Ramón Alfonso Sallard

Las cosas por su nombre

Hasta hace poco, Donald Trump era un tipo muy predecible. Pese a sus desmanes, amenazas e insultos, sus interlocutores sabían con alto grado de precisión las motivaciones, las estrategias y las tácticas que éste utilizaría para obtener ventaja de cualquier contacto, trato o acuerdo que se tuviera con él. Su metodología no era un secreto. Esbozó algunos aspectos en el famoso libro de 1989, que un escritor fantasma le redactó, en el que se autoerige como el gran negociador. Pero los que trataban con Trump sabían que era una imagen falsa. Les bastaba estudiar a Roy Cohn, su mentor en la vida, para anticipar lo que el sujeto haría y así nulificar sus artimañas.

El acelerado deterioro cognitivo de Trump en la actualidad, tema que abordé en una columna anterior, introduce un alto grado de incertidumbre a su toma de decisiones, pero lo que no ha modificado es lo que Roy Cohn le enseñó y que ha puesto en práctica a partir de 1973, cuando ocurrió el encuentro entre ambos. Desde entonces, el magnate neoyorquino ha implementado una y otra vez, en todos los aspectos de su vida, la metodología Cohn, cuyas reglas básicas se pueden resumir de la siguiente manera: 1) Nunca te rindas ni te entregues: ataca, ataca, ataca. 2) No admitas nada: niégalo todo. 3) Pase lo que pase, proclama siempre la victoria.

Para entender quién es Trump resulta imprescindible saber quién fue y qué hizo Roy Cohn, figura singularmente controvertida e influyente en la historia política estadounidense del siglo XX. La carrera de Cohn se caracterizó por un enfoque despiadado y amoral de la ley y de la política. El sujeto creó un manual de estrategias que no sólo fue fundamental en la era McCarthy, sino que también fue heredado y amplificado directamente por su protegido más famoso: Donald Trump.

Las lecciones de Roy Cohn han tenido profundas y duraderas consecuencias en la vida pública estadounidense. Su modus operandi no sólo fracturó la convivencia social en Estados Unidos durante la década de los 50 del siglo pasado, sino que esa fractura es hoy más patente con Donald Trump en la Presidencia, pues su maestro le enseñó a usar el litigio como arma, a manipular las narrativas mediáticas, reafirmó su visión transaccional de la lealtad y pulió sus ataques sostenidos al estado de derecho.

Los factores ambientales que moldearon la visión del mundo de Roy Cohn fueron el privilegio y el poder. Nació (en 1927) y se crio en la ciudad de Nueva York. Fue hijo único de un influyente juez y de una heredera bancaria, quienes le proporcionaron una visión temprana e íntima de la naturaleza transaccional del poder. Desde que era adolescente, sus padres lo llevaban constantemente a cenas con importantes figuras políticas neoyorquinas, donde se debatían temas políticos, económicos y legales. Este contexto es crucial, ya que le otorgó acceso a una red de figuras influyentes. Comprendió entonces que el verdadero poder operaba a través de relaciones personales y presión, al margen de los canales legales o institucionales.

Cohn se graduó de la Facultad de Derecho de Columbia a los 20 años. Al poco tiempo, utilizó las conexiones de su familia para obtener un puesto en la Oficina del Fiscal de los Estados Unidos para el Distrito Sur. Inició su nuevo empleo el mismo día que fue admitido en el colegio de abogados, demostrando una dependencia fundacional de las redes de contactos por encima de la meritocracia.

En 1951, a los 24 años, Roy Cohn fue el fiscal en el juicio por espionaje de Julius y Ethel Rosenberg. Este proceso lo catapultó a la fama nacional y sirvió como laboratorio para perfeccionar un manual de estrategias de crueldad legal y política. Su táctica central fue el interrogatorio directo del hermano de Ethel, David Greenglass, cuyo testimonio fue clave para la condena. Años más tarde, el testigo admitió haber cometido perjurio «para protegerse a sí mismo y a su esposa» y culpó directamente al joven fiscal.

Cohn no solamente manipuló testigos. Demostró un profundo desprecio por la ética judicial a través de comunicaciones ex parte (privadas y unilaterales) con el juez Irving R. Kaufman. Después se jactó de hablar con el juez a diario, presionando al «tímido mequetrefe” para que impusiera la pena de muerte. Este acto, además de violar los cánones fundamentales de la conducta legal, reveló con nitidez su creencia de que el poder judicial era simplemente otro instrumento de manipulación para lograr el resultado deseado.

Diversos historiadores que analizaron los documentos del juicio coincidieron en que, si bien Julius Rosenberg era culpable de espionaje, el proceso estuvo empañado por una grave «mala conducta” principalmente del fiscal, y que la pena de muerte había sido un castigo injusto. Sin embargo, para Cohn la única métrica del éxito era la victoria. El resultado —una condena de alto perfil y la ejecución de la pareja— lo convirtieron en una estrella a los ojos de figuras poderosas como el director del FBI, J. Edgar Hoover, y el senador Joseph McCarthy, quienes quedaron impresionados por su eficacia.

La lección que Cohn extrajo del caso Rosenberg es la misma que exhibe Trump en la actualidad: los fines –la victoria pública, el avance personal, la destrucción de los adversarios– justifican cualquier medio, como el perjurio y la manipulación judicial. En esta visión, la ley no es un conjunto de principios a defender, sino un arma que puede ser utilizada selectivamente.

Tras su éxito en el juicio de los Rosenberg, Cohn se convirtió en el consejero principal del Subcomité Permanente de Investigaciones del Senado de Joseph McCarthy, donde fue ampliamente considerado como el «verdadero cerebro”. En ese espacio, el abogado aplicó su manual de estrategias a escala nacional. Su agresión calculada –que incluía interrogatorios feroces y sarcásticos a los testigos—fue la táctica principal. Lo hizo, preferentemente, en «sesiones ejecutivas» a puerta cerrada para maximizar la intimidación y minimizar el escrutinio público. Complementó su actuación con la fabricación y/o la distorsión de pruebas.

Sus años con McCarthy (1953-1954) pueden definirse como una época en la que se instrumentalizó el miedo. La «Amenaza Lavanda» ejemplifica ese estado de cosas. Se conoció así a la cruzada que el abogado coordinó en contra de los empleados gubernamentales homosexuales y lesbianas. Esta campaña fue un ejercicio de profunda hipocresía, ya que Cohn era un homosexual en el armario, como se demostraría después.

La justificación oficial de la purga era que los homosexuales eran susceptibles al chantaje por parte de los servicios de inteligencia soviéticos y, por lo tanto, representaban un riesgo para la seguridad nacional. Esta lógica, impulsada por Cohn y McCarthy, condujo a la firma de la Orden Ejecutiva 10450 por parte del presidente Dwight Eisenhower, que prohibía a los homosexuales trabajar en el gobierno federal y resultó en el despido de miles de personas.

La caída de Cohn ocurrió cuando se encontraba en su punto más alto de influencia política. Las audiencias Army-McCarthy de 1954, televisadas a nivel nacional, expusieron sus métodos a una audiencia de millones. Sin embargo, lo que terminó de hundirlo fue una debilidad personal: quiso obtener un trato preferencial para su amigo y consultor del subcomité, G. David Schine, después de que este fuera reclutado por el ejército. Las amenazas de Cohn de «destruir el ejército» si no se cumplían sus demandas eran congruentes con su creencia de que la voluntad personal se imponía a las instituciones, pero resultaron excesivas para la sociedad conservadora y atemorizada de la época.

Durante las audiencias, las tácticas de Cohn fueron expuestas, incluyendo el uso de una fotografía manipulada de Schine con el Secretario del Ejército, Robert T. Stevens, y la presentación de un supuesto memorando de J. Edgar Hoover que resultó ser apócrifo. El momento culminante se produjo durante el enfrentamiento entre el abogado del ejército, Joseph N. Welch, y McCarthy. Después de que el senador acusara a un joven abogado del bufete de Welch de tener vínculos comunistas, este respondió con su famosa reprimenda: «Señor, ¿no tiene usted, al fin, ningún sentido de la decencia?». Esta pregunta fue poderosa no por su base legal, sino porque contrastaba una norma tradicional de conducta y honor con la agresión desnuda de McCarthy, constituyendo una condena moral que cambió la opinión pública.

Las audiencias llevaron a la censura de McCarthy y a la renuncia de Cohn. No obstante, el futuro de uno y otro fue muy distinto. Mientras que la carrera de McCarthy quedó en ruinas, Cohn demostró una notable resiliencia. No fue destruido, sino que «se recuperó de inmediato» porque aprendió la lección de una manera singular: entendió que no debía abandonar sus tácticas, sino adaptarlas, porque funcionaban. La televisión le enseñó que, si bien los medios podían ser un instrumento para construir poder, también podían ser un arma de destrucción pública si sus tácticas intimidatorias resultaban demasiado evidentes.

Cohn simplemente trasladó su manual de estrategias —atacar, intimidar, negar— a un nuevo y más lucrativo escenario: la práctica privada de la abogacía en Nueva York, un ámbito menos sujeto a la rendición de cuentas públicas y televisadas. Ahí conoció a Donald Trump, quien rápidamente se convirtió en su discípulo predilecto y en su más fiel seguidor. Mañana continuamos con esta historia.

Por Redaccion

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