(A propósito de los cien años de don Julio)

Primera de varias partes

Ramón Alfonso Sallard

Las cosas por su nombre

15/04/2026

Siempre supe que había nacido en Macondo. Que mi historia estaba escrita de antemano y que vivía en un mundo circular, marcado por las repeticiones familiares trágicas y la soledad. Lo supe desde niño, incluso antes de leer a Gabo. Pero el mito fundacional precedido por el éxodo no encontraba sustento cabal en Cananea, mi tierra, pese a la similitud de la compañía minera con la empresa bananera que destruyó el pueblo de los Buendía. 

Hubo un tiempo ya lejano en el que la sensación de habitar Macondo se manifestaba ruidosa y festiva. En épocas más recientes esa sensación se había vuelto silente y hasta opresiva. Sobre todo en los últimos quince años en los que había intentado descifrar sin éxito los pergaminos de Melquíades. 

El fin de semana pasado, sin embargo, mientras transitaba por la carretera federal México-Cuernavaca, tuve una revelación que llevaba años en mi inconsciente:  Macondo era Proceso. Don Julio era José Arcadio Buendía. El gitano de Aracataca había dejado todo por escrito muchos años antes de que las cosas sucedieran. ¿Cómo no lo había entendido? Vaya. Era tan obvio que hasta una de mis dos hijas lleva por segundo nombre Amaranta. Nació justo cuando era yo un convencido y orgulloso militante de esa casa editorial, erigida como la mayor causa de libertad en los últimos cien años de soledad del periodismo mexicano. 

Cuando Gabriel García Márquez le dijo a Julio Scherer García “no sabes cuánto te quiero” para añadir después un sonoro “me jodiste”, en realidad estaba anticipando el fin de dos mundos paralelos en los que ambos deambulaban y que, en los hechos, se habían fusionado como uno solo. La escena del 3 de abril de 2002 en el Museo Marco de Monterrey, cuando Gabo entregó a don Julio el primer Premio Nuevo Periodismo de la fundación que él mismo creó, es el momento en que Melquíades le dice a José Arcadio Buendía quién es en realidad. No era un simple premio de un autor mayor a su par intelectual, sino un reconocimiento ontológico pleno, lúcido, mágico. 

Al definir a don Julio como el inventor del oficio de reportero, como alguien cuya piel y alma están hechas de tinta y de papel, para sentenciar después, de manera inapelable, que el periodismo y la literatura son «hijos de una misma madre”, Gabo hizo exactamente lo que Melquíades hace cuando le revela a los Buendía que los pergaminos contienen su destino: está diciéndole a don Julio que ambos son lo mismo, que Macondo y Aracataca son el mismo pueblo, que Proceso y Cien años de soledad son el mismo manuscrito redactado a cuatro manos.

Y luego esa frase — «No sabes cuánto te quiero. Me jodiste» —, que es quizás la declaración de amor más garciamarquiana posible, significa también el reconocimiento de que el otro lo ha marcado irreversiblemente, de que la relación no es profesional ni cortés sino visceral, de que en el fondo ambos están condenados a la misma soledad y a la misma grandeza. Es Melquíades abrazando a José Arcadio Buendía: dos patriarcas que se reconocen como hermanos de oficio y de destino.

Analogías propias del realismo mágico: justo en estos días que se celebra el centenario del natalicio de Julio Scherer García (7 de abril), habrá de recordarse también que Gabriel García Márquez falleció el 17 de abril, hace ya 12 años, con la memoria extraviada, precisamente él, que construyó su obra monumental a golpe de memoria.

De izquierda a derecha: Enrique Maza, Vicente Leñero, Julio Scherer García, Carlos Marín, Froylán López Narváez y Rafael Rodríguez Castañeda. Foto: archivo de Proceso.

I. Macondo y Proceso: dos fundaciones, dos soledades

Macondo funciona como microcosmos de Latinoamérica a través de un ciclo cerrado: a) fundación utópica, b) contacto con el exterior, c) auge económico, d) violencia, e) decadencia y f) extinción. El pueblo nace del éxodo de José Arcadio Buendía, un patriarca visionario cuya obsesión por el conocimiento lo conduce a la locura. Úrsula Iguarán es la columna vertebral pragmática que sostiene la casa mientras los hombres la destruyen. 

Los Buendía se dividen en dos líneas: los José Arcadio (fuerza física, impulso, temeridad) y los Aurelianos (introspección, soledad, lucidez). Pero todos repiten, con algunas variantes, los mismos errores. El manuscrito de Melquíades cifra la totalidad del destino familiar: la historia ya estaba escrita antes de ser vivida. Estructuralmente destacan los siguientes elementos: el tiempo es circular (todo se repite), el aislamiento fundacional como condición de pureza, la llegada de lo externo que genera corrupción (la compañía bananera, el ferrocarril, la guerra), y la soledad como destino genético e irreversible.

La analogía de Macondo y Proceso no es superficial. Empezando por la fundación: en 1976, Julio Scherer García fue expulsado de Excélsior por un golpe orquestado por Luis Echeverría desde la presidencia. Como José Arcadio Buendía cruzando la sierra, Scherer fundó Proceso en un acto de éxodo y refundación: construyó un espacio-fortaleza donde nada existía, con un grupo de leales que lo siguieronal destierro. Macondo nació de una huida; Proceso nació de una expulsión. En ambos casos, la fundación es un acto de voluntad radical contra el poder establecido. La revista lleva en su nombre su razón de ser: procesar al régimen cada semana. La épica fundacional puede leerse completa en voz de Vicente Leñero, el más leal entre los leales, en Los Periodistas, libro de culto para varias generaciones de reporteros.

En la novela de Gabo, Macondo prosperó mientras permaneció fiel a su lógica interna. Proceso creció bajo la misma condición: su legitimidad dependía de su independencia y coherencia. Pero esa independencia no se circunscribía al Poder Ejecutivo. Abarcaba todos los poderes constituidos y fácticos, incluidos los económicos, eclesiales, delincuenciales, extranjeros y un largo etcétera. Incluso el Cuarto Poder fue objeto de escrutinio desde el principio, cuando prevalecía en la prensa mexicana el criterio cómplice de la corrupción: “perro no come perro”. Don Julio, por el contrario, alentaba a hurgar en los medios bajo una ética que enorgullecía: “los asuntos de los periodistas son también de interés periodístico”. Los primeros años de la revista consolidaron un periodismo de investigación sin precedentes en México. Proceso funcionaba como la casa Buendía: todo giraba alrededor del patriarca, de sus códigos y de su autoridad moral.

En Macondo, la compañía bananera trajo prosperidad material al pueblo pero destruyó su tejido social. En Proceso, el auge coincidió con los años de mayor influencia política (los ochenta y noventa), pero también con la tensión entre independencia editorial e inevitables relaciones con el poder en su acepción más amplia. Superó, incluso, el boicot publicitario gubernamental, sintetizado en la célebre frase del presidente José López Portillo: “no pago para que me peguen”. Esto ocurrió a pesar del vínculo familiar existente entre el político y el periodista (eran primos). El resumen de ese sexenio de corrupción y frivolidad lleva el epitafio de Proceso y la imagen de José Ramón López Portillo: “el orgullo de mi nepotismo”. Fue esa una sentencia premonitoria que, varias décadas después, barrería con Proceso, tal como los vientos bíblicos acabaron con Macondo. 

El declive de la revista inició cuando se encontraba en el punto más alto de su praxis periodística. Exactamente después de sortear con éxito el periodo gubernamental más cruento para un tipo de periodismo como el suyo, que apelaba a los valores y a la ética inquebrantable de su fundador: el protagonizado por Carlos Salinas de Gortari durante el sexenio 1988-94, en cuyo tramo final se registraron diversos hechos de sangre como el estallido de la guerra en Chiapas y la ejecución del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio. La cohesión interna de la tribu de Scherer empezó a deteriorarse de manera natural, en la misma medida en que su funcionamiento se institucionalizaba. Y es que toda institución genera su propia burocracia y enfrenta sus propias contradicciones.

En Macondo, la decadencia es biológica y genealógica: las últimas generaciones repiten los vicios sin la grandeza original. En Proceso ha sucedido lo mismo. Primero fue la sucesión periodística y después, de manera patética, la genealógica. La muerte de don Julio en 2015 no solamente dejó una revista sin su centro gravitacional, sino que también dejó en la orfandad a su prole reconocida y a cientos de Aurelianos y Aurelianas sin reconocimiento metafórico paternal, que aún hoy pululan como almas en pena por redacciones de medios convencionales y plataformas digitales. Los conflictos internos, las disputas por la dirección, las ambiciones de poder político y económico de su descendencia, así como la transformación del ecosistema mediático digital, aceleraron el ocaso de Proceso que ya estaba inscrito en la estructura patriarcal misma. Una institución construida alrededor de un hombre irrepetible lleva en su ADN la semilla de su propia finitud, exactamente como el manuscrito de Melquíades.

(Continuará)

Por Redaccion

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