RamÃn Alfonso Sallard
Para que el resultado sea cierto es necesario que la premisa mayor y la premisa menor sean igualmente verdaderas. El silogismo, formulado por AristÃteles, es una forma de razonamiento deductivo fundamental de la lÃgica clÃsica. Sin embargo, algunos polÃticos y opinÃlogos mexicanos, adscritos al antiguo rÃgimen, prescinden con frecuencia del razonamiento lÃgico y recurren a las falacias en temas nodales del debate pÃblico. Un ejemplo claro de ello es la reforma polÃtica-electoral en curso.
Desde luego, existen actores interesados en confundir y manipular, pero otros simplemente exhiben un problema estructural de alcance universal, que empezà a ser patente durante la segunda mitad del siglo XX, y que en la actualidad se ha profundizado con las nuevas TecnologÃas de la InformaciÃn y la ComunicaciÃn (TIC): la deficiente formaciÃn de pensamiento abstracto.
Esa formaciÃn, emanada principalmente de la cultura escrita, se ha transformado por completo en la era digital. El ver, escuchar o leer sin entender, como sucede con mÃs frecuencia en la actualidad, produce mundos y anÃlisis planos. Por ello, resulta inexplicable para muchas personas que la presidenta de la RepÃblica haya llamado, primero, a la formulaciÃn de una iniciativa profunda de reforma polÃtica-electoral de carÃcter constitucional, emanada de diversos foros pÃblicos, y que despuÃs la enviara a la CÃmara de Diputados sin tener seguros los votos para su aprobaciÃn.
Resulta mÃs inexplicable aÃn, para estos mismos analistas de mundos planos, que despuÃs del previsible rechazo del Plan A, Claudia Sheinbaum haya insistido en enviar a la CÃmara de Senadores una nueva iniciativa de reforma constitucional que aborda otros aspectos del mismo planteamiento original, a pesar de que tampoco està garantizada su aprobaciÃn. Por eso hablan ya, de manera anticipada, de un hipotÃtico Plan C que modificarÃa diversas leyes, pero no la ConstituciÃn.
Independientemente del contenido concreto de estas iniciativas, es importante analizar el proceso cognitivo detrÃs de las iniciativas presidenciales. Partamos de algunas consideraciones: 1) las propuestas son compromisos de campaÃa; 2) cuentan con un respaldo abrumadoramente mayoritario de la poblaciÃn; 3) la aprobaciÃn o rechazo de las reformas constitucionales depende de los partidos aliados; 4) la presiÃn de la opiniÃn pÃblica es para los partidos Verde y del Trabajo; 5) para las futuras e hipotÃticas reformas legales es suficiente el voto de Morena.
Para quienes dudan de la eficacia presidencial, es necesario recordar que la LÃgica, como ciencia formal y rama de la filosofÃa a la vez, estudia conceptos, juicios o razonamientos vÃlidos, distanciÃndolos de las falacias. Tiene un carÃcter formal o abstracto, universal y sin contradicciones. Se basa en la demostraciÃn, la inferencia vÃlida y en principios bÃsicos como los de identidad, de no contradicciÃn, de tercero excluido y de razÃn suficiente. En resumen, analiza la estructura del pensamiento antes que su contenido especÃfico. Y es que un razonamiento lÃgico produce anÃlisis crÃticos, facilita la toma de decisiones y prevà los resultados.
Ciertamente, existen diversos tipos de lÃgicas. La informal, por ejemplo, estudia la retÃrica y la persuasiÃn e identifica las falacias; es decir, analiza los argumentos que se utilizan en el lenguaje cotidiano. A su vez, la lÃgica matemÃtica aborda diversas Ãreas como las teorÃas de conjuntos, de modelos, de la recursiÃn y de la demostraciÃn.
Pero es la LÃgica Modal, que opera sobre valores de verdad, la que quizà clarifique mejor las decisiones presidenciales. Se trata de un sistema formal no clÃsico que extiende la lÃgica proposicional a fin de analizar razonamientos de necesidad, posibilidad y contingencia. Para ello se utilizan operadores como «es necesario que» y «es posible que». En la dimensiÃn de los mundos posibles, una proposiciÃn es necesaria si es verdadera y accesible.
No hay que olvidar que la formaciÃn cientÃfica y la praxis acadÃmica de la presidenta abrevà del rigor matemÃtico de la fÃsica, elementos siempre presentes en su metodologÃa de trabajo. Tomando en consideraciÃn su perfil, tengo la impresiÃn de que Sheinbaum recurrià a un teorema de toma de decisiones, fundamental en TeorÃa de Juegos: el equilibrio de Nash, conocido asà por el nombre de su inventor, John Nash, matemÃtico estadounidense galardonado en 1994 con el Nobel de EconomÃa, precisamente por esa aportaciÃn cientÃfica.
En el equilibrio de Nash, lo que se pretende es determinar, desde una lÃgica matemÃtica, las acciones que deben realizar los participantes del juego para obtener los mejores resultados posibles. En ese marco, la estrategia de cada jugador resulta Ãptima si se toman en cuenta las decisiones de los demÃs. Para que un jugador logre lo que desea es necesario no desviarse de su estrategia inicial. Es decir, si nadie cambia su estrategia, se demuestra que existe el equilibrio de Nash.
Frecuentemente, el equilibrio de Nash se confunde con otro desarrollo conceptual de TeorÃa de Juegos: la estrategia dominante. La principal diferencia entre ambas es que una estrategia dominante es la mejor opciÃn para un jugador, independientemente de lo que hagan los demÃs. Ostenta un carÃcter incondicional. En el equilibrio de Nash, mientras tanto, todos los jugadores mantienen sus estrategias, a pesar de conocer las estrategias de los oponentes. El equilibrio es, en realidad, un conjunto de estrategias donde ningÃn jugador tiene incentivos para cambiar unilateralmente sus posiciones, ya que los demÃs participantes tampoco las modifican. En este caso se trata de una estrategia condicional a las acciones del oponente.
Desde luego, todos los modelos de teorÃa de juegos funcionan solamente si los involucrados actÃan de manera racional. En efecto, los agentes racionales esperan resultados especÃficos, incorporan a sus decisiones la incertidumbre y son realistas en sus expectativas u opciones. En otras palabras, intentan elegir el mejor resultado posible.
Pronto se sabrà si prevalece una estrategia dominante o si se logrà el equilibrio de Nash. Pero los jugadores sabrÃn hasta 2027, con datos duros, si sus estrategias fueron las Ãptimas. Ese dilema habrà de dirimirse en las urnas.
