RamÃn Alfonso Sallard

En su conferencia de prensa del jueves 19 de marzo, la presidenta Claudia Sheinbaum hablà de los medios de comunicaciÃn, tanto tradicionales como alternativos. En su opiniÃn, ambos tienen una funciÃn esencialmente informativa, mientras que la conferencia maÃanera permite una relaciÃn directa entre el gobierno y la ciudadanÃa. SegÃn esta nociÃn, los âmediosâ se denominan precisamente asà porque son intermediarios entre gobernantes y gobernados, en tanto que la maÃanera es una herramienta de comunicaciÃn directa entre unos y otros. Este discernimiento, sin embargo, minimiza una realidad fÃctica que hoy, frente a la guerra, es absolutamente nÃtida: los medios de comunicaciÃn son actores polÃticos que construyen y modelan la opiniÃn pÃblica en funciÃn de intereses polÃticos y econÃmicos diversos, algunos de ellos de carÃcter hegemÃnico.

Aunque la presidenta suele ser muy rigurosa en aspectos metodolÃgicos por su formaciÃn cientÃfica y su labor acadÃmica, la concepciÃn que manifestà sobre el papel y la funciÃn de los medios de comunicaciÃn adolece de reduccionismo y segmentaciÃn, vicios presentes en la academia desde los tiempos del CÃrculo de Viena, que todavÃa no han sido corregidos a nivel global. En ese sentido, la visiÃn del ex vicepresidente espaÃol, Pablo Iglesias, comprobada de manera empÃrica en su praxis polÃtica, es mÃs integral y multidisciplinaria.

Diversos profesionales de la comunicaciÃn, politÃlogos, sociÃlogos, economistas, juristas, internacionalistas y otros acadÃmicos han elaborado diagnÃsticos coincidentes en la materia, pero no hay todavÃa soluciones claras para enfrentar las consecuencias y efectos del impacto mediÃtico en las sociedades modernas. Apenas se està diseÃando el camino. El problema es que el avance de las TecnologÃas de la InformaciÃn y la ComunicaciÃn (TIC) ha generado tal volumen de datos en la actualidad, que tanta informaciÃn termina por desinformar si la persona no se entrena para discernir entre lo trascendente, lo accesorio y lo francamente engaÃoso o falso.

El vertiginoso desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA), asà como la variedad de fuentes a las que tiene acceso cualquier individuo, generan en algunos segmentos sociales un efecto de saturaciÃn y aversiÃn, pero tambiÃn de ansiedad y adicciÃn en tiempo real. Estos fenÃmenos son particularmente visibles en Ãpoca de guerra como la actual, cuando los Estados agresores tratan de imponer su narrativa con diversas medidas implementadas de manera simultÃnea, entre ellas las siguientes: 1) el diseÃo de un lenguaje asÃptico, que evita decir las cosas por su nombre; 2) el control de contenidos de medios convencionales, de redes sociales y de mensajerÃas; 3) la censura estricta en las zonas de conflicto; 4) la represiÃn y el castigo a quienes disienten de estas medidas.

Para comprender mejor nuestra realidad digital actual es importante precisar el origen, objetivos formales, desarrollo e impacto de las TIC en las sociedades modernas. Se denomina asà al conjunto de recursos y herramientas, dispositivos o equipos, programas informÃticos, redes y medios que recopilan, procesan, almacenan y transmiten informaciÃn en diversos formatos como texto, imagen, voz y video. Aunque el propÃsito explÃcito de las TIC es mejorar la calidad de vida de las personas, facilitar el acceso a la informaciÃn y a la educaciÃn, optimizar los procesos y fomentar la conectividad global, los hechos comprobables, validados a travÃs de la experiencia, nos demuestran una realidad fÃctica distinta.

Para empezar, ni la ciencia ni la tecnologÃa son neutrales, como el discurso idealizado ha pretendido hacernos creer. Baste como evidencia la contribuciÃn teÃrica de Albert Einstein a la humanidad, que, en la praxis, se utilizà para construir la bomba atÃmica. Sobre la instrumentalizaciÃn de la ciencia para la guerra es recomendable leer el intercambio epistolar entre el propio Einstein y su contemporÃneo Sigmund Freud, fÃcilmente localizable en Internet.

La apariciÃn de las redes sociales y su crecimiento exponencial, sumado al auge de las mensajerÃas instantÃneas, modificaron por completo la manera en que las personas se informan. Si a ello se agrega el uso masivo de diversas herramientas de IA en equipos de cÃmputo, telÃfonos mÃviles, tabletas y otros dispositivos que permiten la interacciÃn y el procesamiento de la informaciÃn, la exposiciÃn del ciudadano promedio a este bombardeo informativo resulta abrumadora.

En la era digital, la antigua hegemonÃa de los medios de comunicaciÃn convencionales como intermediarios entre el Estado y la sociedad, se ha desvanecido. La comunicaciÃn directa e inmediata, vÃa redes sociales y mensajerÃa, entre gobernantes y gobernados, les ha restado influencia y relevancia polÃtica. Han dejado de ser el Cuarto Poder. Frente a esta realidad, los mismos medios desplazados han recurrido a las redes sociales para contener su deterioro: no sÃlo las utilizan para amplificar su impacto informativo y comercial, sino que, en muchos casos, les han copiado el modelo de negocios e incluso las han convertido en su principal fuente de informaciÃn.

Esta dinÃmica genera problemÃticas todavÃa mÃs complejas. Algunas nuevas, otras de viejo cuÃo. Destaco dos de ellas: por un lado, la disminuciÃn de los estÃndares de verificaciÃn, veracidad y calidad de contenidos, segÃn la deontologÃa periodÃstica, que alcanzà su cenit cuando un veterano columnista pontificÃ: âla verdad ya es irrelevanteâ. Y por el otro, el tema de fondo: la propiedad de los medios de comunicaciÃn. En este caso no hablamos ya de los tradicionales dueÃos de medios convencionales, sino de autÃnticos oligarcas trasnacionales que poseen y controlan el almacenamiento en la nube (las llaves del cielo). Los modernos seÃores tecnofeudales âsegÃn la definiciÃn de Yanis Varoufakisâ que no por casualidad exhiben, casi todos, su adscripciÃn al neofascismo. Pero de esos temas abundarà en otra entrega.

Por Redaccion

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