(Segunda de varias partes)
Ramón Alfonso Sallard
Las cosas por su nombre
16/04/2026
Llegué a Proceso por primera vez en 1990 –en pleno auge de la revista–, como consecuencia de mi propio éxodo: había abandonado la corresponsalía de La Jornada en Sonora, molesto con la burocracia de la mesa de redacción del diario, que había sido incapaz de darle salida a tiempo a un reportaje sobre el regalo de la Compañía Minera de Cananea que Carlos Salinas pretendía hacer al depredador Jorge Larrea, padre del actual propietario, que es mil veces peor que su ascendiente. Había yo cubierto para La Jornada la quiebra de la mina, la toma de las instalaciones por parte del Ejercito (18 de agosto de 1989), la huelga de los trabajadores, la resistencia activa de la población, la solidaridad gremial y política, y la reapertura de la empresa casi tres meses después…pero esa labor había perdido continuidad por razones estrictamente burocráticas.
En Proceso tuvieron acogida aquellos textos guardados en un cajón de escritorio de Balderas 68. Mi firma apareció por primera vez en la revista al publicarse un reportaje sobre Cananea, de autoría compartida con Carlos Acosta, fallecido hace pocos años. ¿O acaso fue con Guillermo Correa? Cito de memoria porque no tengo a la mano la revista ni los archivos digitales, que ya no están disponibles en el portal de ese medio.

Reunión del director de Proceso, Julio Scherer García, con los corresponsales de la revista tanto en México como en el extranjero. Desconozco fecha (pudo haber sido en 91 o 92) y autor (¿Juan Miranda?). Ricardo Ravelo compartió la imagen conmigo hace unos meses.
A diferencia de casi todos mis pares, yo no buscaba acercarme a don Julio ni, mucho menos, ser parte de su Corte. Además, con Marín como esbirro, lo más recomendable era guardar una prudente distancia. Compartía como todos, eso sí, una profunda admiración y respeto por el fundador de Proceso, pero tenía claro que si me acercaba demasiado su fuego me calcinaría. Cada uno de mis compañeros y compañeras tenía su propia versión del patriarca. Para mí, sin duda, era El Quijote encarnado. Una mezcla de John Reed, Ricardo Flores Magón y el Che Guevara en una sola persona
A mi juicio, Scherer había heredado de Reed la convicción de que el periodista no observa la revolución sino que la habita. Él no «cubría» el poder: lo confrontaba cuerpo a cuerpo, como Reed en las trincheras de Villa o en la toma del poder en Rusia por parte de los bolcheviques. De Flores Magón, don Julio había heredado la dimensión ética del periodismo como instrumento de liberación. Según mi óptica, Regeneración era el abuelo directo de Proceso, pues en el régimen de partido de Estado que me tocó vivir, la publicación que él dirigía era un semanario-causa, una revista-arma que denunciaba en cada edición la corrupción, el autoritarismo y el silencio de los demás medios de comunicación. Y del Ché, creía yo, el periodista adoptaba esa mezcla de disciplina implacable y romanticismo incendiario, que caracterizaron al revolucionario cubano-argentino asesinado en Bolivia. Al igual que el Che, poseía esa capacidad de exigirles a los demás lo mismo que se exigía a sí mismo.
Como máximo comandante de ese grupo guerrillero de la pluma –en la mejor tradición del “foquismo” revolucionario guevarista–, don Julio entendía que no podía denunciar y exhibir siempre, de manera frontal, a todos los poderes constituidos y fácticos al mismo tiempo, pues la revista y sus integrantes corrían el riesgo permanente de agresión y destrucción. Encabezaba una guerra asimétrica y debía cuidar a oficiales y tropas de la mejor manera. Pero el director de Proceso sabía escoger sus batallas y los tiempos precisos para entrar en acción. Por ejemplo, en la redacción se celebraba la astucia de don Julio para publicar uno de los reportajes emblemáticos de la revista –recordado como “la colina del perro”—cuando el poder presidencial era todavía absoluto y letal.
Aquel texto, que denunciaba el enriquecimiento inexplicable de López Portillo, acompañado por imágenes inobjetables de su ostentosa residencia de retiro ubicada en una colina de Cuajimalpa, estuvo guardado varios meses en el escritorio de don Julio, según testimonio del reportero que lo escribió. Él solía revivir en esa época los detalles y dificultades de su elaboración cada vez que se excedía en el consumo de ron, lo cual sucedía con frecuencia. Era más interesante la historia detrás del reportaje que el texto mismo. La contaba como si hubiera sido extraída de algún libro de cuentos de García Márquez.
Según su relato, una vez que el sucesor de López Portillo fue designado, y parte de sus poderes metaconstitucionales le fueron transferidos a Miguel de la Madrid, el director de Proceso optó por publicar el material, con aviso en portada, junto con otros reportajes que documentaban los injustificables bienes inmobiliarios de Carlos Hank y Arturo Durazo, dos de los colaboradores más estrechos de su primo. De esa manera detonó la bomba: cuando el denunciado seguía en Los Pinos, pero con un poder disminuido e insuficiente para destruir la revista.
Este tipo de decisiones estratégicas revelaban la astucia de don Julio. Definirlo como un reportero de tiempo completo, aunque los textos no llevaran su firma, lo describe “de cuerpo entero”, su frase favorita, que muchos periodistas, analistas y académicos le han plagiado sin reconocer a quien la acuñó. Cada una de esas historias, que circulaban dentro y fuera de la revista, incrementaban la devoción de su equipo hacia el patriarca. La leyenda de don Julio crecía y se expandía. Alguna vez Carlos Fuentes había dicho que Scherer era “el Zarco del siglo XX” y no le faltaba razón. Su fama y prestigio rebasaban las fronteras nacionales. Por ejemplo Fidel Castro, a quien entrevistó varias veces, lo tenía en alta estima.
En mi caso, durante los primeros tres años que estuve en Proceso mandaba cada semana al menos un reportaje con temas regionales que pudieran ser de interés nacional. A veces se publicaban completos, otras apenas una parte, en ocasiones se utilizaban solamente párrafos para fortalecer otros textos de autoría colectiva. Pocos materiales o parte de ellos se quedaban sin publicar, la misma semana del envío o en fecha posterior.
Como los temas de narcotráfico eran altamente apreciados por la mesa de redacción, e incluso ganaban portadas, encontré una gran veta informativa en las áreas de seguridad. Por ejemplo, el vocero del Grupo Especial Leyenda, que investigaba la muerte del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar, a manos de narcotraficantes, era un ex militar y ex policía mexicano que había nacido en Cananea y cuya madre, que entonces rondaba los 90 años, conocía a parte de mi familia. Ese antecedente sirvió para que el personaje en cuestión, ahora al servicio de Estados Unidos, optara por hablar conmigo a Sonora, en lugar de hacerlo con el entonces corresponsal en Washington que, molesto, reclamaba la intromisión en su espacio de cobertura.
Desde luego, ese tipo de situaciones generaba fricciones internas. Pero una buena nota, como es sabido en el medio, termina por imponerse a las grillas reporteriles. La fuente citada produjo al menos tres textos bajo mi firma –una entrevista y dos reportajes– que fueron portada de la revista en lo más álgido del conflicto entre Estados Unidos y México por temas de narcotráfico: 1) el secuestro del médico Humberto Álvarez Macháin, presuntamente involucrado en la tortura y asesinato de Camarena, relatado paso a paso por el agente de la DEA que realizó el plagio; 2) la acusación de esa misma agencia contra tres altos ex funcionarios mexicanos de los sexenios de Salinas y De La Madrid, por sus presuntos nexos con el narco (general Juan Arévalo Gardoqui, Enrique Álvarez del Castillo y Manuel Bartlett Díaz); y 3) el acceso al expediente criminal del ex líder de los banqueros mexicanos, Arcadio Valenzuela, integrado en Estados Unidos por lavado de dinero. Claro, había que verificar siempre, con varias y distintas fuentes, la veracidad de los dichos de cualquier agente gringo, pues entre datos o hechos ciertos, siempre trataban de colar información sesgada o falsa para manipular narrativas y presionar al gobierno mexicano.
Scherer era la inspiración, el guía, el escudo y también el dique de todos nosotros. En alguna ocasión me llevó de los hombros a su oficina para regañarme por la temeridad de algún texto bajo mi firma, publicado originalmente en un semanario sonorense, que casualmente había llegado a sus manos. Estaba presente el entonces jefe de redacción, Rafael Rodríguez Castañeda. “Ten cuidado con este muchacho porque si sigue escribiendo así, lo van a matar”, le recomendó a Rafael, antes de instarnos amablemente a ambos a salir de su despacho. Fue ese un regaño cariñoso pero incontrovertible. En efecto, el director estaba en todo, aunque no lo notáramos. El sub director Vicente Leñero —el más lúcido testigo interno de la fundación, crecimiento y auge de Proceso— definió alguna vez a Scherer como alguien cuya honradez no derivaba de una moral abstracta, sino de un principio profesional que siempre encontraba aplicación práctica.
En ese tiempo de auge, aparecer en el directorio de Proceso era motivo de orgullo y prestigio. Ser reportero, corresponsal, articulista o colaborador externo no era un simple trabajo porque la revista tampoco era una simple empresa. En Proceso se militaba o no podías ser parte del grupo. Cuando Leñero —también dramaturgo y novelista– estableció con claridad y sin subterfugios que Proceso era una causa, lo que en realidad estaba diciendo era algo más radical: que la publicación operaba con la lógica de un movimiento, no de una compañía periodística tradicional. El eslogan «periodismo sin concesiones» no era marketing, sino juramento. Y la encomienda semanal —procesar al régimen— convertía el nombre mismo de la revista en verbo transitivo de justicia: cada edición era un auto de fe en contra del Estado corrupto.
Esta es exactamente la estructura de Macondo en su fase fundacional: una comunidad que funciona por adhesión a un proyecto moral encarnado en un patriarca. La casa Buendía no es una casa: es un centro gravitacional. Proceso no era una redacción: era una trinchera. Y en ambos casos, la intensidad de esa adhesión era proporcional a la fragilidad de lo que vino después, porque todo lo que se sostiene en el carisma de un solo hombre lleva inscrito en su código genético la pregunta: ¿y cuando él se vaya?
Un par de años antes de que don Julio abandonara formalmente el timón y que Leñero se negara tajantemente a asumir la dirección general, renuncié a Proceso. La redacción estaba cada vez más dividida por la sucesión, y la amenaza de diluvio llegaba también a todas las corresponsalías. Por eso acepté otro empleo, con la idea de seguir reporteando para la revista, pero lejos de los conflictos que ya no encontraban contención en Fresas 13. Pronto entendí que no podía cumplir con ese propósito. Desde 1993 estaba a cargo de la edición Noroeste de El Financiero y posteriormente asumí también la dirección de toda la empresa en la región. Llegó un momento en que ambos empleos resultaron incompatibles.
Regresé a Proceso en 2000 por breve lapso, pero la revista ya no era lo que fue: una causa. Renuncié de nuevo porque el entonces secretario particular del presidente electo y actual gobernador de Sonora me propuso ser su asesor en el área de redacción de discursos. Lo que en realidad me apasionaba del cargo era la posibilidad de ser testigo desde dentro, e incluso contribuir, a la urgente reforma del Estado que a mi juicio se requería. Fue una breve, fallida y decepcionante experiencia. Rafael Rodríguez Castañeda, director de Proceso entonces, lo advirtió de manera premonitoria cuando me despedí de él:
–Búfalo: eso no es para ti. No vas a durar mucho ahí.
Acertó.
Después dirigí El Periódico, las cosas por su nombre, principal publicación de un proyecto editorial de alto calado en la Ciudad de México, que en Proceso veían con recelo. Fueron inútiles todos los intentos de acuerdos editoriales para trabajar conjuntamente algunos temas. Tampoco fue posible que la vieja rotativa de Proceso imprimiera nuestra publicación, porque no tenía capacidad para un millón de ejemplares semanales a todo color. Terminamos imprimiendo ambos, durante casi un año (entre 2009 y 2010) en la misma compañía trasnacional de origen canadiense que ofrecía los mejores precios del mercado. Nada publicó Proceso del inicio, ni de la destrucción de El Periódico, ni del boicot publicitario, ni de la persecución política y legal de la que fui objeto como consecuencia de mi praxis periodística. Para 2011 resultaba claro que algunos temas no tenían cabida o ya no eran de interés del encargado de despacho, que filtraba todos los asuntos –no siempre con éxito—que debía saber el patriarca.
En 2016, un año después de la muerte de don Julio, fui a ver a Rafael a Fresas 13, sin previa cita, para denunciar con expediente en mano la fabricación y tortura que padecí. Simplemente no me recibió. Estuve horas esperando en la recepción, hasta que su asistente personal bajó y me comunicó, apenada, que el Teacher no hablaría conmigo. Sabía que existía un conflicto de interés con mi asunto, por los personajes involucrados, pero debía comprobarlo de manera empírica. Fue decepcionante corroborar que el periodismo sin concesiones se encontraba ya concesionado a una suerte de empresa bananera espuria.
El fallecimiento de don Julio en 2015 dejado todo el poder de Proceso en manos de Julito, como se conocía al primogénito y homónimo del fundador de la revista. El nombre del susodicho aparecía precisamente en la ratificación de mi denuncia por tortura, presentada ante la PGR, y que constaba de cerca de 200 páginas. Entonces casi nadie sospechaba que Julio Scherer Ibarra sería el Aureliano Babilonia que Gabo había descrito como el último de la dinastía: el que puso fin a la casa de los Buendía. Yo lo esbocé desde entonces, aunque de manera inconsciente, en el voluminoso expediente legal que Rafael se negó a explorar.
(Continuará)
