Los idus de marzo 30 aÃos despuÃs (III)
Por RamÃn Alfonso Sallard
Fue tal el impacto, que nadie daba crÃdito a lo que ocurrÃa. Para las Ãlites, primero fue el azoro generalizado, luego el enojo por echar a perder la fiesta de ingreso de MÃxico al primer mundo (entraba en vigor el TLC), y finalmente el miedo y la incertidumbre. Todo, en un solo dÃa: el 1 de enero de 1994. El editorial de primera plana de La Jornada, diario de izquierda que posteriormente asumirÃa una lÃnea editorial pro zapatista, publicado en su ediciÃn del 2 de enero, ilustra con claridad el desconcierto que acontecià en esas primeras horas. El tÃtulo âNo a los violentosâ, dejaba de lado las ambigÃedades:
âCualquier violencia contra el Estado de Derecho, venga de donde venga, tiene que ser en principio algo para condenar. Pero si quienes encabezan el alzamiento chiapaneco se proponen, entre diversos objetivos, la remociÃn del presidente de la RepÃblica, vencer al ejÃrcito mexicano y avanzar triunfalmente hacia esta capital, ya no se sabe dÃnde empieza el mito milenarista, dÃnde el delirio y dÃnde la provocaciÃn polÃtica calculada y deliberada. Sin que conozcamos todavÃa quiÃnes componen la avanzada ideolÃgica y militar del grupo, es evidente que sus miembros se han incrustado en las comunidades indÃgenas y enarbolan un lenguaje no sÃlo condenable por encarar sin matices la violencia, sino porque sus propÃsitos son irracionales. Y la irracionalidad le hace enorme daÃo a las colectividades, a las naciones y a los pueblosâ.
Los combates duraron unos cuantos dÃas. No obstante, la impresiÃn generalizada era que habÃa centenares de muertos y heridos, distribuidos entre ambos bandos. Las imÃgenes de los medios de comunicaciÃn asà lo hacÃan suponer. Los nÃmeros oficiales minimizaban el conflicto: 71 guerrilleros, 15 militares y 24 policÃas muertos; 29 soldados heridos y 107 rebeldes detenidos. Resultaba lÃgico que el EjÃrcito, mejor armado y entrenado, y muy superior en nÃmero, tuviera las menores bajas, pero el parte de guerra parecÃa demasiado magro para la magnitud de los combates que se habÃan visto por televisiÃn, y las fotos que atestiguaban incontables cadÃveres tirados por las calles de Ocosingo.
Lo mÃs grave fue la apariciÃn de varios cuerpos de indÃgenas, atados todavÃa de manos a sus espaldas, y con tiros de gracia en la cabeza. Esas imÃgenes, que recorrieron el mundo, demostraban sin lugar a duda la ejecuciÃn a mansalva de un nÃmero indeterminado de combatientes.
Cuando ya diversos autores habÃan sepultado la lucha guerrillera en LatinoamÃrica âJorge G. CastaÃeda escribià un libro titulado La utopÃa desarmada–, de pronto emergÃa una insurrecciÃn indÃgena que podÃa seguirse a todo color por televisiÃn e internet, ademÃs de los medios impresos y la radio. El impacto visual y mediÃtico en general fue brutal. Era la prueba viva de que la caÃda del Muro de BerlÃn no habÃa destruido las ideologÃas. La utopÃa seguÃa viva y mÃs vigente que nunca, pero ahora transformada en el reclamo armado de un pueblo conquistado, marginado y mantenido en la miseria durante siglos. Para las sociedades desarrolladas, el asunto era mucho mejor que presenciar un talk show en vivo.
En ese punto del conflicto, Carlos Salinas de Gortari enfrentaba graves problemas de credibilidad. Al principio, la sorpresa lo habÃa paralizado. Pero rÃpidamente se repuso y ordenà abrir fuego contra el enemigo. El ejÃrcito mexicano tenÃa que combatirlo hasta su derrota total. Durante la primera semana de enero, tuvieron mayor influencia en sus decisiones las posturas de los sectores mÃs conservadores de la sociedad mexicana y del aparato estatal, que pugnaban por poner en marcha los mÃtodos que a lo largo de la Guerra FrÃa se habÃan gestado, nacional e internacionalmente, para enfrentar los movimientos guerrilleros.
Aquellos procedimientos, revelarÃa el propio Salinas aÃos despuÃs, podÃan resumirse en las siguientes acciones: perseguirlos y destruirlos a cualquier costo, incluido el aniquilamiento de la poblaciÃn civil, entre la cual se confundÃan los guerrilleros. Las presiones le llegaban de todas partes.
Durante aquellos primeros y aciagos dÃas de enero, Carlos Salinas dispuso de toda la capacidad del Estado Mexicano para hacer un seguimiento cuidadoso y detallado sobre posibles grupos afines a la guerrilla chiapaneca o que, en su defecto, quisieran levantarse en armas siguiendo el ejemplo de los zapatistas. Orientà especialmente su atenciÃn a Guerrero, Oaxaca e Hidalgo, entidades en las que creÃa que podÃan registrarse otros brotes. Desplegà entonces varias unidades del ejÃrcito en la parte alta de las montaÃas. AdemÃs, y con el propÃsito de afrontar el riesgo latente de un nuevo frente guerrillero, representantes de primer nivel del gobierno federal se reunieron con los gobernadores de aquellos estados y los jefes militares de cada zona.
Josà CÃrdoba, el brazo derecho de Salinas, responsable en los hechos de la Seguridad Nacional y principal promotor desde el gobierno de combatir a los rebeldes hasta derrotarlos militarmente, empezà a integrar un grueso expediente sobre la organizaciÃn que mÃs elementos podÃa aportarle a la nueva guerrilla: el Procup (Partido Revolucionario Obrero Clandestino UniÃn del Pueblo) que, fusionado con el Partido de los Pobres, fundado por Lucio CabaÃas, se aprestaba a sumarse a la lucha armada.
PAREN LA GUERRA: CLAMOR NACIONAL E INTERNACIONAL
Asà estaban las cosas para el 6 de enero. El gobierno mexicano habÃa dado los pasos necesarios para la contraofensiva final. Ese dÃa fue clave en el cambio de rumbo. Un mensaje de Salinas colocà a la opiniÃn pÃblica nacional en su contra. Fue el mÃs desafortunado de toda esa etapa. En cadena nacional, anuncià la implementaciÃn de un programa en el que participarÃa cada una de las dependencias de su administraciÃn para enfrentar los problemas de marginaciÃn y pobreza de Chiapas. Enseguida, presentà una relaciÃn de gastos del Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), es decir, lo mucho que ya se habÃa hecho.
La minimizaciÃn del conflicto resultaba inaudita: SegÃn Salinas, el problema se limitaba a cuatro municipio. No era un levantamiento indÃgena. La organizaciÃn contaba con una dirigencia profesional, de origen nacional y extranjero, experta en actos terroristas. El gobierno habÃa hecho todo lo posible para evitar la violencia.
La opiniÃn pÃblica se enardeciÃ. Dirigentes de partidos polÃticos, acadÃmicos y analistas, coincidieron: la insensibilidad del presidente resultaba atroz. Nadie avalaba la vÃa armada, pero la causa indÃgena merecÃa el apoyo sin reservas de la sociedad civil mexicana. âParar la guerraâ era el clamor general.
En ese contexto, el equipo colosista hacÃa sus evaluaciones y coincidÃa mÃs con la postura del presidente. La mayorÃa de los colaboradores del candidato presidencial eran cuadros priistas ortodoxos que veÃan la actividad polÃtica en blanco y negro. Pocos del primer cÃrculo, a la luz de lo ocurrido posteriormente, se salvaban de esa categorizaciÃn.
El mismo candidato conocÃa la marginaciÃn, pobreza y explotaciÃn indÃgena imperante en Chiapas, y de hecho tenÃa un diagnÃstico bastante claro de esa regiÃn, elaborado cuando era titular de la SecretarÃa de Desarrollo Social. Tan nÃtida para Ãl resultaba la problemÃtica chiapaneca, que una primera elecciÃn para iniciar su campaÃa presidencial habÃa sido, precisamente, aquella entidad del sureste mexicano. Eso era algo que, en aquellos momentos, todavÃa estaba evaluando con su equipo y con el presidente de la repÃblica.
Sin embargo, antes que diagnosticar el estallido violento como consecuencia de la situaciÃn que tan bien conocÃa, Colosio escuchà mÃs las voces que lo rodeaban, para las cuales habÃa intereses polÃticos y electorales mezclados, cuyo fin Ãltimo era impedir su ascenso a la presidencia. ÂQuiÃn o quiÃnes estÃn detrÃs de todo esto? Con esa pregunta podÃa sintetizarse la mayor preocupaciÃn de los colosistas.
Otra era la opiniÃn de Manuel Camacho y su grupo. Desde antes del 6 de enero, el secretario de Relaciones Exteriores habÃa diferido diametralmente de la mayorÃa de sus colegas de gabinete, que se inclinaban por la lÃnea dura. Incluso le llegà a plantear a Salinas que lo nombrara mediador para iniciar negociaciones con los rebeldes.
Marcelo Ebrard, Ignacio MarvÃn y Enrique MÃrquez elaboraban escenarios sobre el conflicto en Chiapas. Los dos Ãltimos tenÃan la encomienda de abocarse de lleno al anÃlisis de lo que ocurrÃa para proponer alternativas de soluciÃn. Entre el 5 y el 7, las opciones para el grupo oscilaban entre ir a GobernaciÃn o salir del gobierno para encabezar un movimiento que frenara la guerra.
La tensiÃn estaba llegando al mÃximo. Desde la casa de MarvÃn, aquella tarde del 7 de enero, Camacho intentà comunicarse varias veces con Salinas, pues le urgÃa verlo a la hora que fuera. Le respondÃan que la agenda estaba demorada y que, difÃcilmente, podrÃa cumplir con la cita que le habÃa otorgado para las siete de la tarde. Comià con Ãl en Los Pinos, pocas horas antes, pero no tuvo oportunidad de exponerle sus inquietudes, pues tambiÃn estuvieron presentes el mandatario de El Salvador y el presidente electo de Honduras, convocados con el objeto de intercambiar experiencias y poner un cerco a la guerrilla en CentroamÃrica.
Camacho se levantà de pronto del sillÃn donde estaba sentado, en el departamento de MarvÃn, y se dirigià a sus colaboradores, segÃn el relato de MÃrquez, incluido en su libro: âBueno, pues llegà el momento. La cosa va a estar muy difÃcil con el presidente. Va a ser una discusiÃn frontal y radical. Lo Ãnico que importa aquà es el Estado, pero sobre todo el futuro del paÃsâ.
Antes de salir, agregÃ:
âEs muy posible que si las cosas salen mal me vayan a inventar (o ya me estÃn inventando) cualquier cosa y me vayan a detener. Si no regreso en dos horas, den rÃpido una conferencia de prensa, con medios nacionales e internacionales, para denunciar los hechos. Juan EnrÃquez tiene ya instrucciones de cÃmo sacar a mis hijos del paÃsâ.
MÃrquez y MarvÃn se quedaron atÃnitos. Muy preocupados. Camacho regresà a la hora y media. Una vez mÃs, no habÃa podido platicar con Salinas. La cita se pospuso para el dÃa siguiente, sÃbado 8 de enero, por la maÃana. Les pidià a todos que se fueran a descansar y que estuvieran en las oficinas de Observatorio por la tarde.
EL COCHE BOMBA Y EL LLAMADO A LA INSURRECCIÃN GENERAL
El 8 de enero, al mismo tiempo que Salinas recibÃa el parte de guerra de manos del general Antonio Riviello BazÃn, secretario de la Defensa Nacional, en el que le informaba sobre la derrota militar zapatista y quedaba a su disposiciÃn, en espera de la orden para avanzar sobre los guerrilleros que se batÃan en retirada rumbo a la selva, hubo varios acontecimientos que nadie podÃa soslayar:
Un carro bomba explotà en uno de los centros comerciales mÃs importantes de la capital del paÃs, causando importantes daÃos a los establecimientos comerciales y a mÃs de veinte vehÃculos. En el comunicado que reivindicà el atentado, se llamaba a la poblaciÃn a respaldar al EZLN. Con diferencia de horas, estallà un cohete antitanque en un coche abandonado en las inmediaciones del campo militar nÃmero uno, en la misma ciudad de MÃxico. Muy cerca fueron hallados otros dos misiles.
Poco despuÃs, se registraron ataques dinamiteros en contra de torres de energÃa elÃctrica en MichoacÃn y Puebla, asà como tambiÃn en una refinerÃa de Pemex ubicada en Tula, Hidalgo. El gobierno tuvo que emplear helicÃpteros de la PGR, asignados a la lucha contra el narcotrÃfico, para vigilar los mÃs de cien mil kilÃmetros de lÃneas de transmisiÃn elÃctrica del paÃs. Algunas versiones que se difundieron en prensa, seÃalaban que los explosivos utilizados en esos atentados provenÃan de los 1,566 kilogramos de dinamita y los 10,400 detonadores que el EZLN habÃa obtenido en Chiapas cuando asaltà a la brigada de exploraciÃn de Pemex, el 31 de diciembre de 1993.
Estos acontecimientos contribuyeron a generar un fenÃmeno de psicosis en todo el paÃs en los dos dÃas siguientes. En la capital, fue necesario realizar una amplia movilizaciÃn de asustados policÃas para resguardar estaciones del metro, bancos, embajadas, oficinas federales, delegaciones, sedes de partidos polÃticos y las instalaciones de energÃa elÃctrica. De inmediato, el presidente dispuso una reasignaciÃn del presupuesto federal para fortalecer la seguridad pÃblica. Las falsas alarmas de bombas sobre edificios pÃblicos hicieron que el dÃa 10 fueran desalojadas varias instalaciones en el Distrito Federal, Tabasco y Morelos. TambiÃn hubo amenazas de muerte en contra de varios funcionarios.
Para esos dÃas, asimismo, la Cruz Roja Mexicana hablaba ya de una cantidad cercana a las 15 mil personas desplazadas de sus hogares en la zona de conflicto. Los albergues que se habÃan instalado en Las Margaritas pronto fueron insuficientes. Los indÃgenas –algunos de ellos ni siquiera hablaban castellano–, seguÃan llegando por miles, en busca de refugio, a las Ãreas donde el ejÃrcito mexicano no habÃa realizado operaciones.
Salinas, en su conversaciÃn con CastaÃeda para el libro La herencia, evaluÃ:
âEl levantamiento en Chiapas fue un cambio radical del contexto polÃtico en el cual se estaban desarrollando la tarea de gobierno y las campaÃas electorales. Si bien la ofensiva del EZLN se contuvo inmediatamente y no tuvo ningÃn Ãxito militar, estrujà al paÃs y tuvo un efecto mundial sin precedentes. Conforme pasaban los dÃas, y esas primeras horas del mes de enero de 1994, se venÃa una cadena de eventos que estaban tensando y poniendo en enorme riesgo incluso la celebraciÃn de la elecciÃn (…) Era de tal magnitud el problema de Chiapas, que la atenciÃn de los medios se concentraba en ese tema y en la posibilidad de un levantamiento en el resto de Chiapas, y en otras regiones del paÃs. HabÃa medios, nacionales e internacionales, que hacÃan reportes como si estuviÃramos al borde de una guerra civil, o de una inestabilidad polÃtica que hiciera imposible la convivencia armÃnica entre los mexicanos.â
El caos, pues. La guerra psicolÃgica.
LA MEDIACIÃN DEL OBISPO SAMUEL RUIZ
Un resquicio se abrià el 7 de enero, cuando el EZLN anuncià que sÃlo por conducto del obispo de San CristÃbal de las Casas, Samuel Ruiz, aceptarÃan proposiciones del gobierno. Al dÃa siguiente, el mismo en que ocurrieron los bombazos, el prelado anuncià que aceptaba el papel de mediador. TambiÃn fue cuando Salinas recibià el parte de guerra del general Riviello. Y cuando se entrevistà con Camacho.
Aquel sÃbado, despuÃs de cumplirse una semana de combates, la prioridad para el presidente no era ya exterminar a los zapatistas, sino evitar que se abrieran nuevos frentes de batalla fuera de Chiapas. Cada vez estaba mÃs obligado a parar los combates para retomar la iniciativa perdida. La guerra fÃsica necesitaba transformarse en una confrontaciÃn de ideas y de posiciones, en torno de una mesa de negociaciÃn, y con los medios de comunicaciÃn como testigos. Tal fue la primera concusiÃn a la que llegaron el presidente y su secretario de Relaciones Exteriores.
El encuentro, como lo habÃa anticipado Camacho a sus colaboradores, fue rÃspido, tenso, difÃcil. Pero despuÃs de la comida âduraron horas y horas conversando–, el presidente ya habÃa tomado una decisiÃn: pese a todas sus resistencias, sus desconfianzas y los posibles sentimientos encontrados respecto a su amigo de casi tres dÃcadas, aceptà designarlo comisionado para la paz, como Ãl lo pedÃa, y dar un golpe de timÃn a su polÃtica sobre Chiapas.
Por un lado, el presidente debÃa de considerar que Camacho estaba resentido con Ãl por no haber sido designado para sucederlo en el cargo y podÃa desbordarse fÃcilmente, como ya habÃa ocurrido anteriormente. Salinas valorà la posibilidad de que, si no atendÃa la peticiÃn de su canciller, Ãste podÃa renunciar a su cargo, lanzarse a las calles y ponerse a la cabeza del movimiento a favor de la paz, que cada minuto crecÃa en el paÃs y en el extranjero. La opiniÃn pÃblica nacional e internacional presionaba al mandatario mexicano para buscar salidas negociadas al conflicto armado. TambiÃn varios gobiernos lo urgÃan a detener los combates. En un escenario como ese, la salida de Camacho del gobierno habrÃa generado una crisis mayor a la administraciÃn salinista.
Por el otro lado, el secretario de Relaciones Exteriores habÃa demostrado en los hechos su capacidad negociadora, primero como subsecretario de Desarrollo Regional de la SecretarÃa de ProgramaciÃn y Presupuesto, luego como secretario de Desarrollo Urbano y EcologÃa y, sobre todo, como secretario general del PRI durante la calificaciÃn de la elecciÃn presidencial en 1988. Esa destreza para la concertaciÃn la habÃa reafirmado durante todo el tiempo que durà en la regencia del Distrito Federal. Como gobernante de la capital logrà recuperar para la causa salinista un territorio en el que habÃan sido arrasados, y evità el desbordamiento de pasiones producto de las protestas por el fraude electoral. TambiÃn pudo contener diversos movimientos sociales. No era poca cosa.
AdemÃs, las negociaciones pÃblicas y tambiÃn las ocultas, los compromisos mutuos y el trato frecuente con la oposiciÃn de izquierda, habÃan convertido a Camacho en un interlocutor confiable para ese segmento ideolÃgico, en cuyo extremo se habÃa ubicado el movimiento zapatista. Por todo ello, el gobierno no disponÃa de una mejor carta que el secretario de Relaciones Exteriores.
La opciÃn de Salinas parecià lÃgica para todos, menos para el candidato del PRI y sus colaboradores cercanos, quienes no estuvieron de acuerdo en el fondo, pero las formas resultaron todavÃa mÃs deplorables para ellos. ÂCÃmo que el nombramiento de Camacho se anuncià el mismÃsimo dÃa en que Colosio iniciaba su campaÃa presidencial?
En realidad, la magnitud del desastre no sÃlo opacaba la campaÃa presidencial priista: tambiÃn dejaba en segundo tÃrmino las demÃs campaÃas y, de hecho, todos los temas que no estuvieran relacionados con el levantamiento indÃgena. Basta con releer sin prejuicios los diarios y revistas de la Ãpoca. Los medios, simple y sencillamente, reflejaban el interÃs de la sociedad por un conflicto que la tomà por sorpresa, tanto o mÃs que al mismo gobierno y a la comunidad internacional.
EL CAMBIO DE RUMBO
El reconocimiento presidencial de âlo que no habÃa funcionadoâ empezà el dÃa 10, cuando anuncià el nombramiento de Camacho, paralelamente al de Jorge Carpizo MacGregor como nuevo secretario de GobernaciÃn. El entonces procurador general de la RepÃblica sustituÃa a Patrocinio GonzÃlez Garrido, gobernador de Chiapas con licencia, que se habÃa separado del puesto dos aÃos antes para hacerse cargo de la polÃtica interna del paÃs. Elmar Seitzer, gobernador interino que habÃa quedado en lugar de Patrocinio, tambiÃn tuvo que renunciar, y en su lugar quedà Javier LÃpez Moreno.
En ese momento, el gobierno recobrà la iniciativa social y polÃtica, lo que resultà fundamental para conducir el proceso electoral del paÃs. Por lo demÃs, las encuestas decÃan que, si las negociaciones con la guerrilla zapatista resultaban exitosas, el candidato presidencial del PRI serÃa el primer beneficiario.
El 12 de enero continuà la rectificaciÃn. El presidente anuncià el cese al fuego unilateral y cuatro dÃas despuÃs propuso al Congreso de la UniÃn una amnistÃa general. Mientras tanto, Camacho ya estaba en San CristÃbal de las Casas, acompaÃado del obispo Samuel Ruiz, a quien reconocià de inmediato como mediador. Un dÃa antes de iniciar las conversaciones en la catedral de San CristÃbal de las Casas, el comisionado acudià a la selva a una reuniÃn con Marcos, el lÃder guerrillero. Eso sÃlo pudo ser posible despuÃs de intensos intercambios. Salià en automÃvil de madrugada, aÃn oscuro, por caminos desconocidos y tuvo que aguardar sentado en el vehÃculo durante horas interminables. Hasta que lo abordaron varios individuos. Uno de ellos, desde el asiento de atrÃs âCamacho se encontraba en la parte delanteraâse presentà como el sub comandante Marcos. Asà fue como inicià la comunicaciÃn directa, sin intermediarios, entre el representante del gobierno y el jefe militar del EjÃrcito Zapatista de LiberaciÃn Nacional.
Para fines de febrero, ya se habÃan construido las condiciones necesarias para sentarse a negociar. El domingo 20, con la mediaciÃn de Samuel Ruiz, se instalà la mesa del diÃlogo en la Catedral de San CristÃbal, donde se hospedaron, por cuestiones de seguridad, tanto Manuel Camacho y su equipo como los 19 delegados zapatistas, encabezados por Marcos. Al dÃa siguiente, a las pocas horas de iniciado el diÃlogo, y como prueba de la disposiciÃn de la guerrilla a pactar, el general AbsalÃn Castellanos DomÃnguez, ex gobernador de aquella entidad secuestrado en las primeras horas del conflicto, fue liberado por milicianos y recibido por Camacho y familiares.
EL BLITZKRIEG DE CAMACHO
En 1996, al rendir declaraciÃn ante la FiscalÃa Especial del Caso Colosio, Salinas manifestà por escrito su arrepentimiento: âEl tiempo me ha permitido concluir que resultà equivocado darle a Manuel Camacho aquella responsabilidad en un momento tan delicadoâ. Las razones: âDebo admitir que la actuaciÃn del comisionado fue mÃs protagÃnica, y desatà una mayor tensiÃn en el entorno polÃtico de lo que yo habÃa esperado. Es cierto que la ambigÃedad de su comportamiento y el uso que hizo de los medios para promover lo que parecÃa ser una postulaciÃn independiente, sembrà profundas inquietudes en el partido, entre inversionistas y en observadores tanto internos como externosâ.
De nueva cuenta se arrepintià en 1999, en este caso de su arrepentimiento del 96, y retornà a su postura inicial, a pesar de que la antigua relaciÃn con su compadre habÃa quedado rota desde principios de 1995. Salinas razonÃ:
âDebe comprenderse que para encauzar a un grupo que se ha levantado en contra del gobierno, se necesitaba un comisionado con un perfil que le diera confianza a ese grupo para convencerlo de sentarse a dialogar. Dentro de todos los inconvenientes que tuvo la designaciÃn de Manuel, en la distancia y visto desde la perspectiva actual, no cabe duda de que en ese momento, dada la prioridad que representaba conducir el conflicto en Chiapas por la vÃa de la paz y la justicia, su designaciÃn cumplià bien, porque hasta ahora es la Ãnica iniciativa que ha logrado que en la mesa de negociaciÃn estuvieran todas las partes: el gobierno y el grupo que se levantà en armas. Marcos se sentà durante horas a dialogar con Camachoâ.
En 1996, de igual forma, la visiÃn de Josà CÃrdoba respecto a Chiapas quedà clara para el pÃblico. Fue en una entrevista que concedià al periodista Sergio Sarmiento de Reforma: âUna guerrilla no se prepara durante aÃos para entregar las armas en unos dÃasâ.
Poco antes del 10 de enero de 1994, CÃrdoba le manifestà al presidente su âgran preocupaciÃnâ por el nombramiento de Manuel Camacho como negociador de la paz en Chiapas. Le argumentà que, independientemente de las intenciones, âsu resurgimiento en la polÃtica interna podÃa alentar a seguidores y adversarios, interferir en el desarrollo incipiente de la campaÃa y contribuir a un clima de confusiÃnâ.
De hecho, habÃa preparado el borrador de un proyecto de decreto que inhabilitaba a Camacho como candidato en las elecciones federales de agosto. Su idea era que el nombramiento de comisionado ocurriera dentro del ejecutivo: una suerte de ministro sin cartera, miembro del gabinete, con todas las restricciones propias al cargo de secretario de Estado, incluida la necesidad de renunciar seis meses antes de las elecciones para participar en ellas. Salinas le respondià que el proyecto de decreto era âofensivoâ para el aspirante presidencial perdedor y que Ãste âjamÃs lo aceptarÃaâ.
Ironizà CÃrdoba:
âMe dijo que Camacho argumentaba que necesitaba, para ser eficaz, la flexibilidad de un nombramiento singular que le permitiera a la vez hablar a nombre del gobierno y no ser miembro del gobierno, para ser el interlocutor de un grupo que desconocÃa al gobierno. Yo no entendÃa con claridad esa lÃgicaâ.
Pero el presidente considerà que su preocupaciÃn era excesiva, pues el nombramiento iba acompaÃado de un compromiso personal por parte del comisionado, en el sentido de que al tÃrmino de sesenta dÃas, tiempo que Ãl necesitaba para la ofensiva negociadora âle llamaba blitzkrieg–, su desenlace personal era el mismo en cualquiera de los dos escenarios que tenÃa previstos: se retiraba. CumplirÃa algunos proyectos personales que habÃa pospuesto, se dedicarÃa a viajar y regresarÃa a MÃxico despuÃs de las elecciones de agosto.
ÂCuÃles eran los escenarios? Camacho decÃa que se llegaba a un acuerdo rÃpido o no se llegaba a ninguno. Al cabo de los 60 dÃas que pidiÃ, el EZLN deberÃa haber firmado el acuerdo marco que Ãl se proponÃa negociar, y entonces transferirÃa la responsabilidad de su ejecuciÃn al gobierno; si no era asà y la guerrilla rechazaba la negociaciÃn, quedarÃa acreditada su cerrazÃn frente la opiniÃn pÃblica, brindando mayores mÃrgenes de acciÃn al gobierno.
âDebo confesar que siempre alimentà el mayor escepticismo sobre la probabilidad del primer escenario. Una guerrilla no se prepara durante aÃos para entregar las armas en unos dÃas. Aparentemente la estrategia del EZLN era maximizar su impacto polÃtico a lo largo del aÃo electoral. Eso hacÃa improbable, a mi juicio, una negociaciÃn rÃpida sobre los temas de la agenda chiapaneca. Sin embargo, tambiÃn me parecÃa que el segundo escenario representaba un avanceâ, relatà CÃrdoba.
Y explicÃ:
âNo me opuse a la tarea negociadora en Chiapas del licenciado Camacho, pero sà a sus ambigÃedades polÃticas. Lo hice expresando mi opiniÃn al presidente, insistiendo al punto de generar molestia. No lo hice a travÃs de intrigas o manipulaciones en la prensa. (…) Lo supo Luis Donaldo Colosioâ.
Manuel Camacho, en su declaraciÃn ministerial, revirÃ: âSu lÃnea era exterminar al EZLN y no buscar la paz. Hay testimonios al respectoâ.
Entre el 21 de febrero y el 2 de marzo se celebraron las Jornadas para la Paz y la ReconciliaciÃn en Chiapas. La atenciÃn nacional e internacional se volcà a San CristÃbal, donde, diariamente, al terminar cada sesiÃn, se informaba a los medios de todo el mundo los avances en las negociaciones. El modelo fue propuesto por Camacho y acordado previamente con el presidente, ya que existÃa la convicciÃn del comisionado de que la prensa era pro zapatista y que resultaba necesario desplegar toda una estrategia de presencia en medios que combatiera esa tendencia. Salinas estuvo de acuerdo.
Los zapatistas presentaron el primer dÃa un pliego de demandas que incluÃa no sÃlo las anunciadas en la Primera DeclaraciÃn de la Selva Lacandona, sino tambiÃn una larga y detallada lista de agravios cometidos en contra de los indÃgenas. Sobre eso avanzaron hasta lograr un documento denominado âCompromisos para una paz digna en Chiapasâ. Las respuestas gubernamentales a las peticiones rebeldes se resumieron en 32 puntos.
Durante el lapso de las negociaciones, dÃa a dÃa, el comisionado consultaba al presidente a travÃs de un telÃfono con el que podÃa establecerse una comunicaciÃn encriptada y directa entre ambos, evitando asà los riesgos de que alguien pudiera enterarse de los tÃrminos de la negociaciÃn y tratara de sabotearlos. Al final, Salinas colmà de halagos a Camacho por los acuerdos alcanzados. Los zapatistas tambiÃn quedaron satisfechos, segÃn el comunicado oficial:
âNo hubo dobleces ni mentiras, nada fue escondido a nuestros corazones y a la gente de razÃn y bondad. No hubo compra y venta de dignidades. Hubo igualdad en el hablar y en el escuchar. Hubo diÃlogo bueno y verdaderoâ.
El EZLN, incluso, elogià pÃblicamente al representante gubernamental:
âHemos encontrado en el comisionado para la Paz y la ReconciliaciÃn en Chiapas a un hombre dispuesto a escuchar nuestras razones y demandas. Ãl no se conformà con escucharnos y entendernos, buscà ademÃs las posibles soluciones a los problemas. Saludamos la actitud del comisionado Manuel Camacho SolÃsâ.
