(Tercera parte de varias)
Ramón Alfonso Sallard
Las cosas por su nombre
17/04/2026
La idea de Proceso como metáfora de Macondo llevaba décadas en mi inconsciente, pero no era posible materializarla porque el último tramo de la historia transcurría en tiempo real y la descendencia del patriarca periodístico aún no terminaba de destrozar su legado. Tal como ocurre en Cien años de Soledad, en Proceso los nombres se repiten, las conductas se invierten, y cada generación es la parodia involuntaria de la anterior.
Hoy que se cumplen 12 años de la muerte de Gabriel García Márquez creo haber encontrado, finalmente, la clave de Bóveda para descifrar los pergaminos de Melquíades y ubicar a Proceso en el universo circular de Macondo: Gabo no fue un observador externo de la publicación –un gitano que llegaba de vez en cuando con imanes y catalejos–, sino un editorialista regular de la revista durante varios años. En efecto, escribía desde adentro. Tenía su columna, su espacioy su tinta semanal en las mismas páginas donde los reporteros cumplían la encomienda fundacional de procesar al régimen mexicano.
Cuando García Márquez recibió de la Academia Sueca el Nobel de Literatura en octubre de 1982, era un colaboradoractivo y constante del semanario, y continuaría escribiendo en sus páginas, de manera habitual, durante dos años más.No entregaba sus texto de manera esporádico. Tampoco erauna firma de prestigio para adornar el índice. Entre 1980 y 1984, Gabo entregó para su publicación en Procesoalrededor de 200 colaboraciones. Fueron cuatro años de presencia ininterrumpida.
Melquíades, en la novela, no es un visitante ocasional de Macondo: tiene su cuarto en la casa Buendía, su laboratorio de daguerrotipia, sus frascos de alquimia y el escritorio donde redacta los pergaminos. Incluso muere en Macondo y su fantasma sigue presente en la misma habitación durante varias generaciones. Como Melquíades, Gabo tenía también su cuarto en la casa Buendía de Proceso: su columna era ese laboratorio donde cifraba en prosa el destino común de Latinoamérica, pero también el de ese Macondo periodístico que don Julio había fundado. El creador del mito habitaba la realidad fáctica que lo replicaba.
Mientras Gabo recibía el Nobel, Melquíades redactaba en Proceso su manuscrito sobre el destino de la revista y la casa Scherer. No sólo contenía la totalidad de la soledad latinoamericana sino que llevaba también, entre sus tintas, la tinta indeleble de Proceso. Con mayor atención se podía apreciar que los pergaminos en sánscrito incluían, en la esquina superior derecha, el logotipo del semanario. Y es que don Julio no sólo fundó su propio Macondo en un rincón de la capital mexicana: le dio también techo al gitano que lo inmortalizaría. José Arcadio Buendía hospedó a Melquíades sin saber que Melquíades estaba escribiendo su biografía y su epitafio al mismo tiempo.
Desde luego, antes de que yo empezara a trabajar como corresponsal en Proceso había ya leído casi todos los libros de Gabriel García Márquez que se habían publicado hasta entonces. La primera novela que me deslumbró fue justamente Cien Años de Soledad. Llegó a mis manos cuando cursaba la preparatoria. Recuerdo que estuve al menos dos días sin dormir, devorando las páginas de aquella primera edición –obtenida en una librería de viejo–, con la portada de Vicente Rojo, que años después regalé a mi sobrina Abigail. Mi devoción por la obra del escritor colombiano, que fue también mexicano por decisión, es incondicional. Nada puede empañar ese sentimiento. Eso incluye su último libro, que escandalizó a las buen las conciencias, y que algunos/as progres buenaonditainstrumentalizaron para cancelar a Gabo.
A García Márquez lo vi solamente tres veces en persona. La primera, durante una celebración de aniversario de La Jornada (creo que fue en el Salón México del entonces DF), en 88 u 89, que terminó al amanecer con la entonces incipiente banda La maldita vecindad, que cerró el evento después de una gran ronda del grupo Son de merengue. Gabo estuvo durante varias horas en la mesa principal, con la plana mayor del diario, encabezado por Carlos Payán Velver. Todo mundo quería ir a saludarlo, hasta que la situación se hizo insostenible. Entonces el director disolvió la larga cola. Yo no hice fila. Era evidente que algo así sucedería. Pero coincidí con el Nobel en los mingitorios. Lo único que se me ocurrió decir fue que no era apropiado saludarnos de mano. Una risa franca fue la respuesta.
Hubo una segunda ocasión, esta vez en Fresas 13, me parece, en un aniversario de Proceso. Pero de ese evento guardo recuerdos un poco difusos porque corrían ríos de licor en los que era imposible mantenerse a flote. Quizá fue la vez que Ignacio Ramírez paró en seco a Carlos Marín, cuando éste intentaba proteger a don Julio de sugerencias lascivas de una reportera externa ebria, que terminó en la banqueta de la calle, después de ser sacada a rastras por el celo excesivo del jefe de Producción, que se comportaba motu proprio como esbirro del director. En realidad no sé si así ocurrió todo, pero la verdad –como aseguró Gabo en su libro de memorias—no es necesariamente como las cosas sucedieron, sino como uno las recuerda.
La tercera vez fue un encuentro fortuito en la Terminal Dos del Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México. El Nobel iba acompañado por una persona –quizá uno de sus hijos o un asistente—, que lo conducía del brazo pausadamente. También se apoyaba en un bastón. Al instante recordé que acababa de salir una edición especial de Cien Años de Soledad en pasta dura. Fui a la librería, compré esa edición y luego busqué al autor en la sección de comida rápida, a donde se había dirigido, según observé previamente. Ahí estaba. A pesar de su fama, nadie de las mesas alrededor de él, parecía saber quién era. Lo abordé, agitado y tembloroso por la emoción. Le dije que había escrito en Proceso y que tenía una hija de nombre Amaranta. Le extendí el libro para que firmara una dedicatoria para Sandra, la madre, que también compartía conmigo la devoción por la obra del escritor.
Tomó mi pluma, garabateó algunas palabras en la dedicatoria y bromeó sobre su amor incondicional hacia don Julio. Ya mostraba algunos signos de demencia por Alzheimer. Por eso la conversación fue breve, por sugerencia discreta de su acompañante. Eso no impidió, sin embargo, que a Gabo se le fueran los ojos ostensiblemente cuando una belleza alta, de piel oscura y cuerpo escultural, pasó al lado de nosotros. Antes de volver de nuevo a la dedicatoria del libro me cerró un ojo, en gesto claro de complicidad, y su rostro entrañable dibujó una sonrisa pícara.
Me enteré del fallecimiento de García Márquez por una estación de radio, cuando cargaba gasolina en Mazatlán, en medio de un nuevo éxodo personal, en compañía de Beatriz, estudiosa y también devota de la obra del colombiano. La noticia nos sacudió a ambos, como si de un familiar cercano se tratara. Después de todo, el autor y sus personajes habían estado presentes en largos trechos de nuestras vidas, que también exhibían características propias del realismo mágico: nos trasladábamos con el menaje a cuestas, de Hermosillo a los bosques de Morelos, con la pretensión de fundar una nueva casa. Aunque el experimento concluiría anticipadamente, eso ocurriría algún tiempo después. En ese momento, cuando supimos de la muerte de Gabo, estábamos muy lejos de imaginar que repetiríamos, con algunas variantes, los mismos errores de nuestros ancestros, tal como ocurre en el mundo circular de los Buendía. Los pergaminos de Melquíades ya lo habían anticipado: la soledad era un destino genético e irreversible.

El encuentro de José Arcadio Scherer y Melquíades García
Julio Scherer García conoció a Gabriel García Márquez en 1979, tres años después de la fundación de Proceso. El semanario y la Editorial Nueva Imagen habían convocado a un concurso que llevaba por nombre “El Militarismo en América Latina”. El escritor colombiano fue uno de los jurados. Era ya famoso, pero todavía se encontraba lejos del Nobel de Literatura. Durante aquella aventura en común, la relación entre ambos se solidificó, a tal punto que el novelista designó a Scherer su doceavo hermano. Lo escribió en un libro, de su puño y letra, una tarde apacible en la que ambos se reunieron en la casa de Fuego, en San Ángel, donde vivía Gabo.
Muchos años después, cuando el autor de Crónica de una muerte anunciada –quizás su obra más perfecta pero menos valorada– convocó al primer premio de su Fundación Nuevo Periodismo, aquella hermandad quedó públicamente ratificada. En palabras y con la emoción de ambos a flor de piel, García Márquez le entregó a Scherer el galardón y después le dio un beso. El periodista se sintió como el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento. Pero ya en la noche, en la cena de unos cuantos, Gabo le aclaró a don Julio que aquella había sido la primera vez, y la última, en la él que besaría a un varón.
En 1981, antes de que fuera galardonado con el Nobel de Literatura, García Márquez estuvo en serio peligro de ejecución extrajudicial, desaparición forzada o encarcelamiento en su natal Colombia. El gobierno criminal de su país, presionado por sectores ultraconservadores, acusaba al escritor de tener vínculos orgánicos con el movimiento guerrillero M-19, al cual perteneció el actual presidente de Colombia, Gustavo Petro. El peligro obligó a Gabo a solicitar asilo en la embajada de México en Bogotá y a refugiarse temporalmente en el país. En su artículo «Regreso a México», publicado en Proceso en enero de 1983, el autor de El otoño del patriarca expresó, desde la emoción y la literatura, su gratitud hacia el país que lo había acogido.
Aunque la mayoría de sus textos publicados entre 1980 y 1984 en la revista se difundían simultáneamente en El Espectador de Bogotá y El País de Madrid, la caja de resonancia natural era Proceso, pues Gabo vivía en México y en este país había escrito también su obra cumbre: Cien años de soledad. Durante ese lapso, el Nobel de Literatura asumió un periodismo militante de manera semanal, impulsado por su convicción de que el escritor no podía permanecer ajeno a los procesos de globalización ni a losconflictos de su tiempo.
Gran parte de lo que García Márquez publicó en Proceso fue posteriormente editado en los tomos de su Obra Periodísticapor editoriales como Mondadori o Diana. Si bien estas recopilaciones son valiosas, a menudo omiten el contexto original de publicación: las imágenes que acompañaban a los textos, los pies de foto redactados por el equipo de Proceso, y la disposición de los artículos junto a otras noticias del día. Esta descontextualización diluye la naturaleza dialógica del texto con su entorno periodístico inmediato
El archivo de Gabriel García Márquez en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, a su vez, contiene miles de páginas digitalizadas, incluyendo borradores y recortes de prensa. No obstante, la relación específica con Procesorequiere un cotejo minucioso entre los borradores del autor y la versión que finalmente se imprimió en la revista. No una, sino muchas veces, los títulos originales de Gabo fueronmodificados por la redacción de Proceso para ajustarse al estilo de la publicación. No es un dato menor. Era tal la confianza del Nobel con su doceavo hermano que ¡hasta le permitía modificar los títulos de sus colaboraciones!
La honradez intelectual y la ética de Julio Scherer García se puede medir, justamente, cuando murió el gitano de Aracatace. El patriarca decretó en su Macondo periodístico: “Tiempo de llorar”. Y recordó el dilema interno que lo había consumido:
“La última vez que estuve con el escritor fui testigo de su deterioro. Su cabeza ya no era la máquina perfecta que había revolucionado la literatura. Dudé hasta el insomnio si debía dar cuenta o no de lo que había visto y escuchado. Pensé que podría provocar algún disgusto en doña Mercedes […]
“Me pregunté si debía o no dar cuenta del episodio que había vivido con el Nobel. Dudé muchas veces en un ir y venir de la conciencia. Pensé en la posibilidad de lastimar a personas a las que mucho quiero, pero también consideré que el periodismo tiene principios a los que es preciso encarar y que, llevado a sus últimas consecuencias, siempre causa dolor y sufrimiento”.
Hoy el fantasma de Gabo deambula por la redacción de Fresas 13, pero los descendientes de su doceavo hermano son incapaces de escuchar sus lamentos.
En Cien años de soledad, la decadencia de los Buendía sigue un patrón: cada generación repite los nombres y los vicios del fundador, pero sin su grandeza. Los últimos Aurelianos y José Arcadios son versiones degradadas del original: conservan la obsesión, pero pierden la épica; conservan el apellido, pero pierden el alma.
Julio Scherer Ibarra, Julito, sería el Aureliano Babilonia de esta genealogía. Lleva el nombre del patriarca —como los Buendía repiten obsesivamente sus dos nombres—, perocarece de la sustancia de aquel. Las graves acusaciones de corrupción y extorsión que pesan sobre el hijo son la inversión exacta de todo lo que el padre representó: donde don Julio procesaba al régimen corrupto, el hijo es acusado de ser la corrupción; donde don Julio ejercía periodismo sin concesiones, el hijo concesiona la revista. La palabra «concesión» funciona aquí como bisagra trágica entre el eslogan fundacional y su negación.
La simetría más venenosa alude al ex presidente José López Portillo. Proceso acuñó y popularizó aquella frase demoledora —»el orgullo de mi nepotismo»— para describir cómo JLP entregó posiciones de poder a su primogénito José Ramón, paradigma del hijo que degrada el apellido del padre.
Que a don Julio le haya ocurrido exactamente lo mismo —que su vástago homónimo haya convertido la herencia periodística en lo opuesto de su propósito— es la clase de ironía que García Márquez habría subrayado tres veces en el manuscrito de Melquíades. El patriarca que toda su vida denunció el nepotismo del régimen no pudo evitar que su propia sucesión dinástica replicara el patrón. Como los Buendía, los Scherer no escapan de la repetición: están condenados a ella.

