RamÃn Alfonso Sallard
La famosa y multicitada sentencia de Karl Marx, publicada en el primer pÃrrafo de su libro El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, parece cumplirse a la letra con los regÃmenes genocidas de Adolfo Hitler y Donald Trump: âHegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijÃramos, dos veces. Pero se olvidà de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsaâ.
De no ser por las consecuencias trÃgicas de sus decisiones, Trump serÃa, en efecto, un personaje fÃrsico en comparaciÃn con Hitler. PsicÃpatas y narcisistas ambos, racistas y xenÃfobos, paranoicos y mesiÃnicos, deterministas y abstemiosây un largo etcÃtera de similitudes. Sin embargo, Trump es un individuo inculto y cerril, a diferencia de su homÃlogo alemÃn. Trump no teme al ridÃculo porque la ignorancia es temeraria, pero hace berrinches de antologÃa, como niÃo de ocho aÃos, si se le exhibe. El otro, el fÃhrer original, tambiÃn tenÃa episodios de furia incontrolable, pero cuidaba mÃs su imagen porque tenÃa mayor conocimiento de la historia.
La gran diferencia de fondo entre ambos personajes es que Hitler no logrà desarrollar la bomba atÃmica, aunque lo intentÃ. Trump, en cambio, posee los cÃdigos para utilizar el enorme arsenal nuclear de su paÃs. Es decir, la tragedia no sÃlo puede ser mayor, sino de naturaleza existencial para el mundo entero.
Si Hitler hubiese tenido en sus manos la bomba atÃmica, sin duda la habrÃa utilizado. Buena parte de la poblaciÃn mundial habrÃa sido eliminada por el supremacismo blanco. Quizà hoy las naciones sobrevivientes estarÃan bajo el yugo de la bota nazi. Peor aÃn: quizà no quedarÃa ya naciÃn alguna ni humano vivo sobre la tierra. Pero el Tercer Reich fue derrotado finalmente por el EjÃrcito Rojo de la URSS, que ingresà a BerlÃn el 16 de abril de 1945 y capturà la ciudad el 2 de mayo de ese mismo aÃo, colocando en el Reichstag la bandera roja de la hoz y el martillo.
Ante la victoria soviÃtica, quien decidià utilizar la bomba atÃmica fue Estados Unidos. La habÃa desarrollado para vencer a la Alemania nazi, pero la utilizà en contra otro de los paÃses del Eje, que se encontraba militarmente derrotado y que solamente faltaba que firmara el acta de rendiciÃn. No obstante esta realidad fÃctica, Harry S. Truman perpetrà un genocidio contra la poblaciÃn japonesa de Hiroshima (06/08/1945) y Nagasaki (09/08/1945), utilizando la bomba nuclear como instrumento para constituirse en el nuevo imperio mundial dominante.
Estados Unidos decidià traicionar el espÃritu de la Conferencia de San Francisco ârealizada por delegados de 50 naciones del 25 de abril al 26 de junio de 1945– y la Carta de las Naciones Unidas, apenas diez y trece dÃas despuÃs de firmado el documento fundacional de la ONU, en cuyo PreÃmbulo se establecià la âfe en los derechos fundamentales del hombreâ, con lo cual inicià la codificaciÃn contemporÃnea del Derecho Internacional de los Derechos Humanos.
La traiciÃn estadounidense, al hacer uso de su reciÃn inaugurado poder nuclear contra la poblaciÃn civil japonesa, no fue un acto irracional o espontÃneo. DetrÃs de esta decisiÃn hubo una lÃgica brutal e inhumana, pero racional al fin. El entonces presidente norteamericano analizà argumentos polÃticos, econÃmicos y estratÃgicos antes de autorizar la operaciÃn. En TeorÃa de Juegos âideada por Von Neuman e impulsada por el PentÃgono con fines bÃlicos–, la traiciÃn deliberada de Truman al espÃritu de la Carta de las Naciones Unidas brindaba a ese a paÃs una ventaja insuperable frente a los enemigos, pero tambiÃn ante los aliados. Dicho de manera cruda, el genocidio perpetrado contra el pueblo japonÃs maximizà las ganancias de Estados Unidos. Se tiraron las bombas con fines hegemÃnicos y el resultado fue exitoso.
La lÃgica utilizada por Harry S. Truman para bombardear JapÃn con armas nucleares no era distinta a la lÃgica de Hitler para invadir y anexar paÃses y bombardear poblaciones civiles. La principal diferencia entre uno y otro fue el desarrollo, la tenencia y el uso del arma nuclear. AdemÃs, claro, de la psicopatÃa y el narcisismo del alemÃn, documentados desde un enfoque retrospectivo en diversos y amplios trabajos acadÃmicos, mientras que en el caso del estadounidense no existe ningÃn estudio acadÃmico serio que lo haya diagnosticado con psicopatÃa o narcisismo (lo que sà ocurre con Donald Trump).
En efecto, sobre los horrores de la Alemania nazi y sobre la traiciÃn estadounidense se edificà el nuevo entramado institucional de alcance global. AsÃ, el 24 de octubre de 1945 se fundà oficialmente la OrganizaciÃn de las Naciones Unidas en San Francisco, California, con el propÃsito de sustituir a la Sociedad de Naciones –creada en 1919, despuÃs de la Primera Guerra Mundial– porque esta instituciÃn habÃa fallado en evitar la Segunda Guerra Mundial. La ONU, entonces, nacià con el objeto de prevenir futuros conflictos, mantener la paz y la seguridad mundial y fomentar los derechos humanos.
El problema es que hoy la ONU es un cero a la izquierda. Perdià toda relevancia. El orden mundial basado en reglas se encuentra totalmente colapsado porque Trump no respeta regla ni pacto alguno. No importa lo que se acuerde con Ãl, pues si el incumplimiento genera mayores utilidades inmediatas, simplemente optarà por el rompimiento o la traiciÃn. Las dos rondas de negociaciones que los gobiernos de EU e IrÃn realizaron en 2025 y 2026, lo confirman: a punto de llegar a acuerdos, Trump optà por atacar a traiciÃn en ambas ocasiones.
A diferencia de la traiciÃn estadounidense de 1945, aquella fue una decisiÃn brutal e inhumana pero racional. En cambio, la agresiÃn de EU e Israel a IrÃn carece de sentido estratÃgico. Es absolutamente contraproducente a los objetivos planteados. Trump actuÃ, como Ãl mismo lo ha confesado, por intuiciÃn, inducciÃn, diversiÃn, capricho, venganza o placer. Justamente por eso no midià las consecuencias de agredir a IrÃn, pese a mÃltiples advertencias, incluso de parte de su equipo. Hoy no encuentra cÃmo salir del problema en el que Ãl mismo se metiÃ. Antes de aceptar la derrota prefiere utilizar armas nucleares.
Esto ya no parece una farsa, sino una nueva tragedia. Y es que, contra los imbÃciles, no hay defensa.
