RamÃn Alfonso Sallard

La mayor arma de destrucciÃn masiva desplegada en contra de Estados Unidos desde su fundaciÃn como paÃs independiente ostenta el nombre de Donald Trump. En efecto, ningÃn enemigo en mÃs de 200 aÃos de guerras permanentes de ese paÃs en contra de diversos pueblos del mundo ha sido tan eficaz para desmoronar al imperio gringo como este individuo. Tan autodestructiva està resultando su conducciÃn que existen dudas razonables en la base electoral del republicano, principalmente en el movimiento denominado MAGA (Make America Great Again): ÂY si Trump es, en realidad, un agente encubierto del Kremlin? ÂO un agente doble que trabaja simultÃneamente para Moscà y Tel Aviv?

Al margen de especulaciones, que parecen extraÃdas de los sÃtanos del conspiracionismo mundial, lo cierto es que Trump està muy lejos de âhacer a Estados Unidos grande de nuevoâ, como reza su eslogan polÃtico. Lo que ha hecho es precisamente todo lo contrario. Su segundo periodo de gobierno es un autÃntico desastre. Ha dinamitado en tiempo rÃcord todos y cada uno de los pilares que sostenÃan el presunto âsueÃo americanoâ, a tal punto que ya ni los gobiernos de sus colonias europeas confÃan en el presidente estadounidense. La magnitud del daÃo estructural que este sujeto ha causado, amenaza con colapsar el edificio completo del imperio.

Lo mÃs grave es que la demoliciÃn interna està arrasando tambiÃn con todo el entramado de instituciones y normas construido a nivel internacional a partir de la conclusiÃn de la Segunda Guerra Mundial. Por si fuera poco, la agresiÃn no provocada de EU e Israel en contra del Estado iranà està generando una crisis energÃtica a nivel mundial, de alcance todavÃa incierto, pero que ya se siente en el bolsillo de millones de ciudadanos en diversos paÃses, no solamente en Estados Unidos.

Y la situaciÃn tiende a agravarse, pese a las declaraciones diarias de victoria de Trump, desmentidas de inmediato por los misiles persas, que han destruido completamente trece de veintisiete bases militares estadounidenses en Asia Occidental y daÃado severamente el resto de ellas, hasta dejarlas sin capacidad operativa. Se suma a ello la destrucciÃn de radares, el derribo de aviones de combate de Ãltima generaciÃn y los daÃos estructurales a, por lo menos, el mÃs grande portaaviones norteamericano. El conjunto de daÃos comprobables de EU, sin contar las bajas no reconocidas de soldados y oficiales, es el mÃs grande que ha padecido ese paÃs desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Las movilizaciones masivas de este fin de semana contra Trump en diversas ciudades norteamericanas son tambiÃn las de mayor volumen en la historia de ese paÃs. MÃs de ocho millones de personas rechazaron la pretensiÃn monÃrquica del presidente y exigieron que se fuera âahoraâ para detener la autodestrucciÃn. La voz del actor Robert De Niro fue una de las mÃs lÃcidas y visibles de esta lucha.

El problema es que las vÃas legales e institucionales para destituir y enjuiciar a Trump no son viables en este momento: a) el impeachment (proceso de destituciÃn precedido de un juicio polÃtico), para el cual està facultado constitucionalmente el congreso bicameral de ese paÃs; y b) la invocaciÃn de la SecciÃn 4 de la Enmienda 25 de la ConstituciÃn, referente a la incapacidad involuntaria del presidente para gobernar. Y no son viables porque en ambos casos se requiere que una mayorÃa de dos tercios en el Congreso vote a favor. Actualmente, tanto el Senado como la CÃmara de Representantes son dominados por republicanos que, en su mayorÃa, son adictos a Trump o tienen miedo de oponÃrsele, para no correr la misma suerte de la ex representante por Georgia, Marjorie Taylor Green, quien pasà de ser una ferviente partidaria trumpista a ser acusada pÃblicamente por Ãste de traidora. Tan grave fue el acoso presidencial, que la representante optà por dejar la polÃtica y renunciar a su escaÃo.

El impeachment es el mecanismo constitucional de EU para acusar y remover a altos funcionarios de su gobierno, incluido el presidente, por delitos graves como traiciÃn, soborno y otros. La CÃmara de Representantes inicia el proceso con la acusaciÃn. Para que se aprueben los cargos se necesita mayorÃa simple. Posteriormente, el Senado lleva a cabo el juicio polÃtico. La cÃmara alta actÃa como tribunal para la destituciÃn, pero ahora, para remover al enjuiciado, se requiere una mayorÃa de dos tercios. En toda la historia de ese paÃs, solamente tres presidentes han sido sometidos a impeachment: Andrew Johnson en el siglo XIX (1868), Bill Clinton en el siglo XX (1998) y Donald Trump en el silgo XXI, hasta en dos ocasiones (2019 y 2021). Ninguno fue destituido.

En el caso de la Enmienda 25, la secciÃn que interesa es invocada por el vicepresidente y una mayorÃa del gabinete. Este instrumento constitucional fue ratificado en 1967, luego del asesinato del presidente John F. Kennedy. En Ãl se establecen los procedimientos formales para la sucesiÃn y la transferencia de poder en caso de muerte, renuncia, inhabilitaciÃn o incapacidad del presidente. En tales casos, quien asume el cargo temporalmente es el vicepresidente.

La SecciÃn 1 de la Enmienda se refiere a los casos en los que el presidente muere, renuncia o es destituido. La SecciÃn 2 alude a la vacante en la vicepresidencia: en esa circunstancia, el presidente nombra a un vicepresidente, quien debe ser confirmado por mayorÃa de votos de ambas cÃmaras del Congreso.

La SecciÃn 3 se refiere a incapacidad voluntaria: el presidente puede declarar por escrito que està imposibilitado para ejercer sus funciones, y entonces el vicepresidente asume temporalmente el cargo, hasta en tanto el titular reasuma el poder. Esta secciÃn ya ha sido invocada tres veces. Por Ronald Reagan en 1985 (cirugÃa de colon) y por George W. Bush en 2002 y 207 (en ambos casos por colonoscopias).

En el caso de Trump nadie lo imagina invocando la SecciÃn 3, aunque su deterioro cognitivo sea evidente y escandaloso para todos. Diariamente deja pruebas empÃricas de su senilidad, incluso mayores que las de su antecesor, de quien se burlaba llamÃndolo Sleepy Joe. Como el presidente no abandonarà voluntariamente su cargo, solamente queda la SecciÃn 4: si no puede declarar su propia incapacidad, el vicepresidente y la mayorÃa del gabinete, o un Ãrgano designado por el Congreso, estÃn facultados para declararlo inhabilitado. El vicepresidente asumirÃa entonces el poder. Pero si el presidente impugnara esto, entonces el Congreso tendrÃa que decidir el asunto con una mayorÃa de dos tercios.

En otras palabras, aunque millones de estadounidenses salieron a las calles para clamar la dimisiÃn de Trump, por su manifiesta incapacidad para gobernar, la vÃa legal se antoja imposible en estos momentos por el perfil incondicional y lacayuno de sus colaboradores, dispuestos siempre al ridÃculo pÃblico si con ello satisfacen a su jefe. El episodio de los zapatos que Trump regalà a su primer cÃrculo, y que los obligà a usarlos pese a que en varios casos eran de talla mucho mayor, es francamente surrealista pero ilustra con precisiÃn el grado de subordinaciÃn de su equipo. Lo mÃs viable es esperar a las elecciones intermedias que renovarÃn la totalidad de la CÃmara de Representantes y una parte del Senado. Claro, si Trump no destruye por completo a su paÃs antes de noviembre.

Por Redaccion

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