Hace casi diez años, la posibilidad de que Donald Trump se convirtiera en presidente de Estados Unidos parecía un chiste. Un mal chiste. Sin embargo, los datos duros siempre estuvieron ahí para quien quisiera verlos. Ganó en 2016, al igual que en 2024, porque el sujeto comprendió el momento y exacerbó el miedo de ese segmento de la población de su país desencantado con el “sueño americano” de prosperidad y riqueza, que había dado lugar, a su vez, a la adopción de una confusa y enmarañada “teoría de la sustitución”, construida y difundida por afamados politólogos como el profesor de Harvard, Samuel P. Huntington (1927-2008).
La presunta conspiración de las clases sociales subordinadas encontró sustento en el imaginario de esa colectividad de blancos no hispanos cuando una persona de piel negra, Barack Obama, obtuvo la Presidencia de la República en 2008. ¿Un afrodescendiente como la persona más poderosa del mundo? Inconcebible para el supremacismo blanco. El sesgo de confirmación negaba esta posibilidad.
Según algunos estudios académicos, los ochos años del gobierno “progresista” de Obama habrían sido el germen del trumpismo y su agenda neofascista. Esta lectura apela a la tercera ley de Newton, que bien podría resumirse de la siguiente manera: a toda acción que actúa sobre un cuerpo se opone una reacción de igual intensidad y fuerza. Pero no nos equivoquemos. El supremacismo blanco es un elemento fundacional del Estado gringo. Las trece colonias, primero, y después la República, se fundaron sobre el genocidio de los pueblos originarios, el esclavismo y el despojo territorial a países vecinos.
En otras palabras, las libertades y derechos individuales nunca fueron ni han sido para todos. Los padres fundadores –entre los que había varios esclavistas— redactaron la Declaración de Derechos, la Constitución federal y las subsecuentes enmiendas, excluyendo a varios segmentos poblacionales de origen étnico distinto al núcleo mayoritario de inmigrantes blancos, europeos y protestante.
El germen del fascismo está en el origen de los Estados Unidos, aunque entonces todavía no se inventaba el concepto. El trumpismo solamente es consecuencia de esa contradicción fundacional del Estado gringo. El fascismo no nació con Mussolini ni con Hitler, pero fueron ellos –y otros personajes menores como Francisco Franco—los que aportaron teoría, metodología y praxis.
¿El conspiracionismo de Huntington –profesor de Carlos Salinas, por cierto—agudizó las contradicciones? Es posible. En 1996 había ya publicado un famoso libro –El choque de civilizaciones—que esbozaba el tema, pero fue en 2004 cuando publicó: “¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense”, donde abordó los cambios demográficos en ese país. Su argumento central fue que la inmigración masiva (especialmente hispana) y las altas tasas de natalidad entre minorías llevarían a que los blancos perdieran su mayoría hacia el año 2050. Esto amenazaría la “identidad cultural estadounidense”, basada en valores anglo-protestantes.
Lo cierto es que Huntington dio legitimidad académica a este mito, usado luego por supremacistas blancos. Anticipó, sin nombrarla como tal, la teoría conspirativa de extrema derecha conocida como el “Gran Reemplazo”, desarrollada por el francés Renaud Camus en 2011. Su argumento principal era que las élites globalistas reemplazan poblaciones blancas con inmigrantes no blancos “para debilitar las culturas occidentales”.
A partir de 2016, el trumpismo instrumentalizó este marco, transformándolo en programa político. El presunto reemplazo étnico produjo un discurso antiinmigrante violento y falaz, lo cual exacerbó las ansiedades nativistas, facilitó el discurso mainstream y regeneró diversos movimientos neofascistas en EU, Europa y Sudamérica. Hoy estamos viviendo las consecuencias.
En 2016 lamenté en mis redes sociales que los gringos habían votado por Calígula y Nerón en un solo Trump. En realidad, me quedé muy, pero muy corto. En su primera presidencia, algunos observadores lo consideraban una mezcla de Billy The Kid y Jack Sparrow. Es decir, una mezcla de pistolero del viejo oeste y pirata del caribe en alguna producción de Hollywood. Pero esa simplificación se hizo añicos durante el segundo mandato del oligarca, que en realidad es un criminal convicto condenado por 34 delitos sexuales graves.
Quizá la definición más certera pertenece al pederasta Jeffrey Epstein, su amigo más cercano durante 10 años. Según correos electrónicos y documentos revelados recientemente (noviembre 2025 – febrero 2026) por demócratas de la Cámara de Representantes de EU y archivos del Departamento de Justicia, Epstein escribió que Donald Trump era “la peor persona que había conocido”, un tipo «malo más allá de la creencia». Dijo, incluso, que no había «ni una sola célula decente en su cuerpo».
Este delincuente, que despacha en la Casa Blanca, ha transformado al narcoestado gringo –un Estado criminal en su acepción clásica– en un auténtico Estado terrorista, que tiene en vilo al mundo entero. Tiempos de guerra. Tiempos de canallas.
