el mitin en Lomas Taurinas. No sabemos los detalles.
–ÂEs grave?
–Un balazo. Parece que en el estÃmago.
–ÂEso tiene soluciÃn! âatajà un esperanzado Rivera.
–Ojalà âagregà sin Ãnimo el gobernador.
Durante largos segundos no hubo mÃs palabras. El silencio solamente era cortado por algÃn sollozo de don Luis, que hacÃa esfuerzos por no derrumbarse.
Los minutos transcurrieron lentos. GermÃn Uribe entraba y salÃa. Rivera consolaba a don Luis y le decÃa que quizà la agresiÃn no fuera de gravedad. Llegà VÃctor Colosio, desecho. Abrazà a su padre y juntos lloraron preguntÃndose uno a otro: âÂpor quÃ?â.
La oficina pronto se volvià un caos. El secretario particular entraba y salÃa con tarjetas que entregaba a su jefe, acaso algÃn comentario al oÃdo, en voz baja. Beltrones no se despegaba del telÃfono. Hablà de nuevo con Carlos Salinas. Don Luis mantenÃa el rostro oculto entre sus manos, los ojos cerrados, ausente. Pero VÃctor Colosio y Rivera escuchaban atentos al gobernador, que pedÃa, insistÃa, exigÃa autorizaciÃn al presidente para trasladarse de inmediato a Tijuana.
–No solamente como sonorense, sino como amigo. Es mi deber estar allà âargumentÃ, a punto de perder la paciencia. El tono habÃa dejado de ser el de un subordinado.
Beltrones todavÃa intercambià algunas palabras con el presidente, hasta que finalmente recibià su autorizaciÃn.
–Me traslado de inmediato âdijo, por fin, antes de colgar.
Beltrones hizo una seÃa a su secretario de Salud para apartarse un poco de los Colosio. Le dijo que habÃa que cuidar a don Luis, que Ãl no debÃa de ir. Rivera estuvo de acuerdo. Asà se lo dijeron. El padre del candidato presidencial apenas escuchaba. Como autÃmata, se puso de pie. Su hijo VÃctor lo sostuvo. El trayecto hacia la puerta de la oficina parecÃa lejano. Lentamente avanzaron. Acaso habÃa transcurrido una media hora desde que don Luis y Rivera ingresaran al privado del gobernador.
Afuera de la oficina de Beltrones habÃa ya un tumulto. Todos sabÃan que el asunto era grave, y la actitud de don Luis se los confirmaba.
Las decenas de funcionarios y amigos que lo esperaban guardaron respetuoso silencio cuando lo vieron salir. Le abrieron paso, sin que nadie se atreviera a pronunciar palabra, y caminaron atrÃs de Ãl, y con Ãl, todos los metros que separan la oficina del gobernador de la escalinata central.
El padre del candidato presidencial, abrazado de un lado por su hijo VÃctor y del otro por el doctor Rivera, descendià uno a uno los escalones. ParecÃa que las fuerzas lo abandonaban. Abajo, en el jardÃn de Palacio, mÃs gente esperaba. El dolor era evidente. Pero ya no habÃa silencio: algunos lloraban, inconsolables, con la certeza de que Luis Donaldo Colosio habÃa muerto.
EL GENERAL SE QUISO SUICIDAR
Domiro GarcÃa Reyes supo que el candidato no se salvarÃa desde que vio la gravedad de la lesiÃn en la cabeza, cuando lo recogià del suelo en Lomas Taurinas, en medio de un charco de sangre. Ya en el Hospital General de Tijuana, los remordimientos lo asaltaron. En el libro âDomiroâ, escrito por JoaquÃn LÃpez DÃriga y Jorge FernÃndez MenÃndez, el militar relatÃ: âPensà en quitarme la vida, pero lleguà a la conclusiÃn de que haciÃndolo no remediaba nada, que quizà complicarÃa la situaciÃn de mi familia y lo mÃs sagrado para mà es mi familia, mi esposa, mis hijos, mis padres, mis hermanos. No tenÃa por quà vulnerarlos con la duda de que yo pudiera tener que ver con los hechos que no pude defender, que no pude solventar. De manera que preferà soportar la vergÃenza de vivir con esta situaciÃnâ.
La vergÃenza de GarcÃa Reyes, sin embargo, fue efÃmera. Poco tiempo despuÃs de la tragedia se reintegrà a Los Pinos como sub jefe del Estado Mayor Presidencial, la misma instituciÃn que Luis Donaldo Colosio pretendÃa desaparecer âsegÃn testimonios de gente cercana a Ãl–, una vez que ascendiera a la presidencia. Dos aÃos despuÃs, el 21 de agosto de 1996, ya en la administraciÃn del presidente Zedillo, los medios de comunicaciÃn dieron a conocer que el general habÃa sido nombrado jefe del Estado Mayor en la zona 32 militar, ubicada en Valladolid, YucatÃn.
Pero el 23 de marzo de 1994, una vez que inicià la intervenciÃn quirÃrgica a Luis Donaldo Colosio, Domiro abandonà la sala de operaciones del hospital para comunicarse por telÃfono celular con su superior, el general Arturo Cardona Merino, jefe del Estado Mayor Presidencial. Cuenta: âCon gran vergÃenza, con gran dolor, con gran pena le dije que no habÃa podido cumplir con la misiÃn y que el licenciado Colosio se encontraba muy delicado y que estaba siendo ya intervenido. Debe haber sido, hora de Tijuana, como las seis de la tardeâ. Cardona, a su vez, le dio instrucciones para que hablara con el presidente Salinas: âAl seÃor presidente por telÃfono le di la triste noticia, la vergonzante noticia de lo que habÃa sucedido y no le mentà en cuanto a la situaciÃn que estaba pasandoâ.
La reacciÃn de Salinas no fue de estupor, coraje o reclamo. Por el contrario, segÃn la versiÃn del general, el Ejecutivo le tratà de transmitir Ãnimo:
–Adelante Domiro, Âadelante!, no se arredre en estos momentos, usted es un hombre muy fuerte que sabe dominar las situaciones. Asà que estese al pendiente y me informa.
Mientras Salinas hablaba con el general GarcÃa Reyes, Josà CÃrdoba Montoya entrà apresurado al despacho presidencial llevando la mala noticia que alguien le habÃa comunicado desde Tijuana. Minutos antes, Jacobo Zabludovsky habÃa hablado con el sonorense Josà CarreÃo CarlÃn, vocero presidencial por aquellas fechas, para informarle del atentado. Ãste, a su vez, establecià comunicaciÃn con el periodista JesÃs Blancornelas del semanario Zeta.
–JesÃs, Âes cierto?
–SÃ.
Preguntà cÃmo fue, quiÃn fue, por quà fue, pero el co-director de Zeta no le pudo informar mÃs. Las llamadas de CarreÃo, urgiendo informaciÃn, ocurrirÃan a partir de ese momento con diferencia de minutos. Salinas querÃa saber todo al instante.
En la SecretarÃa de GobernaciÃn, mientras tanto, estaban reunidos el titular Jorge Carpizo Mac Gregor, el procurador general de la RepÃblica, Diego ValadÃs, y el secretario de Comunicaciones y Transportes, Emilio Gamboa PatrÃn. Un ayudante entrà al despacho tarjeta en mano, âllevando la noticia con tanta discreciÃn que rallaba en la delicadeza, como no queriendo hacer ruidoâ, segÃn la versiÃn de Blancornelas en su libro El tiempo pasa. Puso la tarjeta frente a los ojos de Carpizo.
–ÂVÃlgame dios…no puede ser! âexclamà el secretario de GobernaciÃn.
Y transmitià a sus compaÃeros de gabinete las malas noticias. Los tres, de inmediato, abandonaron la vieja casona de CoviÃn para dirigirse a Los Pinos.
Desde la residencia oficial, Carpizo se comunicà a Tijuana con el delegado de la PGR, Arturo Ochoa Palacios, a quien le ordenà que no se separara ni un momento del presunto agresor, que para esas alturas ya estaba detenido en las instalaciones de la dependencia. Le advirtià que no lo dejara solo para evitar que alguien lo fuera a matar; que no le dieran de comer para impedir que el joven fuera envenenado. Luego, la sentencia:
–ÂMe respondes con tu vida por Ãl!
En Los Pinos, Salinas no se despegaba del telÃfono. HacÃa y recibÃa llamadas sin parar. Cuando entraron al despacho presidencial Carpizo, Gamboa y ValadÃs, de inmediato ordenà a este Ãltimo trasladarse a Tijuana para hacerse cargo de las investigaciones: habÃa decidido ya ejercer la facultad de atracciÃn. TambiÃn optà por enviar a su mÃdico particular, Enrique Wolpert, para ponerlo al frente de la atenciÃn a Colosio.
Mientras tanto, e gobernador de Baja California, Ernesto Rufo Appel, viajaba en el vuelo 922 de Mexicana de AviaciÃn en la ruta MÃxico-Hermosillo-Mexicali, despuÃs de estar presente en la famosa reuniÃn convocada para ese dÃa en la capital del paÃs por el secretario de GobernaciÃn. Faltaba todavÃa una hora para llegar a Hermosillo, cuando sonà su Skytel. Eran las 5:29 de la tarde, hora de Baja California, cuando el gobernador tomà el aparato en sus manos y leyà el mensaje enviado vÃa satÃlite por su secretario auxiliar, Francisco RodrÃguez: âAtentado contra Colosio. Agresor detenido. Urgenteâ.
Rodolfo ValdÃs GutiÃrrez, su director de ComunicaciÃn Social, que lo acompaÃaba, pidià permiso al capitÃn del vuelo para utilizar su telÃfono celular. El piloto accediÃ, pero no funcionÃ. Entonces, a travÃs de la radio del aviÃn, Ruffo se comunicà a Mexicali para enterarse de lo ocurrido. Instruyà al procurador estatal, Francisco Franco RÃos, para que se brindara toda la protecciÃn al candidato herido y se iniciaran las averiguaciones correspondientes.
En el aeropuerto de Hermosillo, el gobernador bajacaliforniano pidià autorizaciÃn para bajar al comandante de la aeronave, y Ãste se la concediÃ. Le prestaron una oficina de Mexicana en la terminal aÃrea, y desde ahà realizà varias llamadas. Le hablà al presidente. Eran las 6:30 de la tarde en Baja California, las 8:30 en la ciudad de MÃxico. Este es su testimonio:
–SeÃor presidente, voy vÃa Hermosillo a Mexicali y ahà me van a mover, a trasladar a Tijuana. Pienso, en lo personal, tomar la conducciÃn de la investigaciÃn y quiero pedirle que el dÃa de maÃana nos pongamos de acuerdo en nombrar un fiscal especial, un fiscal comÃn.
Salinas escuchaba a Rufo sin interrumpir.
–SerÃa conveniente âcontinuà el gobernadorâque participara el Congreso de la UniÃn, con alguna comisiÃn que supervisara.
Cuando terminà su exposiciÃn, el presidente atajÃ:
–Oiga, gobernador, va para allÃ, volando a Tijuana, el procurador ValadÃs y va a pedirle que se pueda ejercer la facultad de atracciÃn.
–SeÃor presidente, siendo asÃ, pues yo con todo gusto le proporciono todos los datos, todos los detalles y tendrà la colaboraciÃn completa de la ProcuradurÃa de Baja California. Le informo entonces, llegando yo a Tijuana, de cuanto conozca yo y, junto con Diego ValadÃs, de cÃmo estÃn las cosas.
–MantÃngame informado, por favor âconcluyà Salinas.
Manuel Camacho se encontraba en San CristÃbal de las Casas, Chiapas, en una reuniÃn de trabajo en el obispado. Hacia las 19:15 horas, Martha Anaya, de ExcÃlsior, se acercà a Ãscar ArgÃelles, responsable de Prensa y LogÃstica del comisionado, y le dijo: âDos tiros a Colosioâ.
Cuenta el asesor de Camacho, Enrique MÃrquez:
âArgÃelles, impetuoso y responsable como es, interrumpià la discreta reuniÃn que Camacho sostenÃa con el equipo de don Samuel Ruiz, para ponerlo al tanto. Manuel se sacudià profundamente, se puso pÃlido, no lo podÃa creer. A las diecinueve treinta y cinco, hablarÃa con el presidente Salinas para preguntarle sobre los hechos. AcompaÃado de Alejandra Moreno y Roberto Salcedo, el comisionado se retirà al Hotel Casa Vieja, donde, custodiado por una aparatosa patrulla militar, habrÃa de esperar âpor razones climatolÃgicas y tÃcnicasâhasta el dÃa siguiente para volar a la ciudad de MÃxicoâ.
Fernando Ortiz Arana, presidente del Comità Ejecutivo Nacional del PRI, se enterà del atentado en Lomas Taurinas porque LiÃbano SÃenz se lo comunicÃ, despuÃs de hablar con Ernesto Zedillo. El coordinador de la campaÃa presidencial, por su parte, recibià la orden del Estado Mayor Presidencial de no salir de su oficina en Cuicuilco. Cuando se lo estaban diciendo, ya iba rumbo a su oficina un equipo seleccionado de la Ãlite militar para protegerlo.
Poco tiempo despuÃs, en vuelos privados, llegaron a Tijuana los sonorenses Guillermo Hopkins y Daniel Acosta CÃzares, colaboradores cercanos del candidato. Hopkins, particularmente, iba desecho. Ãl, como responsable de LogÃstica, habÃa aprobado el mitin en Lomas Taurinas.
Ya en Tijuana, Hopkins, amigo de Donaldo desde la primaria, perdià el control varias veces, ante diversos testigos.
–ÂNos madrugaron, nos madrugaron! ârepetÃa sin cesar aquella noche del 23, en las instalaciones de la ProcuradurÃa General de la RepÃblica.
AQUÃ VA LO DE LIÃBANO
Eran las 17:00 horas cuando arribà a Tijuana el aviÃn particular en el que viajaba LiÃbano SÃenz, vocero de Luis Donaldo Colosio. Unos minutos despuÃs de que la nave tocara tierra en el aeropuerto Abelardo L. RodrÃguez, un aviÃn mÃs arribà a la ciudad fronteriza: se trataba de un Sabre en el que viajaba Diana Laura, acompaÃada por Fernando Gamboa, Laura Sansores y Norma Meraz. En atenciÃn al arribo casi simultÃneo de las aeronaves, el entonces secretario de InformaciÃn y Propaganda del CEN priÃsta hizo una pausa dentro del aviÃn para esperar a que la esposa del candidato bajara primero y se retirara camino a su hotel. Tras verificar que eso ocurriÃ, se dispuso a bajar; precisamente cuando lo hacÃa, recibià una llamada telefÃnica de Josà Luis Soberanes, secretario de OrganizaciÃn de su partido y uno de los hombres de mayor confianza de Colosio: querÃa que se agendara una entrevista por radio con el candidato.
A LiÃbano lo esperaba en la terminal aÃrea Jorge Esquerra, director de LogÃstica de la secretarÃa a su cargo. Mientras el vocero de Colosio concluÃa su llamada con Soberanes, se dio cuenta que su colaborador recibÃa una llamada, la primera de una serie muy continua en los siguientes minutos. Cuando salÃan del aeropuerto, Esquerra le informà a su jefe que era esperado en una televisora local para discutir los Ãltimos detalles de la entrevista que el candidato les concederÃa.
Mientras se ponÃa al tanto del desarrollo de las giras por Sinaloa y Baja California, SÃenz escuchà por la radio portÃtil de Esquerra la voz de uno de los miembros del equipo de LogÃstica. Le dijo que su presencia era solicitada con extrema urgencia en el hotel donde estaba instalada la sala de prensa. Ninguno de los dos le dio mayor importancia al mensaje, pues en condiciones normales la campaÃa estaba plagada de todo tipo de emergencias, y precisamente la SecretarÃa de InformaciÃn y Propaganda era la mÃs solicitada, toda vez que tenÃa que atender los requerimientos de mÃs de 100 reporteros que usualmente cubrÃan las actividades del candidato presidencial.
Apenas habÃan transcurrido unos segundos, cuando otro de sus colaboradores repitià la peticiÃn a Esquerra, por el mismo sistema de comunicaciÃn radial. Pero agregÃ: âalgo muy grave ha ocurridoâ. La comunicaciÃn se cortà abruptamente. Ambos se inquietaron. Pero en la mente de LiÃbano la idea mÃs sÃlida era la de un problema serio entre personal de campaÃa y algÃn reportero.
No habÃa pasado ni medio minuto cuando Esquerra recibià una llamada por su celular. Lo Ãnico que acertà a responder a su informante, con la voz entrecortada, fue: âÂNo, no puede ser!â. SÃenz le arrebatà el telÃfono, de manera automÃtica, al observar su reacciÃn. Tiempo despuÃs recordarÃa haber escuchado, con enorme sorpresa, una voz que repetÃa las siguientes palabras, segÃn contà en su libro Colosio: Un aÃo, ayerâ:
–El candidato ha sido agredido, se tratà de un atentado al finalizar el acto pÃblico con colonos al finalizar el acto pÃblico con colonos en un lugar llamado Lomas Taurinas. No tenemos informaciÃn acerca del accidente, pero sabemos que lo llevan por ambulancia a un hospital cercano al lugar de los hechos.
El vocero de Colosio devolvià el aparato a su colaborador y ordenà al chofer que se detuviera junto a un patrullero, estacionado unos metros adelante de ellos. Descendià del vehÃculo y sin mayor preÃmbulo, le preguntà al oficial de policÃa si sabÃa a dÃnde trasladaban a un herido importante en esos momentos. El oficial respondià que al Hospital General de Tijuana. Por la frecuencia de radio de la policÃa municipal habÃa escuchado que se trataba del candidato presidencial del PRI. LiÃbano le solicità al patrullero que los guiara hasta la clÃnica, pues eran parte del equipo de trabajo de Colosio.
El celular de SÃenz empezà a sonar. Era de nuevo Soberanes; alarmado, le preguntaba quà habÃa de cierto en la versiÃn de los medios de comunicaciÃn sobre un atentado contra Luis Donaldo. Ãl se limità a contestarle que estaban recibiendo las mismas versiones, pero que no conocÃa la gravedad del incidente. Esquerra, por su parte, recibÃa llamadas sin parar.
LiÃbano SÃenz, despuÃs de algunos segundos de inactividad, tomo su celular y marcà un nÃmero en la ciudad de MÃxico. Le contestà la voz de Gabriela Estrada, fiel colaboradora de Ernesto Zedillo. Se lo comunicà de inmediato. Le informà de lo ocurrido. Cuenta en su libro:
âTuve la impresiÃn de que Zedillo ya habÃa escuchado algo en los medios de difusiÃn…â
NO FUE UN PALO, DIANA
Eran casi las cinco de la tarde de aquel 23 de marzo, cuando el pequeÃo aviÃn en el que viajaba Diana Laura Riojas aterrizà en el aeropuerto de Tijuana. Un pequeÃo grupo la esperaba, pues ya algunos miembros de su equipo se habÃan adelantado para la organizaciÃn del evento en el que ella participarÃa, apenas unos minutos despuÃs. Varios reporteros locales la abordaron para preguntarle sus impresiones por encontrarse en Tijuana. Respondià que se sentÃa a gusto ante la posibilidad de saludar a muchos amigos, que tanto a su marido como a ella los habÃan tratado muy bien en Baja California. Eran las 17:10 horas. En ese preciso momento ocurrÃa el atentado en Lomas Taurinas.
Al subirse al vehÃculo que la trasladà al hotel Lucerna para dejar su equipaje, Diana Laura, emocionada, confià a sus colaboradores, segÃn testimonio de su secretario particular Fernando Gamboa en el libro Diana Laura: el silencio no es ausencia:
–Me siento radiante porque los anÃlisis y chequeos mÃdicos que me acaban de hacer, revelan que estoy muy bien de salud.
Orgullosa, ya se lo habÃa avisado a Colosio. Esto despejaba cualquier nube de preocupaciÃn, podrÃa continuar incluso con mayor ritmo. Al fin podrÃan respirar tranquilos: el futuro se veÃa promisorio.
Al mismo tiempo que Diana Laura se trasladaba al hotel, Luis Donaldo Colosio era transportado por una ambulancia al Hospital General de Tijuana, mientras los doctores Castorena y GarcÃa Taxilaga le aplicaban respiraciÃn de boca a boca, en un intento desesperado por preservarle la vida.
A la ambulancia se subieron 15 personas. El conductor, con funciones de paramÃdico, era acompaÃado por cuatro enfermeras y por el doctor Gabriel Cuervo Villegas. Junto con el candidato se subieron los doctores Castorena âsu mÃdico personal– y GarcÃa Taxilaga âdel EMP–; al lado del sonorense se ubicaron el teniente Humberto Francisco Ojinaga Ruiz y el general GarcÃa Reyes; tambiÃn, los tenientes ZimbrÃn, Salinas y MerÃn, asà como el mayor Castillo.
Sabino Venegas GonzÃlez, conductor de la ambulancia, avanzà con dificultad porque la vialidad principal de Lomas Taurinas quedà bloqueada. Ãl, ademÃs, no estaba enterado del sitio al que irÃan. PreguntÃ. âA la facilidad mÃs cercanaâ, respondià el general GarcÃa Reyes. La unidad se dirigià al Hospital General, en lugar del Hospital Del Prado, que estaba mÃs cerca y con mejor equipo, a peticiÃn del doctor Cuervo Villegas, quien laboraba en el nosocomio oficial. Perdià algunos minutos porque equivocà la ruta.
La ambulancia que transportaba al candidato presidencial finalmente llegà al hospital. De inmediato, lo llevaron a la sala de emergencia, y de ahà pasà a cirugÃa. SegÃn GarcÃa Reyes, desde el momento del disparo, hasta que Colosio fue introducido a la sala de operaciones, no transcurrieron mÃs de diez minutos.
âYo sabÃa que el jefe no se iba a recuperar, ya habÃa visto la gravedad de la herida y aunque no he visto muchas heridas, sà podÃa determinar desde luego que Ãsta era una de las que uno no se salvaâ, relatà Domiro en el libro homÃnimo de LÃpez DÃriga y FernÃndez MenÃndez.
Diana Laura, mientras tanto, habÃa llegado ya al hotel. Pasà a su habitaciÃn a lavarse las manos. En esos momentos llegà al Lucerna Adalberto Villaescusa, magdalenense, amigo de la familia Colosio, colaborador cercano de Donaldo. Hablà de inmediato con Fernando Gamboa y lo enterà de lo ocurrido en Lomas Taurinas. Le dijo que el candidato habÃa recibido dos impactos de bala.
Adalberto terminaba su relato cuando aparecià Diana Laura, lista para salir al evento previsto. No le extraÃà la presencia del colaborador de su esposo. Lo saludà cordialmente, como siempre. Entonces detectà su estado de excitaciÃn. Se veÃa angustiado, agitado; estaba sudoroso.
–EstÃs muy mal, Beto. ÂQuà es lo que tienes? âle preguntÃ.
Y sin esperar respuesta, tomà el telÃfono y pidià una Coca Cola para el reciÃn llegado.
Aquà las versiones difieren. Gamboa dice que fue âel informanteâ âVillaescusaâel que notificà a Diana Laura que su marido habÃa sido agredido en un mitin: le habÃan dado con un palo en la cabeza y ya se encontraba en el hospital. Villaescusa sostiene que fue Gamboa quien le dio esta versiÃn a la esposa del candidato. Como fuere, ninguno de los dos se atrevià a informarle sobre la gravedad de la situaciÃn.
Cuenta Gamboa:
âA partir de ese momento se devino un completo caos, nadie sabÃa dÃnde estaba, ni cuÃl era la realidad. Sin embargo, a pesar de las dudas e incÃgnitas de la situaciÃn, en unos cuantos minutos llegà al Hospital General de Tijuana, donde reinaba una total confusiÃn, nerviosismo y desorden. SÃlo diciendo que era la seÃora de Colosio, sus colaboradores lograron introducirla a un Ãrea totalmente resguardada; tuvo que cruzar en medio de empujones y de una enorme cantidad de personas que gritaban, lloraban y solicitaban informaciÃn de lo que ocurrÃaâ.
En realidad, Diana Laura y sus acompaÃantes se dirigieron primero a una oficina de la PolicÃa Judicial Federal que se encontraba muy cerca del hotel Lucerna. En ese lugar, primero les seÃalaron que el candidato habÃa sido llevado a una clÃnica del IMSS, y cuando estaban a punto de partir hacia allÃ, un elemento de la misma corporaciÃn los alcanzà para seÃalarles que existÃa un error: Colosio habÃa sido trasladado al Hospital General. Se ofrecià a escoltarlos, con personal de la dependencia, hasta el sitio correcto.
Ya en el hospital, Diana Laura empezà a preocuparse. Ignoraba la gravedad de su esposo, pero las muestras visibles de sangre en el piso y en las ropas de algunos miembros del equipo de seguridad de Colosio, incrementaron su inquietud.
La negaciÃn es la primera reacciÃn en la mayorÃa de los humanos. Diana Laura no era la excepciÃn. Por ello, a pesar de todos los signos visibles, lanzà en voz alta dos preguntas que helaron la sangre de todos los que se encontraban en el lugar:
–ÂQuà un golpe puede causar tanto daÃo?, Âo es algo mucho mÃs grave?
La respuesta fue el silencio. LiÃbano SÃenz no se atrevià a decir nada. Nadie, de hecho. Hasta que Federico Arreola, el periodista amigo de Colosio, decidià cumplir con la peticiÃn que momentos antes le habÃa hecho el general GarcÃa Reyes:
–Don Federico, ya llegà la seÃora y no sabe lo que pasÃ. SÃlo usted puede decÃrselo.
Y cumpliÃ:
–No, Diana Laura, no fue un palo. Donaldo tiene un balazo en la cabeza.
ASÃ NO ERA: LA QUE SE IBA A MORIR ERA YO, NO ÃL
Manlio Fabio Beltrones llegà antes que nadie a Tijuana. TodavÃa no hacÃan su arribo ni el gobernador Ruffo ni el procurador ValadÃs. Por ello, y con el visto bueno del presidente, el Ejecutivo sonorense prÃcticamente se hizo cargo de la plaza.
Beltrones y sus acompaÃantes ingresaron al Hospital General de Tijuana cerca de las 8:30 de la noche. Poco mÃs de una hora habÃa tardado el gobernador en trasladarse de Hermosillo a la ciudad fronteriza, donde ya lo esperaba su hermano Alcide, administrador del aeropuerto. AhÃ, las personas que viajaban con Ãl, se distribuyeron en varios vehÃculos y tomaron rumbos distintos: unos al hospital, otros a la delegaciÃn de la PGR.
Mucho antes de que el presidente Salinas lo autorizara a viajar a Tijuana, Manlio habÃa girado instrucciones a su coordinador de seguridad, Jaime Armando LÃpez Ferreiro, oriundo de aquella ciudad, para que tuviera listo el aviÃn en el que usualmente viajaba: un jet Falcon de ocho plazas, decomisado tiempo atrÃs por la PGR y entregado en depositarÃa al Gobierno de Sonora. Por ello, en cuanto Beltrones arribà al aeropuerto de La Manga âcontiguo al Internacional Ignacio Pesqueira de la capital sonorense–, la aeronave salià del hangar de gobierno y tomà pista para despegar.
Media hora antes, el gobernador le habÃa recomendado a don Luis Colosio, padre del candidato presidencial y secretario de GanaderÃa en el gabinete sonorense, que no era recomendable su traslado a Tijuana, toda vez que su estado de salud podrÃa deteriorarse, afectado como estaba por el impacto del atentado. El secretario de Salud estatal, Ernesto Rivera Claisse, mÃdico personal y amigo de don Luis desde muchos aÃos antes, estuvo de acuerdo en que el corazÃn de su homÃlogo de gabinete podÃa resentir lo que estaba ocurriendo en Tijuana. Era mejor que permaneciera al lado de su esposa e hijos en Hermosillo.
Rivera despidià a don Luis en la puerta principal de Palacio de Gobierno. Ãl abordà otro vehÃculo para dirigirse al aeropuerto, mientras el padre de Colosio se dirigià a la casa de su hija Martha. De camino a La Manga, llegà el mÃdico a su casa por ropa, porque aun cuando intuÃa que el atentado era demasiado grave, se negaba todavÃa a aceptarlo; en consecuencia, su estancia podÃa prolongarse algunos dÃas, mientras pasaba el apuro; asà se lo dijo a su esposa, que lo esperaba en la puerta de su residencia con la maleta. El mÃdico, especialista en oncologÃa, pensà que Donaldo necesitarÃa sangre, pues su tipo âB +– no era de los mÃs comunes; llamà por su celular al doctor Loustaunau, director del Hospital General del Estado, para que le tuviera listas varias unidades de sangre, que Ãl pasarÃa a recoger en ruta al aeropuerto.
Rivera Claisse no estaba equivocado: Donaldo requirià de gran cantidad de sangre. Al mismo tiempo que Ãl recogÃa las unidades en Hermosillo, en el hospital de Tijuana donde era intervenido quirÃrgicamente, no cesaba la peticiÃn del lÃquido; cada diez minutos, por los altavoces, se solicitaban donadores para suplir la pÃrdida de sangre en el cuerpo del candidato. Pero ya no le sirviÃ. Cuando el mÃdico llegà al nosocomio, no habÃa ya nada que hacer.
Camino al aeropuerto, Ernesto Rivera, yerno de Luis Aguilar El Gallo Giro, seguÃa pensando que la agresiÃn en contra de Donaldo tenÃa remedio. Y es que Beltrones le dijo a Ãl, a don Luis y a VÃctor âel Ãnico hermano hombre del candidato–, que al parecer el balazo habÃa sido en el estÃmago, lo cual era correcto; lo que no les informà es que hubo otro impacto y este fue en la cabeza.
En el Falcon de ocho plazas viajaron, ademÃs de Beltrones y de Rivera, las siguientes personas: Jaime LÃpez Ferreiro, Federico Flores Villar âjefe de ayudantes del gobernador–, Fausto Islas âsubsecretario de GanaderÃa y hombre de todas las confianzas del Ejecutivo–, el periodista MartÃn HolguÃn âentonces director editorial del diario hermosillense El Imparcial–, el piloto, el copiloto y una sobrecargo.
Beltrones ya sabÃa que el candidato presidencial del PRI no sobrevivirÃa al atentado de Lomas Taurinas. Pero no se lo dijo a nadie de los que lo acompaÃaban en la aeronave. El trayecto, de poco mÃs de una hora, se hizo la mayor parte en silencio. O por lo menos a Rivera Claisse asà le pareciÃ, metido en sà mismo como estaba, recordando pasajes de su vida que compartià con Colosio.
Ambos eran oriundos de Magdalena, vecinos durante muchos aÃos. En realidad, el amigo-amigo de Donaldo era su hermano Luis Enrique, de la misma edad, compaÃero de estudios hasta la preparatoria; Ãl era unos cuantos aÃos mayor. AdemÃs, Ernesto se habÃa hecho mÃdico en la milicia y pasà a retiro con el grado de teniente coronel. Por tal circunstancia, tenÃa bastante ascendencia sobre Colosio, a quien tratà mÃs de cerca cuando Ãl y su esposa Fernanda vivÃan en el Distrito Federal, en 1972, y le dejaron su departamento al magdalenense reciÃn llegado, que habÃa encontrado empleo en una empresa de consultorÃa econÃmica, antes de continuar sus estudios de posgrado en Estados Unidos. Aquel aÃo se reunieron en mÃltiples ocasiones, unidos en la nostalgia, como suele ocurrirles a quienes mantienen el arraigo de su tierra. Desde entonces se hicieron amigos.
Aquella tarde del 23 de marzo de 1994 Ernesto Rivera Claisse, como le ocurre a muchas personas ante la tragedia, la reacciÃn inmediata es la negaciÃn, por lo menos hasta comprobar con sus propios ojos la realidad. El periodista MartÃn HolguÃn, que iba sentado a su lado en el aviÃn del Gobierno de Sonora, habÃa hecho varios intentos por entablar una conversaciÃn, pero desistià de su propÃsito ante la nula respuesta; entendià que estaba ante el amigo de la vÃctima, no ante el mÃdico. Por ello, cada vez que tenÃa oportunidad, palmeaba el muslo izquierdo de Rivera, en sincera demostraciÃn de pesar y con la intenciÃn de levantar su Ãnimo.
–Todo va a salir bien, doctor. Todo va a salir bien.
–SÃ.
–Ya lo verÃ.
–OjalÃ.
El ambiente en el aviÃn, como lo recordarÃa tiempo despuÃs el secretario de Salud de Beltrones, no era de duelo, de tristeza. Era, mÃs bien, de excitaciÃn. HabÃa mucha adrenalina.
Pero toda la energÃa acumulada, la fortaleza que Rivera habÃa aparentado, se desvanecià en cuanto vio a Diana Laura en el hospital de Tijuana. Se le hizo un nudo en la garganta, mientras ella le preguntaba por quà habÃa ocurrido el atentado. A Diana Laura no solamente la habÃa conocido y tratado como la esposa de su amigo, sino tambiÃn en el aspecto profesional: oncÃlogo Ãl, vÃctima ella de un tumor maligno, sus servicios eran requeridos constantemente.
Rivera, el hombre fuerte, el mÃdico de formaciÃn militar, no pudo evitar que una lÃgrima lo traicionara cuando Diana Laura se dirigià a Ãl y exclamà con infinita tristeza:
–Asà no era. La que iba a morir era yo, no Ãl.
LA DETENCIÃN DE ABURTO
Al joven Aburto le llegaban puÃetazos y puntapiÃs de todos lados, mientras era sujetado por miembros de la guardia de Colosio. A unos cuantos metros, el candidato yacÃa boca abajo, en un charco de sangre; habÃa caÃdo pesadamente, sin control de su cuerpo, despuÃs de recibir un balazo en la cabeza.
El primero que le cayà encima a Mario Aburto, para quitarle la pistola, fue el viejo ex policÃa Vicente Mayoral. Varios mÃs le siguieron, entre ellos Fernando De la Sota y Mario Alberto Carrillo. Se hizo un cerro de cuerpos. Mientras tanto, unas mujeres sujetaban a otro individuo y gritaban que Ãste habÃa sido el autor del disparo. Alguien las encaÃonà y las obligà a soltarlo; el individuo se retirà rÃpidamente del lugar.
Rodolfo Mayoral Esquer, en tanto, trataba de rescatar a su padre de la gran trifulca que se habÃa armado. Cuando Vicente Mayoral logrà zafarse del grupo, se incorporà y deambulà unos cuantos metros, mientras se alisaba el pelo con su mano izquierda; en la derecha, sostenÃa un arma.
–ÂÂTÃ lo mataste?! âle preguntÃ, aterrada, la dirigente de colonos Yolanda LÃzaro.
Vicente Mayoral parecià regresar del limbo en que se encontraba y replicÃ, asustado:
–ÂNooo! Yo solamente le quità la pistola.
Eran las 5:11 de la tarde en Tijuana.
Al joven de la chamarra negra le seguÃan cayendo golpes de toda Ãndole, mientras un agente de seguridad, Alejandro GarcÃa Hinojosa, trataba de protegerlo con su cuerpo. El mayor Cantà Monterrubio le apuntaba con un arma; parecÃa a punto de dispararle.
–ÂNo lo mate! âle exigÃa al militar un asistente al mitin. Era Luis Gonzalo Murrieta, primo del candidato.
Las voces se multiplicaban en el mismo sentido.
–ÂSi le da un balazo, despuÃs no podremos saber quiÃn lo mandà a matarlo! âargumentaba, desesperada, una mujer.
Pero la furia de los escoltas parecÃa incontrolable. Uno de ellos golpeà dos veces en la cabeza al joven, con una piedra. Y extraÃamente volteà hacia el lugar dÃnde se estaba filmando la escena, para tratar de salir a cuadro, como se puede apreciar en el famoso video tomado por los agentes federales.
–ÂYo no fui! ÂFue el ruco! âalegaba el joven de la chamarra negra, ensangrentado ya, a consecuencia de los mÃltiples golpes recibidos.
–ÂCuÃl ruco, cabrÃn? âle preguntaba De la Sota
–ÂEl ruco! ârepetÃa, mientras recibÃa un cachazo en la cabeza.
Los gritos se ahogaban en el escÃndalo. El sujeto aquel era zarandeado como una marioneta. SeguÃan los puÃetazos contra su humanidad, desde todos los Ãngulos posibles.
Momentos antes, el general Domiro GarcÃa Reyes, que habÃa perdido de vista a su jefe, lo encontrà tirado boca abajo, ensangrentado, los ojos semi abiertos, el crÃneo destrozado. TenÃa masa encefÃlica de fuera. RÃpidamente, Luis Donaldo Colosio fue volteado por varias personas: el propio general, los tenientes Miguel Angel ZimbrÃn LÃpez, Roberto MerÃn Sandoval y MartÃn Reyes Salinas; tambiÃn participà otra persona: Rafael LÃpez Merino, miembro del grupo TucÃn. Entre todos, cargaron al sonorense y corrieron rumbo a la salida. En dos oportunidades, el cuerpo deshilachado del sonorense se les resbalà de las manos.
Muchos de los asistentes al mitin ni siquiera se dieron cuenta del atentado. Otros, al ver pasar corriendo a los escoltas con un herido, no lo identificaron en primera instancia.
A Luis Donaldo lo subieron en una blazer, porque era la unidad que estaba mÃs cerca. Pero no cabÃa. Los pies le quedaron volando fuera del vehÃculo. Juan Maldonado Pereda, coordinador del PRI para Baja California, colocà la cabeza del candidato en su pierna izquierda. Los demÃs se acomodaron como pudieron: el general GarcÃa Reyes, los tenientes MerÃn, ZimbrÃn y Ojinaga. La camioneta avanzà unos cuantos metros cuando le dio alcance una unidad del grupo de rescate Delta 7, cuyos tripulantes tampoco sabÃan quiÃn era el lesionado. Los agentes de seguridad cambiaron al sonorense a la ambulancia.
El rumor empezà a correr en aquella marginada colonia de Tijuana: âÂle dieron una pedrada al candidato!â. Para quienes lograron observarlo de cerca, no habÃa dudas: âÂlo mataron!â. Colosio habÃa caÃdo en la trampa de Lomas Taurinas, âun lugar deprimente, como un caÃÃnâ, segÃn la primera impresiÃn de Teresa RÃos Rico, fiel secretaria de Colosio durante varios aÃos.
A ella no le gustà nada que su jefe caminara sobre un puentecito de madera que parecÃa no resistir mucho. Pero mÃs le preocupà constatar que era, ese, el Ãnico medio para pasar al otro lado del canal de aguas negras que separaba la calle con el terreno dÃnde se efectuarÃa el mitin.
Sin que se diluyera por completo su inquietud, RÃos empezà a caminar rumbo a la salida cuando el evento estaba a punto de concluir. Ya sabÃa la extensiÃn del discurso y el tiempo que durarÃa el mitin. Las camionetas que transportarÃan al candidato y a sus acompaÃantes, estaban ya acomodadas para salir rÃpidamente del lugar. Se dirigià al vehÃculo que previamente le habÃa sido asignado y abrià la puerta trasera izquierda para ubicarse, como acostumbraba, atrÃs del chofer. Vio a Federico Arreola, que invariablemente se sentaba adelante, en el lugar del copiloto. Entonces oyà mucho ruido.
El periodista abrià desmesuradamente los ojos, sorprendido. Tere RÃos no entendÃa, pero presintià que algo muy malo estaba ocurriendo. No querÃa voltear para ver de quà se trataba el escÃndalo. El grito de CuauhtÃmoc SÃnchez, que acababa de subir a la camioneta, la volvià a la realidad.
–ÂLastimaron al jefe! âexclamÃ, aturdido, sin comprender todavÃa la magnitud de los acontecimientos.
La secretaria privada del candidato vio entonces que un grupo de personas atravesaba corriendo el endeble puente de madera, cargando la ensangrentada humanidad del sonorense. En ese momento llegà el doctor VÃctor GarcÃa Taxilaga con el maletÃn del doctor Guillermo CastoreÃa: se lo entregà y rÃpidamente se fue a auxiliar al herido.
Tiempo despuÃs, RÃos Rico entregarÃa su testimonio al escritor Juan Antonio Ruibal Corella para su libro Colosio:
–ÂCÃmo lo vio usted?
–VenÃa baÃado en sangre. Yo lo vi muerto.
El dolor del recuerdo resulta evidente:
âMi percepciÃn en ese momento fue que estaba muerto. Yo lo sentÃ, porque grità con un grito que le sale a uno del estÃmago; no sà de dÃnde, nunca me habÃa pasado y grità y me puse a llorarââ
SÃCAME DE AQUÃ
Cuando se retiraba del lugar, rodeado por los asistentes al mitin, Donaldo intuyà el peligro. âSÃcame rÃpido de aquà âle dijo al mayor GermÃn GonzÃlez Castillo, su hombre de confianza desde hacÃa varios aÃos.
Castillo era la Ãnica persona que Donaldo aceptaba que fuera delante de Ãl, para guiarlo. En Lomas Taurinas no era la excepciÃn. AtrÃs del candidato, el general GarcÃa Reyes. A los lados, el resto de los miembros de la escolta, integrada por el Coronel Federico Reynaldos Del Pozo, el mayor VÃctor Manuel Cantà Monterrubio y los tenientes Miguel Ãngel ZimbrÃn LÃpez, Roberto MerÃn Sandoval y MartÃn Salinas Reyes.
–De inmediato, seÃor ârespondià el mayor Castillo.
Donaldo ya no lo escuchÃ. En ese momento, una pistola fue accionada apenas unos cuantos milÃmetros arriba de su oreja derecha. La bala le atravesà la cabeza y salià por la sien izquierda, arrastrando con ella masa encefÃlica. TambiÃn recibià un balazo en su abdomen, que ingresà por la parte izquierda, con orificio de salida a la derecha.
El son de La Culebra se escuchaba estridente por las enormes bocinas colocadas en Lomas Taurinas, y apagaba los gritos de los pocos presentes en el mitin que se dieron cuenta del atentado.
En los dÃas siguientes, y gracias a las fotografÃas captadas por varios reporteros grÃficos âdestacadamente Robert Gauthier del diario The San Diego Union-Tribune–, se pudo saber con precisiÃn quiÃnes rodeaban al candidato al momento del disparo: Tranquilino SÃnchez Venegas, Vicente y Rodolfo Mayoral, del grupo TucÃn; OthÃn CortÃs VÃzquez, milusos del PRI tijuanense; Jorge Romero Romero, dirigente de una fracciÃn de la Central Campesina Independiente (CCI); Yolanda LÃzaro Garatachea, lÃder de colonos de Lomas Taurinas; Mario Alberto Carrillo Cuevas âquien despuÃs serÃa conocido como El Clavadista, porque al momento del disparo cayà a los pies de Colosioâ, HÃctor Javier HernÃndez Tomassiny y Fernando de la Sota RodallÃguez, integrantes todos del grupo Omega, que participaban en el equipo de seguridad del candidato, contratados por el gremio camionero del paÃs; y los elementos de la escolta de Colosio.
Entre todos ellos, un sujeto bajo de estatura, con un revÃlver en la mano, se pudo aproximar sin problemas a Colosio y dispararle, a quemarropa, en la cabeza.
En agosto de 1995, despuÃs de seis meses de trabajo, el investigador privado Humberto LÃpez MejÃa logrà descifrar los radiogramas del Estado Mayor Presidencial enviados a Los Pinos aquella trÃgica tarde del 23 de marzo de 1994 y durante la madrugada del dÃa siguiente, en los que se alude a una misiÃn cumplida. En su opiniÃn, se trata de âverdaderos partes de guerraâ que apuntan hacia un âcrimen de Estadoâ. A partir de indagaciones de la FiscalÃa Especial del caso Colosio âencabezada en 1995 por Pablo Chapa Bezanilla–, se llegà a la conclusiÃn de que los radiogramas son autÃnticos y que el sistema de comunicaciÃn en clave es usual entre los miembros del EMP.
El primero de ellos habrÃa sido enviado la tarde del 23 de marzo. Textualmente dice:
âEMP S-2 N 1 TIJUANA B.C. 23 DE MARZO DE 1994 1838 KG 325
ROBLE. INFORMANDO RUTINA CUMPLIDA EN BARRANCA.
AGUILA EN PICADA. MISION TACTICA EN DESARROLLO CONFORME A REGLA ESTABLECIDA, FASES POSTERIORES INALTERABLES.
ABASTECIMIENTO AGOTADO, ELEMENTOS DE SERVICIO SE DESPLAZAN A SUS BASES.
SUS INSTRUCCIONES EMERGENTES EN FRECUENCIA INVERTIDA POR LA PRESENCIA DE PATOS AZULES.
RESPETUOSAMENTE GRAL., BRIG DEM PINO
CINCO CUATRO INVIERNOâ
El segundo radiograma seÃala lo siguiente:
âEMP S-2 TIJ. 24 DE MARZO DE 1994 0148 KG 554 ROBLE
CONCLUIDA LA TALA DEL BOSQUE, TAN PRONTO SEA POSIBLE TRASLADO DE AGUILA A NIDO, ALERTA ROJA DEBIDO IMPREVISTOS, EXCESIVO OBSTACULO DE PM.
CONFIRMADA REUNION PARA ENTREGA DE TIMON EN TORRE A ESTAFETA CEDRO, ACELERAREMOS PROGRAMAS EMERGENTES PARA COMPROBAR ESTADO DE TIEMPO.
DETALLES DEL VUELO CASI CONCLUIDOS PARA CONTACTO A LUCES PRENDIDAS, LEVE RETRASO.
ALINEADO CIRCULO DE COMANDO ANTE ESPERADA INUNDACION PARA ENFRENTARLA Y DESVIARLA TANTO COMO SEA NECESARIO.
ALERONES EN ESTACIONAMIENTO A MODO PARA UNA PARTIDA INMEDIATA COMO SE ORDENO, EN CUANTO RECIBAMOS LA LISTA.
GRAL. BRIG. DEM PINOâ.
